Reconciliación

Decisiones tomadas en pocos segundos, definen futuros enteros.

Dan Simmons.

Es difícil pensar en construir paz sin verdad y sin justicia, pero más difícil es pensar en allanar caminos de paz si no se lleva en el corazón el anhelo de reconciliación nacida del perdón.  Perdonar es un acto solemne de amor propio, es un regalo que uno se da a si mismo, no a los demás como comúnmente se piensa.  Recientes actos de intolerancia con la otredad de lo político se vivieron en la ciudad de Pasto, que paradójico, en el marco de los Diálogos Nacionales Vinculantes ¿qué devela esto en la cada vez más compleja tarea de construir paz en Nariño?

En una primera reflexión uno podría ligeramente pensar que es valido chiflar y abuchear al Alcalde de Pasto y al Gobernador de Nariño por pertenecer a las más ortodoxas castas políticas de Nariño, por representar la continuidad de una forma de hacer política que instrumentaliza el hambre y las numerosas necesidades de los pueblos del suroccidente colombiano.  Una mirada más sosegada nos permitiría revisar esta consideración a la luz de lo que se entiende por elementos constitutivos de la Paz, ya sea total, completa, o cualquiera de los motes que estan de moda. uno de ellos: la reconciliación.

Por supuesto pensar en reconciliación implica en primera medida reconocer que involucra varios ámbitos del ser y del Estado, por un lado, la necesidad ineludible de constituir mecanismos de justicia efectiva que pueda dar sosiego a los millones de mentes y corazones afanosamente destruidos por la perdida de un ser amado, o por el desplazamiento, por violaciones y en general por la vulneración sistemática de los derechos humanos que hemos padecido como colombiano.  Por otro lado involucra el reconocimiento del efecto psicológico de 8 décadas de violencia guerrillera, paramilitar y Estatal en las personas, estas heridas psicológicas son tanto o más importantes que las físicas, puesto que requieren de acciones en pro de edificar memorias, y verdades que permitan a los pueblos avanzar en el propósito de reencontrarnos como sociedad más allá de los conflictos.

En Nariño, como en Colombia, padecemos un trauma enquistado en lo más profundo de nuestra conciencia colectiva.  Se ha sembrado en nosotros y nosotras una predisposición al odio, a la rabia, al improperio y al ataque personal hasta llegar a lo físico.  La campaña del NO contra el plebiscito del 2016 que le preguntó a los colombianos y colombianas “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?» desnudo lo facilmente coaptable que es la intensión política de los colombianos y bajo una estrategía de impulsar a la gente a votar “emberracada” contra la paz, confesada por el propio gerente de la campaña, se convierte en un ejemplo de lo grandes y normalizados que son nuestros traumas colectivos y de la forma mezquina en la que los politiqueros se aprovechan de ellos, luego de haberlos creado.

Hechos de paz son hoy más importantes que elaborados discursos sobre ella, la coherencia es fundamental para el ejercicio de lo político, y no es posible hablar de construir paz mientras se violenta la dignidad de otros seres humanos.  No hay cambio político sin un cambio cultural, que importante reconocernos en acción reflexiba por reconciliarnos con nuestro pasado, perdonar para sanar, y poder dejar de ver el retrovisor para poner atenta mirada en el prometedor tiempo por venir, sabiendo que la unidad de los pueblos nariñenses hacia una transformación, cultural social, política, económica y ambiental es hoy más importante que el calculo político y los odios de antaño.

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