¡Que no muera la democracia!: El Estado Abierto como modelo ideal de gestionar lo público

En Ecuador estamos a horas de elegir un nuevo presidente y una nueva Asamblea Nacional (parlamento o congreso). Se trata de la elección con más candidatos presidenciales de la historia del país, con un total de 16 binomios, de los cuales los ecuatorianos tenemos para escoger “como en botica”, y considerando que somos sólo 13 millones de electores, parecería que para el futuro nuestra normativa electoral (Código de la Democracia) debería ser revisada y ajustada.

Sin embargo, lo relevante en este punto de la historia patria es exaltar ese nuevo modelo de gestión de lo público, que hoy se conoce como “Gobierno o Estado Abierto” (dependiendo de si su alcance llega no sólo al Poder Ejecutivo, sino también al Legislativo y Judicial) que hace una década ni siquiera existía (la Alianza para el Gobierno Abierto -AGA- se creó el 20 de septiembre de 2011), del que Ecuador es parte desde 2018 y que hoy en día, a mi parecer, es la única manera legítima y eficiente de gestionar esa “cosa pública” que tanto tiempo ha sido competencia sólo de los que tienen el poder de turno, sin considerar al mas importante: el mandante, compuesto en el Ecuador por más de 17 millones de personas de carne y hueso, que muchas veces somos servidores públicos, o académicos, o simplemente ciudadanos de a pie para quienes finalmente deben estar dirigidas las políticas públicas, por lo que este nuevo modelo promueve el co-diseño, la co-ejecución y la co-evaluación del gran “leviatán” de Hobbes.

En este sentido, uno de los textos de moda en la administración pública, “El pasillo estrecho” de Acemoglu y Robinson, hace un llamado a pensar que ese gran leviatán que es el Estado, no debería ser ni un monstruo despótico y autoritario ni tampoco esa entelequia ausente y quemeimportista de lo que le sucede al ciudadano, el punto medio debe ser ese leviatán encadenado, cuyas cadenas representen precisamente las voluntades del soberano, del pueblo, y para que esas cadenas sean efectivas, se necesita una sociedad civil organizada, motivada y escuchada, así como una academia que pueda contar con datos abiertos, con autonomía y libertad para investigar y coadyuvar a la generación de políticas públicas basadas en evidencia, todo esto es lo que conocemos como un “Estado Abierto”, un Estado que se articule bajo el paraguas de la buena gobernanza, en redes, con actores heterogéneos y diversos sí, pero con un objetivo en común: el bienestar de todos y de todas.

Ahora, que el Estado Abierto pueda cristalizarse y ser sostenible en el tiempo o, por el contrario, simplemente ser una utopía más de lo que la ciudadanía espera de lo público, depende de diversos factores. En primero lugar, con un gobierno decidido a cambiar del paradigma de gobernar “para y por el pueblo” a hacerlo “con el pueblo”, esta idea es fundamental, y debería estar totalmente desprovista de ideologías de derechas o izquierdas, de liberales o conservadores, de demócratas o republicanos; en segundo lugar, se necesita una sociedad civil organizada, empoderada de sus atribuciones como representantes de los intereses de los ciudadanos de a pie, con libertad de expresión en su doble vía (recibir y dar); en tercer lugar con una academia desempeñando adecuadamente su rol crítico y constructivo, y; finalmente, ese cuarto elemento que es el sector privado, que muchas veces se lo lee como la némesis del sector público, pero que definitivamente debe actuar de forma sinérgica para sostener el orden democrático en cualquier país.

Que la democracia sobreviva es fundamental para mantener el Estado de derecho y el ejercicio pleno de las libertades, oportunidades y de los Derechos Humanos. Por eso, independientemente de quien gane las elecciones y de quien sea nuestro próximo mandatario, está en manos de la ciudadanía que el Estado Abierto siga siendo el modelo de gestionar lo público, que aunque no es perfecto, al momento es lo más cercano a lo que conocemos como democracia.

Comentarios

Comentarios