Separados por un abismo de tiempo: crónica de una amistad hecha con el mejor acero

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Después de tantos años sin vernos, al fin se producirá un milagro: encontrarnos con mi entrañable amigo Fernando Arias Bedoya. Nos conocimos desde que éramos muy chicos, y compartimos varios años de aventuras, días enteros jugando ajedrez, a veces montando en bicicleta o intentando hacer acrobacias con el monopatín. Así pasamos días inolvidables. Pero también fungíamos como ejecutivos de ventas de la Fábrica de Dulces Galeras: surtíamos las tiendas de manzanitas de coco, gomitas, el delicioso bombón de coco y la colombina psicodélica. Visitábamos a nuestras amigas, caminábamos de extremo a extremo de la ciudad acompañándolas hasta la puerta de su casa. Fuimos voluntarios de la Cruz Roja, donde la mayor felicidad eran los campamentos. Viajábamos en aquel tiempo en ‘autostop’, que eran aventuras maravillosas, pues, nos perdíamos de la casa mes entero recorriendo la mayor parte de Colombia. Fueron tiempos hermosos de nuestra adolescencia que se vuelven a vivir cada vez que se los recuerda.

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

Desde $20.000 COP el día

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