Un adiós al profesor Moncayo. -El caminante de la Paz-

Tras el secuestro por las FARC del soldado Pablo Emilio Moncayo (1997), y su retención prolongada, su padre el Profesor Gustavo Moncayo inicia (2007) , una de las protestas más significativas de la historia colombiana. Desde su natal Sandoná anuncia un periplo hasta la capital de la República.
En su recorrido, cubierto de cadenas y en permanente contacto con las víctimas de la violencia genera un movimiento de protesta contra el grupo alzado en armas y el Estado colombiano.
A su marcha se unen cientos y miles de colombianos, simpatizantes y seguidores de su causa, solidarios con su dolor y en permanente fraternidad con su deseo de una liberación de su hijo.
Recorre varios departamentos a pie. Encadenado y con profundos signos de cansancio que no le impiden continuar con su misión de padre y víctima de un conflicto armado. Los medios de comunicación lo asedian, los periodistas lo siguen y la opinión pública hace suyo ese lamento de un padre que busca por todos los medios la liberación de su hijo.
Su llegada a Bogotá es apoteósica. Líderes de toda Colombia lo esperan con gritos, consignas y banderas blancas. El profe Mocayo pronuncia un discurso sentido y en un verdadero llamado a la paz. Su actitud obliga al gobierno nacional y a los partidos políticos a dar un vuelco a los diálogos de paz.
Logra su cometido y su su voz se vuelve una oración, su figura un símbolo y su presencia la imagen de la misma paz. Recorre el mundo llevando su mensaje, ofreciendo su testimonio, siendo una plegaria en el deseo de alcanzar en Colombia esa paz tan esquiva y anhelada.
Hoy sus pasos terminan su recorrido. Muere víctima de un cáncer terminal. Colombia entera llora a este sencillo profesor que se levantó para impetrar paz en Colombia y respeto por la vida misma.
Tuve la fortuna de acompañarlo en su recorrido, mirar el fervor y la devoción de la gente ante su sola presencia, su voz sencilla y serena cobijaba a los presentes como un manto de esperanza y fe. Se acercaban a ofrecerle su dolor, a buscar consuelo en sus manos y a tocar las pesadas cadenas que rodeaban su humanidad. Parecía invencible, imbatible, un super héroe que no se amilanaba ante la presencia de enemigos o contradictores.
Cada paso suyo se sentía en cada rincón de Colombia, en los hogares de las cientos y miles de víctimas que anhelaban la liberación de uno de sus seres queridos. Que se morían lentamente en las selvas y bosques, encadenados y silentes ante la complicidad de un Estado que poco o nada hacia por buscar su liberación. Fue él esa catarsis de luz y esperanza que se encendió en el pueblo colombiano.
Sus pasos descansan, su espíritu también. Fue un colombiano que no se resignó al dolor y las cadenas de su hijo, las hizo suyas, se desprendió de su libertad para ser él mismo un reo de injusticia y vergüenza mundial.
Paz en su tumba. Su camino ya se hizo justicia y paz.

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