Un alemán en el trópico

Este 07 de enero del 2021 se cumplieron 139 años del natalicio del pedagogo alemán Max Seidel.

Historia

El puerto de Tumaco fue centro de la cultura que lleva su nombre desde el siglo V a.c. Por allí transitó Francisco Pizarro en 1532, con 180 hombres a invadir el Perú. Un documento de 1605, guardado en el archivo de Sevilla, descriptivo de la costa del Pacífico, dice que Tumaco era un buen puerto de toda providencia, habitado por españoles e indios. Entre 1756 y 1760 Fray Juan de Santa Gertrudis O.F.M., en su obra Maravillas de la Naturaleza, describe a Tumaco como un pueblo ubicado en una playa aislada de media legua de larga y menos de la mitad de ancho, que tenía iglesia, plaza con palmar, cura párroco y teniente gobernador, habitado por 60 familias que comerciaban al sur con Ecuador, Perú y Chile y al norte con Panamá. Realmente los habitantes isleños eran indígenas, mestizos y negros, que eran hábiles marinos, buenos pescadores y expertos comerciantes. Por Tumaco pasaba el oro de Barbacoas e Iscuandé a España, en los barcos que volteaban por el Cabo de Hornos, o por Panamá, y de los cuales recibía las mercancías europeas.

Establecida la República, la ciudad extendió sus contactos por el mar Pacifico y las tierras andinas. En 1830 fue instituido como puerto aduanero y en 1894 elevado a calidad de provincia con el nombre de Rafael Núñez, por haber residido allí éste presidente en su juventud. En el gobierno de Rafael Reyes obtuvo categoría de departamento.

A mediados del siglo XIX italianos, españoles, franceses, ingleses, alemanes y chinos establecieron en la ciudad factorías comerciales, atraídos por las materias primas exportables a sus países de origen: cacao, caucho, arroz, níspero, tagua y maderas.

Se produjo el intercambio comercial en barcos procedentes de los países europeos y norteamericanos, que traían mercaderías para los nuevos ricos asentados definitivamente en el puerto. En 1870 arribó a la ciudad por el Cabo de Hornos el vapor mercante Amme de bandera británica.

A finales del siglo XIX Tumaco contaba con una clase social formada del mestizaje entre extranjeros y raizales. En la última década del siglo XIX llegaron a Tumaco los misioneros Agustinos Recoletos llenos de entusiasmo religioso, que fueron acogidos alborozadamente por la comunidad costeña. Estos misioneros organizaron el culto católico, construyeron iglesias, centros educativos y ejercieron la acción social en cumplimiento de la Encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII que reivindicaba los derechos de los pobres y de los trabajadores ante el desaforado capitalismo explotador. Con el apoyo económico y las donaciones de terrenos fundaron en el año 1907 el colegio Sagrado Corazón para señoritas, regentado por las monjas Bethlemitas.

Durante este tiempo, Tumaco adquirió prosperidad por la exportación a las naciones europeas y a los Estados Unidos de grandes cantidades de materias primas, que permitió que hombres de industria y comercio internacional pensaran en el progreso regional, el servicio social, el telégrafo, la telefonía local, las escuelas primarias, los medios de salubridad, la adecuación del puerto, el servicio de cabotaje, la colonización de tierras para el cultivo de productos exportables, la organización de la administración provincial y municipal y en la construcción de hermosos edificios, para darle sentido a la vida y a la humanidad del Pacifico, pues les preocupaba el desarrollo social y el bienestar de las generaciones futuras.

Personajes inteligentes y de espíritu cívico como don Francisco Benítez Cortez y don Francisco Juan Márquez, dotados de una mentalidad progresista, procuraron el desarrollo de los pueblos de la costa nariñense, formando una juventud instruida en técnicas y ciencias

adquiridas en universidades nacionales y extranjeras.

Al efecto, fundaron la biblioteca municipal; construyeron el Hospital San Andrés, el Palacio Municipal, el Club Tumaco, el Edificio de la Aduana Nacional, la Iglesia de San Andrés; erigieron las estatuas de las heroínas Rosa Zárate y Policarpa Salavarrieta; embellecieron la Plaza Nariño y el Parque Colón donde instalaron las respectivas estatuas de éstos próceres.

