Tener la razón

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Escuché el otro día al speaker mexicano Sebastián Struck (cuyo perfil Maestría Emocional está en redes), hacer una reflexión muy a propósito de lo que está pasando en el mundo: “La mayoría de la gente no quiere cambiar, quiere tener la razón. Y eso ha sido más peligroso para la humanidad que la ignorancia”.
Struck cita en su disertación a la psicóloga social Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, quien estudió porqué algunas personas aceptan errores y cambian formas de pensar, mientras que otras se aferran a ideas o creencias, a pesar de que haya comprobación. Las dos razones para ello son:
“1. Porqué no están defendiendo una idea. Están defendiendo su identidad. Se identifican tanto con la idea o creencia que se vuelve parte de su forma de ser. Cambiar implica un cambio de identidad y eso es muy difícil de lograr, se siente como una amenaza. Prefieren estar equivocadas, pero sentirse consistentes con su identidad”.
“2. Porque el ser humano no es objetivo y lógico, primero es emocional. Y muchas veces el razonamiento viene de emociones, buscamos darle lógica a nuestras emociones. Y ahí viene un dato difícil de creer: cuando alguien se siente atacado, su cerebro reduce la capacidad de aprender hasta en un 30% o 40%. Por eso en las discusiones rara vez alguien cambia de pensar”.
No es un hecho nuevo en el ser humano, por supuesto. Arthur Schopenhauer escribió en 1830 38 estratagemas para ganar una discusión en su tratado “El Arte de Tener Razón”.
Struck afirma que “No somos nuestras ideas, pero el ego se aferra a ellas como si lo fuéramos… Poder cambiar de opinión no te hace débil, de hecho creo que es una señal de verdadera inteligencia. Pensar que uno siempre tiene la razón es peligroso, porque puede resultar en que nunca mejoremos. La información que consumes no siempre refleja la realidad, refleja lo que ya crees. Por eso el verdadero progreso no empieza cuando ganas una discusión. Empieza cuando puedes decir: ‘tal vez estoy equivocado'”.
Lo decía yo en esta misma columna hace un tiempo: cuando las condiciones existen, según la teorías económicas de Henry George y la famosa canción de Eddie Palmieri, nos convertimos en engranajes de la propagación de ideas (las Fake News, por ejemplo). Cuando una información es afín a lo que pensamos, aunque la reconozcamos como “fake”, la compartimos porque nos gusta pensar que eso puede ser verdad, que esa burla hacia ese personaje o esa denuncia hacia ese otro, es lo que intuíamos. “¡Es lo que yo he dicho siempre, ahí esta prueba!”.
Creemos sólo en lo que queremos creer.
Buena parte de la culpa la tienen las redes sociales, y claro, las redes funcionan mediante algoritmos. En un escrito anterior sobre la IA y la ética, citaba a la revista CIDOB d’afees Internacional, que define esto como “cámaras de eco y burbujas informativas”. Sus investigadores encontraron que “La desinformación opera mediante la creación de verdades algorítmicas, que identifican correlaciones entre flujos de datos y resultados, pero no establecen una relación causal sólida”. ¿Cuál es el resultado de esta práctica? Duda, contradicción, discusión, enfrentamiento, polarización, desencuentro”. De allí a considerar que se tiene la razón y obsecarse con ello, sólo hay un paso.
Citaba también un caso muy colombiano: dos amigos de colegio tienen inclinaciones ideológicas diferentes. Cada uno congenia con aquellas personas que coinciden en su forma de pensar, de tal forma que sus redes sociales y sus plataformas de mensajes acaban funcionando como Amazon. Es decir, te recomiendan sólo aquello que deseas ver y escuchar. Al final te encierras en ese mundo, bien sea de derecha o de izquierda, hasta tal punto que eres incapaz de ver el lado positivo del otro lado, de tu otro amigo. La desinformación, alimentada por la IA, ha hecho el trabajo de alejarte de los tuyos y de dejarte sin perspectiva. Cuando los dos amigos se vuelven a encontrar cada uno está seguro de tener la razón.
Veamos un caso palpable: la política internacional de Donald Trump. El presidente estadounidense es el típico malo de las pelis de James Bond, el arquetipo del hombre que sueña con apretar el botón rojo de la destrucción. De tal modo, los planteamientos y argumentos para rebatirlo son no solamente adecuados, sino necesarios. Pero resulta que en sus más recientes incursiones militares ha acabado con dos dictadores: Nicolás Maduro, extraído en Venezuela; y Alí Jameneí, dado de baja en Irán. Y mientras el mundo entero clama por el derecho internacional y pide la no injerencia en territorio extranjero, los venezolanos y los iraníes se sienten liberados.
