Silvio Sánchez Fajardo: recuerdo de un maestro que enseñó a pensar.

Por: Manolo Villota Benítez.

En su libro, “El viaje del elefante”, José Saramago, escritor portugués, escribió: “La vida se ríe de las previsiones y pone palabras donde imaginábamos silencios y súbitos regresos cuando pensábamos que no volveríamos a encontrarnos”.

Ese fragmento, poderoso por su sencillez y precisión, resume el dominio que tiene lo inesperado sobre nosotros. Es difícil saber cómo y cuándo la vida va a cambiar por completo reafirmando lo frágiles que somos y lo lejos que estamos de tener verdadero control sobre la existencia.

También recuerda que, como es bien sabido, las cosas no siempre son lo que uno espera. Esta es una historia sobre cuán gratos pueden ser algunos imprevistos. En 2004, a pocos meses de que la Universidad de Nariño cumpliera su primer siglo de fundación, inicié, junto a un grupo de jóvenes, en su gran mayoría recién desempacados del colegio, la carrera de Derecho.

Luego de una típica presentación del cuerpo directivo de entonces, la asignación de horarios y salón, las clases empezaron. Entre todas las materias se resaltaba como una de las más importantes, por su condición de fundamental, Introducción al Derecho.

El comienzo de la experiencia universitaria es la misma sin importar la época, la carrera o el lugar del mundo: primíparos escandalosos a los que se les inculcan enormes expectativas respecto a su pregrado y al cómo deben comportarse los profesionales que egresan del mismo. De ahí que, para una materia tan sonada, todos esperábamos una figura docente predecible y segura. Vaya sorpresa nos llevamos.

Cuando lo vimos dimos cuenta de que él no era el prototipo de “doctor” que el mundo jurídico ha moldeado por años: un hombre de vestir fastuoso, de gestos mecánicos, voz altiva que, mientras aprieta un grueso código bajo un brazo y sostiene un portafolio recita de memoria las bases histórico-filosóficas del sistema legal. Silvio Sánchez era un poco diferente.

 

Nos encontramos con una persona de talla mediana ya entrada en años. Tenía el cabello blanco, los ojos claros y una mirada dulce. Tal vez, con un dejo de melancolía. Su hablar, pausado, media la palabra y cada tanto hacía cierto énfasis en las oraciones que pronunciaba. Esa cadencia era un sello, a mi modo de ver, fantástico.

 

Sus clases tampoco fueron convencionales. Hoy las defino como un diálogo gentil y enriquecedor que duró un año.  Descubrimos la belleza del griego y el latín, de la historia, de la literatura y la filosofía, como cimientes de un universo de conocimiento que aguardaba ser explorado. Sin embargo, lo que más disfruté fueron sus narraciones.  

 

Algunas nos hacían reír, otras eran simpáticas. También las hubo tristes. No obstante, mis preferidas eran las cotidianas. Todas guardaban una revelación. Siempre se me viene a la mente el desenlace de una en particular: en uno de sus viajes a la costa, Silvio se encontró sentado sobre un tronco en plena playa mientras miraba al mar. Estando en esas notó que un pequeño cangrejo pasaba frente a él rumbo a su guarida. Al mismo tiempo que contemplaba el trayecto del animal le preguntó a un lugareño que también pasaba por ahí:

 

-Amigo, ¿por qué cree que el cangrejo camina hacia atrás?” -fácil- respondió el hombre- “para no olvidarse de dónde vino”.

 

Ese breve relato se quedó conmigo y hoy creo que me ha sido más útil para la vida que toda la teoría que pude memorizar (y luego olvidar) de haber sido otro el titular de aquella materia. Tuve muchos docentes después en distintos lugares y momentos: los eficientes, los brillantes, los incompetentes, los tiranos que disfrazaban su indolencia y sus nulas habilidades pedagógicas de rigurosidad, los anacrónicos, los empáticos y justos, pero a pocos, casi a ninguno, logro recordar tanto como a Silvio Sánchez.

 

Llegado a un punto, entendí que bastantes educadores solo se conforman con repetir datos, muchas veces sin contexto, muchas veces sin razón. Son importantes, por supuesto, pero esos datos siempre van a estar en los mismos libros empolvados, en los mismos anaqueles de las mismas bibliotecas o mejor aún, estarán a tan solo un clic esperando decirnos lo mismo. Nuestro profesor, el que hoy es protagonista de este texto, apostó por dejarnos algo para atesorar.

 

Siempre quiso que viéramos más allá de lo dado, de los esquemas, de las formalidades, más allá de las cuatro paredes del salón de clases. En este presente que mañana será pasado veo sus intenciones. Él quería que nos deshiciéramos del peso de las expectativas. Su cátedra fue una invitación a dejarse sorprender, a darle un poco de color al hecho de existir; sin dramas, sin transcendentalismos innecesarios, pero con sensibilidad, con corazón.

 

La última vez que lo vi ya era rector de la Universidad. Fue él quien me entregó el diploma, el profesor que años atrás me dio la bienvenida a la carrera. Sonrió cálidamente mientras me estrechaba la mano. Se notaba algo cansado. Eran finales de 2010. Unos meses después fallecería. Yo, luego, en un giro de mis propios acontecimientos me convertiría en periodista de tiempo completo, oficio que ejerzo hasta el día de hoy con real gusto y vocación.

 El 11 de abril de 2021, en medio del efervescente caos y la implacable incertidumbre del planeta, se completaron 10 años de su muerte y el legado que dejó aún persiste en la academia y en todos los que tuvimos la suerte de ser sus alumnos. Si quiere escucharlo aquí puede encontrar una de sus  conferencias, si quiere conocer algo de su obra académica, este artículo ahonda en ese aspecto.

 

Mi profesor. No, mi maestro; fue un humanista, un adjetivo que es una cualidad cada vez más necesaria en estos días. Lo repaso una y otra vez y siempre le vuelvo a dar la razón: “mientras haya sueños, habrá vida”. Que los sueños sean el motor de un futuro donde los mundos posibles sean un hecho.

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