La Libertad de Prensa y la amenaza de censura de los egos

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Por: Tirso Benavides Benavides

Imagine un mundo donde la única voz que se escucha es la de quien manda. Sin preguntas incómodas, sin investigaciones sobre el dinero público y sin nadie que se atreva a llevar la contraria. Hoy, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, recordamos que el periodismo no es un privilegio de los reporteros, sino un escudo de los ciudadanos. Es ese ‘cuarto poder’ que, más allá de dar noticias, existe para vigilar a quienes están en el trono, recordándoles que el poder es prestado y que su gestión siempre debe estar bajo la lupa. Es clave entender que el oficio del periodismo es un ejercicio de contrapoder. Una democracia sin prensa crítica es como una casa a oscuras donde los verdaderos dueños no pueden ver qué están haciendo sus invitados, es por eso que proteger este derecho es garantizar que la luz de la verdad no se apague, sin importar el color de la bandera que pretenda dejarnos a ciegas.

Históricamente, los ejemplos de esta “alergia a la verdad” sobran: desde el silencio absoluto impuesto por Stalin hasta el control total del nazismo, donde cualquier voz discordante era etiquetada como traición. Esa herencia autoritaria sobrevive hoy en los regímenes de Cuba, Corea del Norte y Venezuela, que hace años declararon a la prensa libre como su enemigo personal. Pero lo más pintoresco es ver cómo este virus se ha contagiado a líderes de democracias actuales que, aunque se dicen opuestos, son gemelos en su mesianismo. Desde los bloqueos a periodistas en la Casa Rosada de Milei, pasando por la cacería de brujas en Nicaragua que ha dejado directores de periódicoa arrestados, hasta llegar a Estados Unidos donde Trump quita credenciales y a Colombia donde según el Gobierno existe una “prensa Mossad . Mandatarios que solo tienen una cosa en común, egos tan grandes que no caben en una rueda de prensa sin sentirse atacados.

El caso colombiano merece una atención especial a la luz del reciente informe de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH.

Este documento pone el dedo en la llaga sobre dos puntos. Primero, la estigmatización sistemática de Gustavo Petro y sus escuderos, quienes han convertido el uso de adjetivos en su deporte nacional para deslegitimar a quien pregunte de más. El mandatario “ha calificado a ciertos medios y periodistas como ‘desinformadores’, ‘mentirosos’, ‘criminales’, ‘vagabundos’, ‘cooptados’, ‘de oposición’, ‘oligárquicos’ (…) con el aparente propósito de desacreditar su labor y justificar represalias”, dice el informe. Segundo, el cuestionado manejo del sistema de medios públicos —ahora  otra vez Inravisión—, que lejos de ser un espacio institucional de todos, parece ser el canal de YouTube del Gobierno para difundir su propia propaganda, desconociendo por completo sus funciones.

No obstante, para ser justos debemos ser críticos desde el propio oficio y mirarnos al espejo. Si bien el periodismo en Colombia nació mezclado con la política, hoy vemos ejemplos que son un papayazo para que los gobiernos justifiquen sus ataques.

El caso de la Revista Semana es emblemático. Jugar a informar mientras se financian candidaturas y se hace activismo descarado no es periodismo, es entrar al juego del poder con carné de reportero. Esas fronteras borrosas son las que le sirven en bandeja de plata los argumentos a quienes quieren silenciar a todo el gremio.

A este circo se suma el fenómeno de las redes sociales, donde cualquiera con un celular se siente merecedor de un Pulitzer. El abuso de la libertad de prensa es hoy el pan de cada día, y en nuestro entorno regional el ejemplo perfecto es el perfil de Facebook “Caza Denuncias”. Un espacio donde se despotrica sin piedad, con noticias que muchas veces parecen un chiste, pero que muchas terminan destruyendo la honra de las personas. Estos abusos son el pretexto perfecto para quienes quieren desprestigiar nuestro oficio.

Y hablando de redes, no se puede dejar pasar por alto el ya tradicional matoneo digital, lo que muchas veces conduce a la autocensura.

Personalmente, me ha tocado aguantar una buena dosis de ataques coordinados, algo que aunque busca irritar y ofender, termina por darme risa. Es una interesante lección sobre la naturaleza humana ver cómo la mayoría de estos “valientes” digitales carecen de un solo argumento sólido y tienen que limitar su repertorio a la descalificación y al insulto reiterativo. Conocidos que pensaba capaces de un debate de ideas solo balbucen homilías de sus sectas extremas. Al final, vale la pena rescatar esa idea que dicen que dijo Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. Yo no llego a tanto, pero si a tolerar. La democracia se trata de eso, de aguantarse la crítica aunque duela.

Para mí, el hecho de que un día me insulten los uribistas y al otro me insulten los petristas, es la mejor prueba de que estoy ejerciendo bien mi oficio. El día que ambos extremos me aplaudan, ahí sí tendré que preocuparme.

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