Para la voluntad altruista de los pioneros la costa del Pacífico debía forjar su cultura de las propias experiencias y realidades tropicales Aspiraban a que el hombre del Pacífico recibiera la instrucción integral que requería de la orientación de un buen educador que le inculcara el conocimiento de la realidad. Los dirigentes de Tumaco, representados por don Eladio Polo Arias, Presidente del Concejo Municipal de la ciudad, Francisco Benítez Cortez, Francisco Juan Márquez, Alejandro Najar, Moisés Escrucería Salinas, Daniel Escrucería Mallarino, Alcides Doat, Gabriel Manzi Gallo y el padre Gerardo Larrondo, estudiaron la posibilidad de traer un pedagogo europeo para que pusiera en vigencia el proyecto educativo de la costa del Pacífico, en Tumaco. Para la época de principios del siglo XX, existía un Vicecónsul del imperio alemán, y a él acudieron después de discutir si pudiera ser inglés, francés o alemán el rector de tan noble institución.

En Alemania la instrucción pública era de gran nivel cultural. La educación primaria y secundaria y sus colegios y escuelas especiales estaban bien organizados. La enseñanza tenía carácter obligatorio y constituía en su conjunto un modelo de organización; la había rural y urbanas sostenida por las municipalidades. Las autoridades elegidas por los ciudadanos mantenían la organización y administración de los planteles educativos Por eso el educador elegido debía ser un alemán católico, íntegro en su intimidad y en su conducta pública, que supiera conducir y transformar las aspiraciones humanas.

Convenio colombio-alemán

Entrado en trato con el gobierno alemán la selección recayó en el pedagogo Max Seidel Kraustwurst, nacido en Leobschüetz, Alta Silesia, el 7 de enero de 1882 en tiempos de la unificación y creación del Imperio Alemán por Otón Eduardo Leopoldo Von Bismarck, primer Canciller del Imperio y del gobierno del emperador Guillermo I.

      El señor Seidel había realizado sus estudios secundarios en la “Escuela Superior de Pedagogía” donde cursó además matemáticas, física, química y lenguas, habiendo obtenido el título de Rector de segunda enseñanza. Prestado el servicio militar obligatorio obtuvo el nombramiento de Director del Colegio de Señoritas de Berlín. Encontrándose en ejercicio de este cargo, fue contratado por la municipalidad del puerto de Tumaco, para lo cual el gobierno alemán le concedió licencia indefinida. Él era un joven de 29 años que viajó con destino a la costa pacífica nariñense, el 9 de septiembre de 1911, merced a su cara vocación pedagógica.

Proveniente de una cultura de planicies, cimas y mixturas germanas, el señor Seidel atravesó el Atlántico, llegó al trópico a unas islas legendarias del Pacifico nariñense, el 2 de noviembre de 1911, en un periplo asombroso no de colonización, sino de entrega intelectual a estos pueblos ávidos de conocimientos universales.

Míster Seidel emprendió su actividad educativa en el hermoso edificio de dos plantas con mirada al mar, portando material didáctico, una básica biblioteca y laboratorios de física y química, y provisto de alumnos sin exclusión de razas.

Su trabajo fue permanente, fructífero y ejemplar, habiendo podido integrar la cultura europea con la americana, tarea que le llevó los tres años de su primera estadía. En ese tiempo, Europa se encontraba en la culminación de los imperios modernos y América revivía el pasado de su formación triétnica, ante el decaimiento de los influjos anglosajones sobre la independencia. Pero la crisis de los imperios y el decaimiento del impulso burgués produjeron la beligerancia de las naciones europeas y dieron inicio a la primera guerra mundial. El sargento Seidel, llamado a reincorporarse al ejército alemán, partió hacia su país, no alcanzando a llegar porque fue declarado prisionero de guerra por el gobierno inglés y desterrado a la isla de Mann entre Gran Bretaña e Irlanda. Finalizada la primera guerra mundial, una vez liberado, regresó a Alemania donde recibió la condecoración de la medalla del Buen Soldado, debido a los servicios educativos prestados a los conciudadanos en cautiverio.

Empero nada le consolaba de la grave situación de su país; contemplaba horrorizado su destrucción y sometimiento a la tiranía de los vencedores, que le impusieron gravosa carga económica en las cláusulas claudicantes del tratado de Versalles. No era la Alemania que había dejado en 1911, sino un país destruido social y económicamente. Era la época de la Constitución de Weimar social demócrata, del descontento revolucionario y de la formación de las ideas totalitarias que convertirían a Alemania en el gobierno nacional socialista nazi.

