¿Quién le teme a una juventud indignada?

Días inolvidables quedan grabados en nuestras mentes, fueron momentos en que Colombia se convulsionó. Nunca en la historia reciente se había visto caminar multitudes en las calles: era el pueblo desbordado ante la incapacidad de un gobierno de satisfacer sus más elementales necesidades, pero sobre todo ante el empobrecimiento y la falta de oportunidades laborales y cupos universitarios. Han sido momentos maravillosos en medio de la creatividad artística para manifestar la indignación.

Indudablemente, los grandes protagonistas de este estallido social son los jóvenes que con su entusiasmo vigorizaron las marchas. De norte a sur y de oriente a occidente, la Patria entera se convulsiona como un solo cuerpo guiado por un espíritu de amor por los niños hambrientos y las madres desconsoladas ante la falta de alimentos. En nuestras mentes retumban las batucadas, las bandas fiesteras con ritmos que hacen bailar nuestros corazones con el ‘Chulla quiteño’, zanqueros, teatreros, coros, banderas y un derroche de creatividad genera un estallido en Colombia.

Nos preguntamos, entonces, quién le teme a una juventud indignada en las calles con cantos de resistencia. Los jóvenes hicieron temblar los cimientos de la gran aristocracia colombiana, los jóvenes pusieron nerviosos a los cómplices de la corrupción, a los ideólogos de la superestructura criminal. Pero también esa juventud rebelde fue vilmente calumniada.

Los jóvenes asumieron un comportamiento ejemplar con el civismo, que sirvió de reflejo al mundo, o como una mancomunidad con otros movimientos similares, como los de Hong Kong, los chalecos amarillos en Francia, las primeras líneas de Chile en la emblemática plaza Italia, rebautizada por los jóvenes como plaza de la Dignidad, o los valientes indígenas de Ecuador y Bolivia que resistieron hasta el final.

Y ese comportamiento altruista no le sirve a un Estado mafioso y guerrerista. Era el momento de crear una estratagema que contribuya a desdibujar ese movimiento que ya no se parecía a una protesta sino a una expresión oral con rimas y poesías que exigían cumplimiento de los deberes de un gobierno incompetente. Había que deslegitimar la decencia de los cánticos que exigen el respeto por los derechos humanos. Eso no lo podían permitir: que millones de colombianos marchen de manera decente y patriótica.

Había que imprimirle un tinte rojo extraído de la propia savia de los músicos, como le ocurrió a Álvaro Herrera, un músico de la ciudad de Cali que fue utilizado como chivo expiatorio, quien protestaba con un ‘cacerolazo sinfónico’ en predios de la Universidad del Valle con su corno francés. Policías vestidos de civil lo secuestraron, lo torturaron y lo intimidaron para que declarara falsamente de que era un vándalo. Esta especie vampírica destruyó el metal con el que producía armónicos sonidos, propinándole un golpe al corazón. Por fortuna, el devaneo se le revirtió en bálsamos que sanaron sus laceraciones con vítores que glorifican su sinfonía, recibió la solidaridad y los aplausos de todo un país.

Lo que le sucedió al músico es una de las tantas muestras de violación de los derechos humanos, pero el dosier criminal se contempla en frías cifras. Según Indepaz, hasta el 15 de junio se cuentan 70 muertos. Los presuntos victimarios, en su mayoría, son agentes del Estado. La cifra de desaparecidos es variable con más de 129; el promedio de lisiados está en 1.500; 33 civiles resultaron con pérdida de un ojo y 3 policías perdieron la vida. La lectura que hacen los organismos humanitarios es que las marchas pacíficas son contaminadas por elementos externos a la protesta, en las que se incluye a los a los propios infiltrados del Estado.

Si bien, al parecer, se ha presentado división en el movimiento, las necesidades urgentes de la población colombiana no dan espera, y es posible que, si no se da una respuesta esperanzadora del gobierno, se vuelva a las marchas masivas y con más ímpetu, recordemos que este paro es la continuación del 21N de 2019. Las peticiones comprenden aspectos como dejar de darle un tratamiento de guerra a la protesta, que se comprometa una renta básica de emergencia de al menos un salario mínimo, defensa de la producción nacional (agropecuaria, artesanal e industrial), defensa del sistema de salud, garantizar el programa de matrícula cero en la educación superior pública, respeto por las diversidades sexuales, la disolución del Esmad ante la flagrante violación de derechos humanos, evidenciado por la CIDH.

La incapacidad del gobierno para actuar por los mecanismos legales y democráticos se demuestra en ese frenesí de brutalidad policiaca. Ellos no están dispuestos a ceder el poder que ostentan desde hace más de doscientos años y que lo conservan mediante maniobras tramposas. Están dispuestos a convertirse en una locomotora que marque una estela de desterrados de la patria y de la vida.

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