La aplanadora

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

La Alcaldía de Pasto tuvo a bien restaurar la vieja aplanadora que por tantos años estuvo ubicada en la Glorieta de las Banderas y luego en San Felipe. Ahora volverá a ser un símbolo del urbanismo pastuso. Pero es la enésima vez que la aplanadora pasa por un proceso de “embellecimiento” y la cuarta ocasión que genera un revuelo ciudadano. La historia, con algunas “lagunas de tiempo”, es así:

Desde 1905, cuando se creó el Ministerio de Obras Públicas, la pavimentación en Colombia fue dando tumbos. Se pavimentaba por aquí, se pavimentaba por allá, dejando al país con vías pavimentadas entrelazadas con caminos de herradura. Y lo mismo pasó con las ciudades donde se alternaban calles pavimentadas, empedradas, con acequias y de tierra. Por eso las leyes que regían el proceso fueron cambiando, ampliándose y sustituyéndose. En total, ¡104 leyes en 15 años!

Así las cosas, en 1931 la Gobernación de Nariño y la Alcaldía de Pasto contrataron un estudio para unificar la urbanización de la ciudad, dotarla de unas vías de acceso estratégicas y comerciales, y poder llegar a diciembre de 1936 con una ciudad “decente” para poder celebrar los 400 años de su fundación.

Entre las personas que intervinieron en esos estudios estaban el arquitecto pastuso Carlos Santacruz Burbano y el ingeniero bogotano Luis Lobo-Guerrero. Con el apoyo del gobernador Olegario Medina Villota, se trajo a la ciudad una aplanadora (también conocida como apisonadora, compactadora o steamroller porque eran de vapor) que trabajaba en el asentamiento de caminos de la región.

Aunque desde 1911 ya existían las aplanadoras de motor, las de vapor seguían siendo las más usadas. Y había una gran competencia entre los principales fabricantes de estas en el mundo, que eran las casas británicas Aveling and Porter, John Fowler & Co y Robey and Co., y las americanas Buffalo-Springfield y J. I. Case.

Suponemos que el transporte debió ser una odisea, así como debió ser su importación desde Estados Unidos, pero la llegada fue todo un acontecimiento. Su diseño era el más común: doble rodillo en la parte delantera, caldera y chimenea en el centro, dos ruedas grandes tipo rodillo en la parte trasera, y capota metálica para el conductor.

La primera calle de Pasto que se pavimentó fue la carrera 23 entre calles 18 y 19, antiguamente llamada Buenaventura y donde se encontraba el Teatro Ariel. Era un tiempo en que cada vez llegaban más automóviles a la ciudad y sus conductores clamaban por unas vías en condiciones. Por eso el proceso se aceleró y la importación de nueva maquinaria se convirtió en una necesidad perentoria.

Con la llegada de equipos con motores de combustión, la aplanadora pastusa quedó en desuso. Así que cuando llegó el nuevo plan de urbanización de 1946, sirvió durante un tiempo como refuerzo hasta que pasó a los talleres de la Alcaldía y no volvió a funcionar. Con el paso de los años fue perdiendo piezas que se usaban para otras cosas y se convirtió en un estorbo.

Pasó el tiempo y en 1968, estando de alcalde Juan Conto Moncayo, la vio allí el ingeniero mecánico italiano Emilio Perini Girardi. Perini había llegado a la ciudad en 1932, contratado por la Alcaldía y gracias a la mediación de los Padres Salesianos, para fundar la Escuela de Artes y Oficios. Pero en el 68 ya era todo un personaje y dirigía los Talleres Industriales ASEA, donde se fabricaba maquinaria agrícola y ruedas Pelton para la electrificación de Nariño.

Así que cuando iba a ser vendida como chatarra, Perini cogió la aplanadora y la restauró en sus talleres. Y luego se la entregó al municipio en el estado en que se la conoce hasta hoy.

Y aquí entra en escena el arquitecto Alberto Moncayo Navarrete, en ese momento Secretario de Obras Públicas y responsable del Plan Vial, Zonificación y Equipamiento para el Desarrollo Urbanístico de Pasto. Moncayo, autor entre otras cosas del obelisco de la Avenida de los Estudiantes, cogió la aplanadora y la puso en el centro de la glorieta conocida como Las Banderas, también hecha por él. En otras palabras, la convirtió en un monumento, en un símbolo del progreso de la ciudad. Cada visitante que llegaba a Pasto lo primero que veía era la aplanadora. Una mentalidad moderna y respetuosa con la tradición.

Allí pasó todo el Siglo XX hasta que con el enésimo plan urbanístico de la ciudad, se la pasó a un separador vial de la calle 11 con 27 frente a San Felipe. Y aunque no se guardó otra vez en un taller, perdió aquel estatus que le había dado Moncayo. Pero convertida en sitio de paso, se volvió símbolo popular. Los niños del Obrero y de la Aurora le ponían diferentes nombres, Doña Berta o La Zoila. Servía para jugar, para tomarse fotos y para que los novios de la zona “volaran”.

En octubre de 2012 un colectivo de artistas de la Galería y Taller de Arte Antonio Villota decidió pintarla y quitarle el óxido acumulado. Fue una bonita labor porque no pidieron nada a cambio, y se la entregaron como nueva al municipio.

En octubre de 2017 la remodelación volvió a la carga bajo el nombre “Recuperación Patrimonial Antigua Maquina Aplanadora de la Ciudad de Pasto”. Y de ahí hasta estos nuevos tiempos que parecen de larga duración pasado el confinamiento.

En resumen, muchas personas le han puesto cariño a una máquina de la que poco se sabe. Sin embargo, aunque la mayoría de la población ha aplaudido el hecho, las redes sociales se han llenado de comentarios despectivos: que eso no es restauración, que pintarla cada 20 años no es recuperarla, que en Pasto no hay un plan de patrimonio, que mejor se gasten la plata en otra cosa, que que hace el alcalde con una aplanadora cuando la ciudad está sumida en el caos, que fue que que fueque… En Fin.

Quizás Perini, Moncayo y Villota también fueron criticados en su momento por hacer lo que hicieron, aunque lo que deberíamos hacer es agradecerles.

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