Míster Seidel nuevamente fue llamado a regentar la rectoría de la “Escuela Pedagógica de Tumaco”, por la “Compañía Educativa del Pacífico”, fundada para defender el centro educativo que regentara durante tres años, que había recibido el nombre del “Liceo Tumaco”, plantel de segunda enseñanza de bachillerato y educación pedagógica. Entonces, el señor Seidel prefirió continuar con el programa pedagógico que había iniciado en años anteriores.

Su decisión fue definitiva: regresó en 1920 para continuar su enseñanza, entregándose en cuerpo y espíritu a la tierra tropical que lo había acogido con tanto entusiasmo. Vino y se quedó con sus discípulos, los educadores, los intelectuales y la familia de cinco hijos que constituyó con la distinguida dama tumaqueña Doña Emma Márquez de Seidel.

 Murió en Tumaco el 06 de noviembre de 1958.

Anécdotas del pedagogo alemán en el trópico

1.En cierta ocasión, un alumno faltó a la clase con el profesor Seidel. Éste de manera inmediata se percató y preguntó a sus condiscípulos si sabían el porqué de la ausencia. Nadie pudo responder. Al terminar la jornada de la tarde el profesor se dirigió a la casa del alumno, y se encontró con el padre a quien indagó por el percance. Éste informó que su hijo no había asistido a clases en la mañana porque no tenía zapatos. El señor Seidel de manera inmediata le respondió que esa no era una excusa válida, porque el conocimiento no entraba por los pies sino por la cabeza; se metió la mano al bolsillo de su traje de paño, sacó su arrugada billetera, y resolvió el problema, dado que el alumno debía asistir al otro día al Liceo.

Contada por el exalumno Tomas H Castillo en Buenaventura.

2. El 10 de octubre de 1947 un incendio acabó con la mayoría de las casas de Tumaco. Mi padre quien venía de observar como su querido Liceo había quedado en cenizas, tuvo que asistir de manera inmediata a su casa porque las llamas ya la estaban consumiendo. Impávido y sin fuerzas se quedó al frente de su piano sin poder hacer nada. Cuando llegué a la casa paterna, encontré a mi padre abrazado con el piano, y tuve que a la fuerza sacarlo porque el viejo profesor de música no se quería desprender de su amigo entrañable.

Contada por el hijo Franz Seidel Márquez en Tumaco.

3. Hay algunos aspectos de la fuerte personalidad del señor Seidel dignos de la mayor ponderación. Era un músico consumado. Como pocos dominaba la teoría musical. Tocaba con energía y gusto piano y violín. Innumerables fueron sus discípulos en el divino arte. Poseía una abundantísima colección de partituras de los grandes maestros. Organizó varias orquestas. Preparaba para los actos de clausura del Liceo y para las veladas de las fechas clásicas audiciones admirables y justamente famosas.

Siendo como era un erudito y completo profesor de segunda enseñanza, sentía un entrañable amor por la escuela primaria especialmente, la rural. Múltiples fueron las ocasiones que preparó y dirigió cursos de pedagogía y también cursos de vacaciones para los institutores de primeras letras. Y allí era de ver la maestría con que explicaba una metodología y dictaba, luego, la clase modelo. Publicó varios textos de Física elemental, de Ciencias Naturales, de Historia y Geografía y cartillas para la preparación de maestros de escuelas rurales.

Contada por el profesor Pablo E Arizala en Tumaco

4. Nunca se vanaglorió de hablar o habló en primera persona de lo que hacía, ni quiso sacarle provecho monetario. Vivió y murió en la más santa pobreza. Se disgustaba con los zalameros que querían hacerlo víctima de sus alabanzas y de sus aplausos.

Contada por el profesor Pablo E Arizala en Tumaco

5. Al señor Seidel en vida no se le otorgó el reconocimiento por su gran labor educativa. Cuando el profesorado tumaqueño le hizo un sentido homenaje, atino a decir “Yo he cumplido simplemente con mi deber. Y un hombre que cumple con su deber no merece mayor homenaje que el reconocimiento de su labor realizada.” Alemania y Colombia le deben el homenaje al gran educador, cuya memoria merece estar en el pedestal de los hombres insignes.

Contada por el exalumno José María Obando Garrido en Bogotá

Referencia

-Obando Garrido, José María. Libro “Max Seidel el pedagogo alemán.2017.

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