Un partido político para los nuevos tiempos

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¿Qué partido político para los nuevos tiempos? Esta interrogante seria la más precisa al momento de titular esta columna. Espero dar unas pistas al cierre de la misma para quienes están interesados en lo político y hacer política en nuestro país. Las otras interrogantes que deberían guiar estas lineas son ¿vivimos nuevos tiempos? De ser así ¿qué los caracteriza? ¿Dónde están las principales rupturas y continuidades?

Contra todo pronostico, Colombia vive un nuevo boom de partidos políticos. Hace tan sólo unos días el presidente del Congreso de la República, el senador Roy Barreras lanzó un nuevo partido político, “el partido de la paz”, afirmó sin mayor empacho. No hace mucho el Consejo Nacional Electoral ha reconocido personería jurídica a muchas de las colectividades que la perdieron producto del conflicto armado y la violencia criminal en el ocaso de la década de 1980: el Partido Comunista Colombiano, la Unión Patriótica y el Nuevo Liberalismo. Y hace tan sólo unos años las FARC-EP se transformaron en partido político legal. Estando las cosas como están, el panorama político continuará ampliándose.

Lo paradójico de este proceso resulta de la desconfianza que tienen las y los ciudadanos en los partidos políticos en Colombia, la cual ha oscilado entre el 45,8% y el 52,8% en los últimos 10 años, teniendo su pico más alto en 2017 con una desconfianza del 60,5% de acuerdo a la información del Latinobarometro. Entre las principales cinco economías de América Latina y el Caribe (Brasil, México, Argentina, Chile y Colombia), Colombia se ubica en el tercer lugar en mayor nivel de desconfianza en los partidos políticos, superado por Argentina y Chile respectivamente.

En gran medida la desconfianza creciente en los partidos políticos es producto de las limitaciones de la democracia liberal en los tiempos que vivimos, dado que ha sido incapaz de gestionar las profundas grietas abiertas en los últimos 30 años producto del neoliberalismo rampante. La tensión existente entre democracia y capitalismo en la última década se decantó por el último, de ahí en gran medida la emergencia de figuras y regímenes autoritarios. No obstante, la otra cara de la moneda también ha empezado a reclamar su lugar, especialmente a partir de la crisis socioeconómica profundizada por el COVID-19, la cual dejó al desnudo también a los autoritarios al momento de gestionar la bancarrota en la cual nos tiene el neoliberalismo.

La otra cara de la moneda ha sido aquella democracia que trasciende la liberal, es decir, que no se limita con la representatividad y hunde sus raíces en la participación y la deliberación. En Colombia, gracias a la firma del Acuerdo Final de Paz, la movilización ciudadana, protagonizada especialmente por las juventudes y las mujeres, ha podido apreciarse recientemente a todo color, también con sus luces y sombras, afirmando que la democracia no se agota en las urnas, y por consiguiente, en los partidos políticos.

Son estos tiempos, que podemos sintetizar como la incapacidad de la democracia liberal de gestionar la bancarrota neoliberal, los que demarcan las coordenadas a seguir al momento de estructurar un partido político, que no es otra cosa que un instrumento para lograr las transformaciones que se requieren para una vida digna, pero no solamente ya en clave de resultado, sino también de proceso. Dicho de otra manera, los partidos políticos anclados a la democracia liberal, es decir, a la representatividad, están a llamados a desaparecer, y en el caso de la izquierda, de continuar por esta senda, se ubican cada vez más del lado contrario de la historia.

El partido político de los nuevos tiempos es el partido-movimiento, aquel que no se reclama vanguardia, sino retaguardia estrategica para acompañar a las ciudadanias agotadas de las aborrecibles promesas de campaña; aquel que lucha por profundizar la democracia deliberativa y participativa tanto en la plaza pública como en su seno; aquel que no alimenta su retórica con las necesidades del pueblo sino que hace de estas su plan de acción para superarlas; aquel que tiene un pie en el Congreso de la República y otro en los barrios y veredas y sabe actuar en ambos escenarios con igual pericia; aquel que reconoce en la diversidad una riqueza inconmensurable; aquel que se opone a la inercia y dedica tiempo al estudio y la planeación; aquel que entiende que las reformas y el encadenamiento de estas son el punto de partida y no el punto de llegada; aquel que se funde en el pueblo y acompasa los tiempos políticos a los sociales.

Se aproximan unas nuevas elecciones. Pronto sabremos si el boom de nuevos partidos políticos y no tan nuevos trae consigo la adopción de nuevas formas de hacer política o no son más que empresas electorales.

@Pablo_TorresH

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