Marcial Lafuente Estefanía

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Pulp. Ese es el nombre que se le da a las revistas de relatos breves de aventura y módico precio y edición, que se popularizaron en Estados Unidos entre finales de siglo XIX y mitad de siglo XX. Su fama comenzó en plena Conquista del Oeste y la galardonada película “Unforgiven (Los Imperdonables)”, de Clint Eastwood, tiene un personaje que las escribe: W.W. Beauchamp, al que todos los pistoleros le preguntan: “¿Y qué escribe?, ¿cartas?”. Quentin Tarantino puso el término de moda con su filme “Pulp Fiction”, pero ya no en referencia a los Cowboys sino a los relatos de Gangsters.
Bien, el asunto es que cuando empezó el declive de estas publicaciones de formato clásico de revista, comenzaron a aparecer en Hispanoamérica pequeñas novelas, también de lectura rápida y bajo precio. La moda empezó en España, porque este país sufría las inclemencias económicas de la Postguerra y la adquisición de libros era un lujo. De modo que unos libritos de 15×10 centímetros y de 94 páginas aproximadamente, se convirtieron en un fenómeno. Grandes y chicos disfrutaban con aquellas lecturas que desbordaban emoción, como si fuesen capítulos de una serie de la Tele.
La editorial Bruguera le sacó filo a aquello, porque sus dueños, Pantaleón y Francisco Bruguera, no temían correr riesgos y pensaban en todos los públicos. Los llamaron Bolsilibros, porque cabían en un bolsillo, y se enfocaron principalmente en dos géneros: la novela rosa y la novela del oeste.
Para la primera apostaron por contratar a una chica asturiana llamada María del Socorro Tellado López, que rápidamente se dio a conocer con el nombre de Corín Tellado. Para que se hagan una idea de lo que significó el trabajo de esta mujer, déjenme decirles que en 1962 la UNESCO la declaró la escritora española más leída después de Miguel de Cervantes Saavedra. Tellado escribió cerca de 5.000 novelas y ha sido traducida a 27 idiomas, vendiendo más de 400 millones de ejemplares. Record Guinness, sobra decirlo.
Y para la segunda contrataron al toledano Marcial Antonio Lafuente Estefanía, quien comenzó firmando como ML Estefanía, pero luego mantuvo su nombre de autor, aunque fuese larguísimo y publicitariamente inapropiado, en cerca de 2.600 novelas del oeste. También es récord, por supuesto.
Cuentan que el secreto de su éxito se lo debe al escritor Jardiel Poncela, quien le dijo: “Escribe para que la gente se divierta, es la única forma de ganar dinero con esto”. Y eso lo interpretó como: fuera descripciones y evocaciones largas, fuera monólogos interiores, fuera dramas paralelos; bienvenida la acción desde el comienzo, bienvenidos los estereotipos: la maldad, la sed de venganza, la justicia por su mano, la recompensa, el triunfo del bien, la rapidez para desenfundar, la ley del Colt.
Dicen que usaba un Atlas de comienzos de siglo y un directorio telefónico, e iba marcando nombres de pueblos y de personas para crear lugares y personajes. Y dicen también que los temas se inspiraban en el teatro clásico español. O sea, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca y demás. Y así como ese teatro tuvo el llamado Siglo de Oro, la novela del oeste tuvo su Edad de Oro con Estefanía y otros autores de pluma tan prolífica como la suya.
Los hijos de Estefanía, Francisco y Federico, lo ayudaron y siguieron escribiendo novelas tras su muerte en 1984. Y luego están los autores que siguieron su estela: Juan Gallardo Muñoz, Francisco González Ledesma, Francisco Miguel Gómez y Francisco Caudet Yarza. Pero a diferencia de Estefanía, estos sí usaron alias americanos porque resultaban más vendedores. Gallardo firmó como Curtis Garland 2.000 novelas; González firmó como Silver Kane cerca de 1.000 bolsilibros; Miguel Gómez firmó como Lem Ryan también un millar de títulos; y Caudet Yarza firmó como Frank Caudett más de medio centenar de novelas.
Pues bien, todos esos nombres y varios más llegaron a ciudades como Pasto y se instalaron en la cultura cotidiana de todos quienes crecimos en el siglo XX, en los finales de la Era analógica. Aquellas novelitas se vendían en los puestos de periódicos, en los fijos del centro y en los domingueros de las esquinas. Pero era tanta la producción que pasaban de mano en mano y acababan en las casetas de libros de segunda mano que había en la plazoleta de La Merced.
