¿Por qué somos así?

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(Una reflexión sobre Pasto, sus resistencias y el desafío de educar para las transformaciones)
Pablo Emilio Obando A.
Hay ciudades que avanzan como ríos caudalosos: su corriente arrastra las piedras, abre caminos y fertiliza nuevas orillas. Y hay otras que avanzan como un lago quieto, profundo, hermoso, pero a veces reacio a dejar que nuevas aguas alteren su superficie. Pasto, nuestra ciudad, parece debatirse constantemente entre esas dos naturalezas.
La pregunta es inevitable: ¿Por qué somos así?
¿Por qué cada intento de cambio —sea urbanístico, administrativo, empresarial o educativo— suele convertirse en un campo de batalla? ¿Por qué transformaciones que en otras ciudades se discuten y se ajustan aquí terminan muchas veces en confrontaciones que desgastan a todos: autoridades, ciudadanos y al propio proyecto de ciudad?
No es una pregunta simple. Y probablemente la respuesta tampoco lo sea.
Desde el punto de vista psicológico, las sociedades, igual que los individuos, desarrollan memorias colectivas. Son capas invisibles de experiencias acumuladas que influyen en la forma en que una comunidad reacciona frente a lo nuevo. Cuando durante décadas una ciudad ha vivido rezagos económicos, desconfianzas institucionales o promesas incumplidas, se crea un reflejo casi automático: la sospecha frente al cambio.
El cambio, entonces, deja de verse como oportunidad y comienza a sentirse como amenaza.
Es un fenómeno profundamente humano. La psicología social lo explica como resistencia cultural al cambio: una reacción natural cuando las personas perciben que su entorno, sus costumbres o su seguridad pueden verse alteradas. En ciudades con fuertes identidades culturales, como Pasto, este fenómeno suele ser aún más intenso.
Pero hay también un componente emocional.
Pasto es una ciudad de enorme sensibilidad colectiva. Sus habitantes sienten profundamente lo que ocurre en su territorio. Esa sensibilidad es, al mismo tiempo, una fortaleza cultural —visible en su arte, en su tradición y en su identidad— pero también puede convertirse en un terreno fértil para que la información incompleta, la desconfianza o el rumor generen conflictos innecesarios.
Cuando una sociedad no encuentra canales claros de información, la emoción reemplaza al análisis.
Y allí comienza el problema.
Desde el punto de vista administrativo, gobernar una ciudad implica inevitablemente tomar decisiones que no siempre serán populares. Las transformaciones urbanas, los cambios institucionales o las reformas administrativas suelen generar incomodidad temporal. Sin embargo, cuando estos procesos no van acompañados de una estrategia pedagógica hacia la ciudadanía, el resultado suele ser la confrontación.
Administrar una ciudad no es únicamente ejecutar obras o diseñar planes de desarrollo.
Administrar una ciudad es también educar a su sociedad.
Aquí aparece uno de los grandes desafíos que enfrenta Pasto. Durante décadas se ha intentado impulsar transformaciones necesarias —infraestructura, desarrollo empresarial, innovación tecnológica— pero muchas veces sin un proceso sistemático de formación en cultura ciudadana que permita comprender el sentido profundo de esos cambios.
El resultado ha sido un desgaste permanente.
Alcaldes que terminan enfrentados con sectores ciudadanos.
Secretarías que dedican más tiempo a responder conflictos que a planear el futuro.
Comunidades que sienten que no son escuchadas.
Y proyectos que, entre discusiones interminables, terminan ralentizándose o perdiéndose.
Lo paradójico es que quienes más pierden en ese escenario somos los propios ciudadanos.
Porque cada obra detenida, cada inversión aplazada, cada iniciativa empresarial frustrada significa menos oportunidades para todos. Significa menos empleo, menos desarrollo y menos bienestar.
Las estadísticas nacionales lo evidencian: nuestra región aún aparece en posiciones rezagadas en indicadores de desarrollo empresarial, innovación económica e inversión productiva. Y aunque existen múltiples causas estructurales, una de ellas está ligada justamente a nuestra dificultad para construir consensos colectivos frente al progreso.
Pero sería injusto atribuir la responsabilidad únicamente a la ciudadanía.
También existe, en muchos casos, una deuda pedagógica del Estado local.
Durante años se ha gobernado pensando que comunicar es simplemente informar, cuando en realidad comunicar es formar conciencia ciudadana. No basta con anunciar una obra o un proyecto; es necesario explicar, escuchar, dialogar y construir confianza.
Las ciudades que logran transformarse comprenden algo fundamental: el progreso no se impone, se construye socialmente.
Por eso quizás ha llegado el momento de pensar en algo más profundo que un simple programa institucional. Pasto necesita una estrategia permanente de educación ciudadana para el cambio.
Una política pública que articule psicología social, pedagogía, comunicación pública y participación comunitaria. Un equipo interdisciplinario que estudie las dinámicas culturales de nuestra sociedad y diseñe mecanismos para fortalecer la confianza entre ciudadanía y administración.
Porque la transformación de una ciudad no comienza en el cemento de sus calles.
Comienza en la mentalidad de su gente.
Cambiar esa mentalidad no es un proceso rápido. No ocurre en un periodo de gobierno ni en una sola administración. Es una tarea generacional. Pero alguien tiene que empezar.
No podemos permitir que transcurran otros veinticinco años del siglo XXI repitiendo el mismo ciclo: propuestas que nacen entre disputas, proyectos que avanzan entre confrontaciones y ciudadanos que terminan sintiendo que el progreso es algo ajeno o impuesto.
Pasto posee talento humano, tradición cultural, identidad histórica y una ubicación estratégica que podrían convertirla en un verdadero polo de desarrollo regional.
Lo que necesitamos no es menos debate.
Necesitamos mejor debate.
Más información y menos rumor.
Más pedagogía y menos confrontación.
Más ciudadanía y menos polarización.
Tal vez entonces la pregunta “¿por qué somos así?” deje de ser un reproche y se convierta en el punto de partida de una transformación colectiva.
Porque las ciudades, igual que las personas, pueden cambiar.
Pero para lograrlo primero deben comprenderse a sí mismas.

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