Que la paz no nos cueste la vida

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Haber tenido la oportunidad de vivir dos experiencias singulares en la vida me han permitido, primero, continuar confiando plenamente en la sociedad como motor de cambio; y segundo, comprender la complejidad de los seres humanos y abstenerme de juzgarlos por sus apariencias. La primera de esas experiencias fue estudiar al tiempo en la Universidad Nacional de Colombia y la Pontificia Universidad Javeriana. Por la primera pude aproximarme a la diversidad colombiana de la que yo hacia parte por ser “estudiante de región” como nos solían catalogar. En la segunda constaté, gracias a la cotidianidad y complicidad con mis compañeros y compañeras de carrera, la vertiginosa erosión de las clases medias y el talante progresista de algunos sectores de las clases altas de nuestro país. La segunda experiencia ha estado marcada por mis más recientes vivencias profesionales: primero, haber trabajado por los derechos de las víctimas del conflicto armado; y segundo, haber aportado en la búsqueda de garantizar el acceso y goce efectivo de derechos de los excombatientes de las extintas FARC-EP y sus familias.

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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