Pasto era, sin duda, una ciudad muy diferente a la actual. Hace un tiempo comentaba en esta columna el mundo de las tiendas para leer cuentos, esos pequeños cuartos de entrada a caserones con una rejilla de madera que les daba acceso, y donde los niños nos metíamos a leer cómics por unos pocos centavos. En algunas de esas tiendas se alquilaban estos bolsilibros y se devolvían a la semana. Era todo un universo donde una sola publicación era leída por muchas personas, como fuente, sin pensarlo, de fomento a la lectura y donde el libro cumplía su verdadera obligación ética: que no tenga un único dueño.
Para las nuevas generaciones esto puede sonar incomprensible, por la sencilla razón de que los bolsilibros modernos son un teléfono celular y lo que se suele compartir es lo gráfico y audiovisual, y no lo textual. Esas tiendas antiguas hoy son Apps de mensajería tipo WhatsApp, y los libros de segunda mano viven un mundo muy diferente y en espacios muy distintos. Pero todo lo que se vive hoy tuvo un antecedente. Los clubes de lectura modernos son esos viejos recintos.
Ahora bien, en aquel tiempo las novelas breves respondían a estereotipos y tópicos muy propios del siglo XX. Las novelas del oeste no estaban escritas para mujeres. Para la mujer existía Corín Tellado y nada más que Corín Tellado. La mujer no hacía parte del mundo de la aventura ni como lectora, ni como autora. La escritora de bolsilibros María Victoria Rodoreda tuvo que publicar con los seudónimos masculinos de Marcus Sidereo, Vic Logan, Jack King o Ian De Marco, porque de lo contrario no la habrían tomado en serio; y la escritora Consuelo Arismendi tuvo que seguir la obra de su padre, Alf Regaldie, sin que se notara que aquellas novelas las hacía una chica.
Las novelas del oeste no las protagonizaban mujeres, salvo casos excepcionales. Estas aparecían en las portadas ilustradas como chicas exuberantes que eran rescatadas por Cowboys rápidos con el gatillo. Lo mismo sucedía en los bolsilibros de ciencia ficción, aunque este estilo no imperó tanto en castellano, como sí lo hizo en inglés.
Y el otro estereotipo es el de la sexualidad. Un gran autor colombiano de bolsilibros fue el caleño Hernán Hoyos. Sus novelas eróticas pulularon en todos los colegios masculinos del país. Pasaban de mano en mano entre los amigos del dueño de cada librito, que pagaba 100 pesos por el original; y a los demás se les cobraba la lectura de unas cuantas páginas en el baño durante el recreo.
Las primeras novelas de Hoyos, publicadas por Editorial Pacífico, no eran tan pequeñas. Medían 17×12 centímetros y tenían unas 200 páginas aproximadamente. Pero el increíble éxito que tuvo lo llevó a reducir tamaño y extensión. Y ahí llegaron aquellos títulos que todo adolescente leyó a escondidas de sus padres: “Sor Terrible”, “Protectores de Doncellas”, “Secuestro de un Viejo Verde”, “Aventuras de una Sirvienta”, “El Bruto y las Lesbianas”, “El Tumbalocas”, “La Alcahueta” o “Sin Calzones llegó la Desconocida”.
Imagínense. Los baños de un colegio convertidos en clubes de lectura. Impensable en otros tiempos y en otras circunstancias. Y es algo que consiguió un tipo de literatura que el mundillo de las letras siempre ha menospreciado. Los académicos suelen ser demasiado formales y consideran que sólo aquello que se ajusta a los cánones de la excelencia es lo que vale la pena. El resto es secundario, menor, clase B. No sucede sólo con la literatura, también con el cine, también con la música. “Nosotros éramos de la farándula de los jodedores”, me decía Wayne Gorbea, un pianista de salsa que no perteneció al Glamour de Fania, pero que hoy es un músico de culto.
Todos estos autores, Estefanía, Tellado, Hoyos, eran, como diría Julián Diez, “obreros de la escritura”, escribientes por encargo si se quiere guardar el símil con aquel oficio que reivindicó Cantinflas en “El Portero”. Ninguno de estos escritores recibió un premio, nunca, porque quienes organizan estos galardones suelen mirar por encima del hombro a novelistas como ellos. Pero el público los recuerda con más cariño, quizás, que a muchos de los grandes de las letras.

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