Tres películas para pensar el conflicto en Colombia

Por: Ricardo Gonzales
IG: “@elumbralcine

No hace falta explicar por qué el conflicto, sobre todo el armado, ha sido uno de los temas más recurrentes en la filmografía colombiana, especialmente de los últimos 20 años. Gran parte de la producción nacional se ha dedicado a retratar los desastres de la guerra y a denunciar la miseria, el desplazamiento y la muerte que ella ha dejado. Esta dosis de realismo ha sido una bofetada necesaria para que el país no caiga en el sopor de las telenovelas y los noticieros.

Sin embargo, algunas películas han dejado de lado los aspectos más sórdidos de la violencia, para representar las huellas más sutiles y silenciosas del conflicto. Es el caso de películas como El vuelco del Cangrejo (2009), de Oscar Ruiz Navia, La Sirga (2012) de William Vega y Dos Mujeres y una Vaca (2015) del director Efraín Bahamón. Estas tres operas primas nos enfrentan a un país atravesado por múltiples violencias, que se expresan más allá del fragor de los fusiles y que, aunque menos evidentes, también son parte constitutiva de una sociedad conflictuada como la nuestra.

En El vuelco del cangrejo, vemos a Daniel (Rodrigo Velez), un citadino que llega a La Barra, un recóndito paraje del pacifico, en busca de una balsa que lo lleve a cualquier parte. Durante su espera, se vuelve amigo de Lucía (Yisela Álvarez), una niña que lo acompaña a todas partes, y de Cerebro (Arnovio Salazar), líder negro del lugar, quien tiene tensiones con “El paisa” (Jaime Castaño), un foráneo blanco que planea abrir un hotel en el pueblo. “El paisa” trata a los locales como subalternos, acapara el poco pescado que hay en la zona, e invade el ambiente con música a todo volumen.

Así, el filme desentraña las relaciones coloniales que persisten sobre los territorios, y plantea el dilema de los vínculos interétnicos, en un país en el que se sigue pensando que “el progreso” es el que se lleva de los centros metropolitanos a los márgenes rurales. La película también retrata las crecientes dificultades por la subsistencia, en este caso, por la falta de pescado; pero también da cuenta de la resistencia y la lucha comunitaria para mantener la vida en medio de la adversidad.

En La Sirga también encontramos a una protagonista que se desplaza: se trata de Alicia (Joghis Arias), una joven que al parecer huye de la guerra y llega a un modesto hotel ubicado en la laguna de La Cocha (Nariño), sin otro equipaje que la ropa que lleva puesta. Allí es recibida por un tío que le advierte que las cosas por esos lados tampoco van bien. Alicia también conoce a Mirichis (David Guacas), un joven que la transporta en su balsa y la intenta convencer para que se vayan.

A lo largo de la historia, los protagonistas se dedican a recomponer el viejo hotel, que cruje por el viento nocturno y cuyo techo se despedaza cuando arrecia la tormenta; esta lucha por reconstruir su entorno puede tomarse como una metáfora de la propia lucha interna de los personajes por sanar: se trata de sujetos distantes y lacónicos, que buscan vincularse, pero parecen evitar involucrarse demasiado, pues eventualmente tendrán que separarse a causa de la amenaza de la guerra. Aunque la violencia nunca aparece explícitamente, la vemos en el semblante de las personas: la llevan por dentro. De este modo, el filme pone en escena el impacto del conflicto sobre las relaciones interpersonales y las huellas que deja en nuestro modo de acercarnos al otro.

En la tercera película que nos ocupa, Dos mujeres y una vaca, asistimos a la travesía de dos mujeres que reciben una carta de un ser querido y deben ir en busca de alguien que les lea el mensaje, ya que son analfabetas. La más joven, Hermelinda (Ana María Estupiñan) está embarazada del autor de la carta, y tendrá que parir en medio del viaje, justo cuando grupos armados acechan la zona. El viaje las llevará a revivir un pasado doloroso que creían olvidado y que tendrán que afrontar para avanzar.

A diferencia de las otras dos películas mencionadas, aquí la violencia armada es visualizada de un modo más directo. Pero la presenciamos desde el punto de vista de las mujeres, que no logran diferenciar entre bandos ni orientaciones políticas; solo protegen su vida en medio de una guerra que no entienden.

La película nos habilita a pensar las estructuras patriarcales de la violencia, en donde los hombres empuñan las armas para ser víctimas y victimarios, mientras las mujeres son tomadas como rehenes y botines de guerra. La historia de Bahamon también ofrece claves para pensar otras consecuencias vinculadas a un país en guerra, como el analfabetismo y la orfandad. Pero, a pesar de este panorama problemático, la narración no renuncia a exaltar la resiliencia femenina para cuidar y reivindicar la vida y para erigir una simiente de esperanza en medio del dolor.

En suma, las tres óperas primas aquí comentadas recorren los contornos menos visibles de un fenómeno abigarrado y multifacético como el conflicto.  Además, nos brindan una lección de economía narrativa: con planos fijos y pocos movimientos de cámara, con silencios y con las acciones necesarias, proponen realidades sencillas cargadas de poesía; renuncian a la vía fácil de espectacularizar la violencia y hacer del dolor un entretenimiento, permitiéndonos contemplar los rostros, los cuerpos y los paisajes cotidianos donde se manifiestan realidades conflictivas sutiles y complejas.

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