Galán: treinta y dos años de permanente presencia

Por: Camilo Cuéllar Melo
La figura de Galán, aún después de tantos años de ausencia física, sigue gravitando en el alma nacional. Fue el verbo alucinante que desnudaba a un hombre inteligente, conocedor como pocos de los problemas del país, pero sobre todo a un dirigente comprometido, como ninguno otro, en la búsqueda de la recuperación de la ética en el ejercicio político, presupuesto insustituible de la democracia.
Galán no imaginó siquiera los abismos insondables a donde descendería hoy la actividad política en todas las ramas del poder público, pero su denuncia implacable y su muerte violenta fueron como el turbión que anunciaba la tempestad.
No era un líder que buscará aprovechar su carisma para precipitar al país en aventuras insoldables. Su propuesta era sencilla: rescatar la democracia a través de un ejercicio digno de la política. Nunca lo dijo, pero pareciera que adivinaba que el clientelismo, que el conoció y denunció como el intercambio de favores por votos, era el camino hacia la corrupción que hoy devora al Estado colombiano. Y sin democracia política, enfatizaba, no era posible construir un Estado que asumiera las urgentes tareas de superación del atraso social y económico en que, desde entonces, se debatía el país.
El conflicto armado, como él lo dijera, sólo era posible solucionarlo si se les ofrecía a los insurgentes una democracia seria que respetara las opiniones divergentes, y que se comprometiera a garantizarles el más elemental de los derechos: la vida. Nada más elocuente que su discurso en el Senado, en defensa de la Unión Patriótica, en el momento en que sus dirigentes, incluyendo su bancada parlamentaria, caían asesinados.
Infortunadamente no ha vuelto a nacer un dirigente como él, que siempre se negó a ser un simple caudillo que con su elocuencia aprovechara las angustias populares para abrirse camino fácil al poder. Galán fue ante todo un pedagogo de la política. Un debate electoral decía, debe ser un proceso de reflexión colectiva donde los lideres deben convocar al pueblo a deliberar sobre su realidad económica y social, buscando entre todos, las urgentes soluciones que el país, desde esa época, demandaba.
Qué diferente es hoy el debate electoral: una feria de dádivas para halagar a las gentes humildes, aprovechando sus más elementales y urgentes necesidades, para arrancarles su voto, su única arma para construir el futuro. Y todo pagado por un porcentaje de lo que se ha obtenido con los contratos estatales. La mermelada, como ahora se la llama, convertida en auxilios que en las regiones generan votos a los parlamentarios corruptos.
Desde su asesinato, el país se precipitó en una orgia de sangre, por una parte, y, por la otra, en la más vergonzosa corrupción, al extremo que hasta un fiscal anticorrupción y magistrados del más alto tribunal de justicia, han terminado en la cárcel. Qué más descomposición de un Estado se podría imaginar!
Han pasado 32 años, y su silueta legendaria ha estado en la mente de todos los colombianos, reclamándole al país ponerse de pie y echar a andar, para escribir, ahora si, su propia historia.
Ahora que se anuncia el restablecimiento de la personería jurídica del Nuevo Liberalismo, qué mejor que recordar su pensamiento y, sobre todo, el diamantino ejercicio de la política, que él, con su conducta personal enseñó.
Qué difícil empresa a la que nos convocan quienes han querido recuperar la personería jurídica del Nuevo Liberalismo. Talvez, lo más difícil no era la exitosa jornada jurídica ante la Corte Constitucional, sino lo que ahora debe venir, lo que los colombianos expectantes esperan: que los protagonistas de esta gran empresa estén siempre a la altura de su ejemplo y su memoria. Nosotros, no dudamos que así será.

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