Allí hay dos posturas irreconciliables, que ya se ven en manifestaciones en las calles. Para unos, el hombre malo de Washington no tiene porqué imponer su voluntad basado en la fuerza. Su interés es solo económico por el petróleo. Pero para otros, fue tanto el mal que hicieron y la perversidad con que actuaron los regímenes de Maduro y Jameneí, que la injerencia de Trump en sus países es un precio menor a pagar y es bienvenida.
¿Y nosotros qué pensamos de todo esto? Pues los algoritmos nos llevan hacia una posición o hacia otra. Los perfiles que seguimos en redes y los columnistas que leemos nos conducen hacia una burbuja informativa. Así que unos solamente ven lo malo de las acciones militares de los ejércitos de Trump y otros solamente ven que un dictador y un líder supremo han pagado el precio de su infamia. El caso cubano es otro ejemplo perfecto de las discusiones en que dos posturas se empeñan en tener la razón.
Trasladado esto a una mesa de familia con cuñados, primos y hermanos, las dos posturas se enfrentan. Como le tenemos cariño a nuestro interlocutor, aceptamos su razonamiento y la defensa de su postura, pero no nos convence. Estamos empeñados en que la verdad es nuestra y no suya. Y como dice Struck, nadie concluye: ‘tal vez estoy equivocado’. Esto lo hemos visto continuamente en las mesas colombianas, entre pensamientos de izquierda, de centro y de derecha.
Cuando la izquierda es confrontada, se siente atacada, se encierra en su caparazón y rechaza a la derecha por la injerencia en su territorio. Las redes sociales son su zona de confort, porque encuentra allí pensamientos afines y puede dar rienda suelta a teorías como que el centro está confabulado con la derecha. Cuando la derecha es confrontada, se siente atacada, se encierra en su caparazón y rechaza a la izquierda por la incoherencia contradictoria de sus posturas. Las redes sociales son su zona de confort, porque encuentra allí pensamientos afines y puede dar rienda suelta a teorías como que el centro está confabulado con la izquierda.
Bien, descrito el problema, veamos las soluciones. En una charla para el programa “Aprendemos Juntos” del BBVA, Carol Dweck advierte que “Elogiar solo la inteligencia de los niños puede tener un impacto negativo y favorecer una mentalidad fija. Por el contrario, si como padres o educadores, nos centramos en elogiar el proceso más que el resultado, los niños se enfrentarán mejor ante los desafíos en lugar de darse por vencidos cuando las cosas se complican”.
Esa, sin duda, es la base ideal para combatir esa resistencia mental al cambio, tanto como valorar los errores y no verlos como enemigos. Dice una famosa frase que “se aprende más de los errores que de los logros sencillos”. Esta es una premisa del aprendizaje que proviene del estoicismo y que Albert Einstein presentó como argumento al decir: “Quien nunca ha cometido un error, nunca ha probado nada nuevo”.
Por eso Carol Dweck insiste en que “nunca es demasiado tarde para aprender. Para mucha gente no es fácil aprender a cambiar. Si has vivido siempre con miedo a los retos o creyendo que los errores te hacen menos inteligente, puede ser muy complicado aprender a cambiar”.
Si, el secreto está en la educación. Una sociedad en constante enfrentamiento es la semilla del Diablo, el huevo de la serpiente para un gran colapso social por enfrentamiento. La ideología es como una sinfonía musical que cambia según los músicos que la interpreten. No hay que ver su partitura como verdad absoluta por encima de la época y las circunstancias con que se viven en una u otra región. Todo tiene matices y son justamente esos matices las ventanas que permiten cambiar de opinión.
Una persona de izquierda puede ser perfectamente crítica con el Gobierno de turno porque éste no ha combatido con eficacia la corrupción. Una persona de derecha puede ser razonable a la hora de valorar qué es lo extremo y que es lo moderado y permite el diálogo. La franqueza es un valor cada vez menos importante en unos, y la prudencia es una condición cada vez menos tomada en cuenta por otros.
Pero el secreto también está en la familia. Lo malo es que no damos buenos ejemplos a nuestros hijos; nuestras confrontaciones no ayudan porque estamos empeñados en defender la identidad con algún argumento. Somos emocionales, hemos reducido nuestra capacidad de aprender… y vivimos encerrados en burbujas digitales señaladas por los algoritmos. No es un buen mundo el que vamos a dejar como herencia.

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