No suelo escribir sobre cine. No es mi campo, ni pretendo que lo sea. Pero salí de ver la película Michael con la sensación de que lo que acababa de ver no era solo una historia sobre un artista, sino que la historia asciende en la agenda pública del entretenimiento en un momento bastante particular.
Y es que la película llega en un momento en el que la música parece haber perdido parte de su esencia. Hoy, muchos de los llamados “grandes artistas” no son necesariamente los más talentosos, sino los mejor posicionados por el marketing, las plataformas digitales y el uso intensivo del autotune. En ese contexto, no deja de llamar la atención que dos canciones de Michael Jackson hayan regresado a los primeros lugares en las listas globales de la música. No es casualidad. Es una señal.
La película recorre la primera etapa de su vida: sus inicios junto a sus hermanos, la exigente figura de su padre, el ascenso meteórico a la fama y el inicio de una transformación personal marcada por la presión, el racismo y las contradicciones propias de una industria que construye ídolos, pero que también los obliga a deformarse. No es una historia perfecta, ni pretende serlo, pero sí deja ver algo que hoy parece escaso: la construcción de un artista a partir del talento, la disciplina y el trabajo obsesivo.
Porque ahí está el punto. Michael Jackson no fue un producto improvisado. Fue el resultado de años de formación, de exigencia, de ensayo constante, de búsqueda artística real. Algo que contrasta con una industria actual donde muchas carreras parecen diseñadas más para funcionar en un algoritmo que para perdurar en el tiempo.
Y tal vez por eso la película está generando el efecto que está generando. No sólo revive la nostalgia de quienes crecieron con su música, sino que está permitiendo que nuevas generaciones descubran lo que significa un artista en el sentido más completo de la palabra. No uno que se vuelve tendencia por unas semanas, sino uno que marca una época.
Ahora bien, hay quienes critican la película por lo que no muestra, por lo que omite, por las zonas grises que decide no explorar. Y es un debate válido. Pero incluso con esas omisiones, lo que logra poner sobre la mesa es otra discusión, quizá más urgente: ¿en qué momento dejamos de exigirle grandeza a la música?. Habrá que esperar las películas venideras para ver cómo abordan los temas más polémicos del artista a lo largo de su carrera.
Hoy celebramos a Michael Jackson no solo por lo que fue, sino por lo que ya no vemos. Porque en medio de una industria saturada de inmediatez, su figura aparece casi como una anomalía: alguien que no dependía de filtros ni de tendencias pasajeras para conectar con millones.
Por eso, más que una película, “Michael”, como se titula, está funcionando como un síntoma. El síntoma de una industria que, en su afán de producir éxitos rápidos, terminó dejando de lado la construcción de verdaderos artistas. Y también, hay que decirlo, de una audiencia que se acostumbró a consumir lo inmediato.
Tal vez por eso sus canciones vuelven a sonar. No solo por nostalgia, sino porque evidencian un vacío. Uno que ni el marketing ni el autotune han logrado llenar.
En conclusión, hoy mi columna de opinión no es más que una invitación: vaya a cine con su familia, sáquele tiempo a esta película, que además de entretenida, está generando un efecto llamativo en las nuevas generaciones: la reconexión con la música de verdad. Además, vale la pena apoyar a su actor protagónico, quien tiene raíces colombianas, pues su madre nació en Bogotá.
Autor: Jesús Armando Eraso Yela
Perfil: Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales, especialista en Finanzas Públicas, egresado de la maestría en Desarrollo Económico y Diputado del Departamento de Nariño en el periodo 2020-2023
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