Victoria y despedida zen-Yo también estuve allí….

Apartes de una despedida.
*El retiro es definitivo, y no esperen un regreso mío. Esta vez, seguro, no va a suceder.
De vez en cuando regresaré para subir fotos como cualquier mortal en vacaciones, pero la lucha política termina aquí para mi*.
Por: FELIPE A. PRIAST
Ayer fue un día único. Y, sin embargo, un día más para el hombre Zen. Me acordé de una historia de un soldado que alguna vez leí -o quizá tan solo imaginé- quién se despertó la madrugada del 11 de Noviembre de 1918, el día del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, sin saber que la guerra terminaría ese día. Después de 4 años de batallas salvajes y carnicería desbocada, el oficial a cargo de su compañía le informa que, ese día, a las 11:00 AM, se firma el armisticio que pone fin a la guerra.
Este soldado había vivido las peores batallas de ese conflicto. Se había batido en Ypres en 1914 y 1915, en el Somme en 1916; en Passchandaele en 1917 y en la Ofensiva de los 100 días en 1918, y por milagro del destino, había sobrevivido. Lo había visto todo, lo había sufrido todo, y con excepción de uno de sus compañeros, había perdido a todos sus amigos en el conflicto.
Con paciencia, el soldado miró su reloj hasta que las manecillas marcaron las 11:00 AM, y al estallar el júbilo de la tropa en la trinchera que él ocupaba, cerró los ojos dejando escapar unas lágrimas, y haciendo un gesto simbólico, dejó su fusil en una esquina de su búnker y lo miró por última vez.
Luego, saco un viejo cuadernillo que no había sido tocado en 4 años y medio, y lo abrió en el punto exacto en donde se encontraba la última entrada: Agosto 3 de 1914, el día en el que había empezado la guerra. Junto a esa fecha había un poema inacabado titulado “Aurora”. El soldado se limpió las lágrimas, sacó una pluma de uno de los bolsillos de su sucio uniforme, e hizo una anotación junto a la nueva fecha, noviembre 11 de 1918: “Aurora (continuación)”. El soldado había sido un poeta en la vida civil, y esos 4 años y medio de guerra solo habían sido un receso forzado en su ocupación. Una vez terminada esta, él volvía a ser un poeta. Un ejemplo clásico de una postura zen para todas las cosas de la vida.
Algo similar me sucedió ayer, aunque mi carácter latino me impidió mantener la sobriedad “zen” del soldado de mi historia.
La victoria de Petro me cogió con mi mujer comprando almuerzo Thai mientras oía por radio los boletines de actualización de los resultados en Caracol. Al llegar el conteo al 80% de las mesas, ya supe que habíamos ganado. Con algo de emoción deje escapar un lágrima, que escondí detrás de las gafas oscuras que llevaba porque yo todavía soy de esos que no son de llorar mucho, y menos en frente de mujeres y niños.
Sí, fue como haberse ganado el Mundial de Fútbol, exactamente igual. Todo ese dolor represado tras tantos años de crímenes e injusticias fue liberado ayer en escenas de júbilo que yo jamás había visto en Colombia derivadas de la política. Recuerdo el éxtasis que causó el 0-5 contra Argentina en 1993, y el pandemonium de felicidad (y muerte) que aquello causó. Pero la política nunca había producido este tipo de reacciones. Vi vídeos con gaitas y tambores en Barranquilla, picós a todo volumen en Cartagena, papayeras en Sincelejo, Indios amazónicos celebrando en una barcaza sobre el río, afros enloquecidos de felicidad en las calles de Quibdó, y una multitud extasiada en las principales ciudades del país. Y mucho alcohol, de todas las clases, corriendo a cántaros.
Y, sin embargo, para mi ha sido uno de los días más cortos de mi vida.
Tan pronto acabé de almorzar, me entró un profundo sueño, y después de leer las noticias aquí y allá, y después de escuchar el discurso de Petro, en donde le pegó su rejazo al fiscal y a los americanos -¡bien hecho, carajo-, caí muerto de cansancio en mi cama a las 7:30 PM, y a las 8:00 PM hora local ya estaba dormido. Supongo que mi cuerpo también liberó con ese profundo sueño una gran cantida de tensión acumulada durante años, después de haber visto tanta mierda en estos últimos 4 años, pero fue un sueño largo y feliz, de esos que solo vienen después de haber cumplido una labor importante.
Me emocionaron y me conmovieron muchos mensajes de mucha gente que se acercó a compartir conmigo su felicidad, o a expresarme su agradecimiento, pero pronto me di cuenta que no había mucho tampoco de que sentirse tan orgulloso.
Uno de los mensajes que recibí fue el de una lectora que había perdido a su padre a manos de los paramilitares durante los años del conflicto (su padre fue durante años un activista social en Córdoba) que quería darme las gracias por los comentarios y columnas que yo había hecho todos estos años a favor de la causa de Petro y de la paz. Ahí me di cuenta que lo que yo he hecho tampoco era mucho. A lo largo de todos estos años hubo gente en Colombia que entregó su vida para que este cambio fuera posible, ¿quién soy yo, o qué he entregado yo para que este cambio haya sido posible? ¿Unas líneas diarias en una aplicación social? ¿Qué es eso comparado con la vida?
Los verdaderos héroes, como en todas las guerras, no son los que sobreviven, son los quedan tendidos en el campo de batalla. Ellos son los que hacen posible los cambios, los que pagan el último precio. Gustavo Petro es presidente, no porque haya bloguistas de redes como yo. Gustavo Petro es presidente porque decenas de miles de colombianos dieron su vida para que esta victoria fuera posible. Esta victoria, más que de los vivos, es de los muertos, de los miles de líderes sociales asesinados, de los cientos de maestros ultimados: de las decenas de líderes políticos acribillados y los miles de militantes de partidos como la UP y la Colombia Humana que perdieron la vida en estos últimos 20 años.
Esta victoria es de los cientos de periodistas, activistas y hombres de paz que lucharon y dieron su vida por una Colombia mejor. Y si bien yo le deseo lo mejor a Petro en su administración, me temó que sus problemas apenas empiezan. Lo que se le viene es teso, porque cada cosa que diga, cada acto suyo, será observado con una lupa ultrasónica.
Pero ya para esas nuevas batallas tendrán que venir nuevas tropas, porque para nosotros, los soldados veteranos de redes, la lucha terminó.
Si fue verdad que yo hice algo por esta causa, ya yo les di 7 innings y he dejado la pizarra 3 carreras a cero. Que entre el pitcher relevista y cierre la faena, que ya yo tengo el brazo cansado, ya he ponchado a varios.
En el argot militar lo que me sucede a mi se conoce como “battle fatigue”, fatiga de batalla.
Llega un punto en donde ya no se puede escuchar un cañonazo más, en donde ya no se puede disparar un cartucho más. Me siento como Charlie Sheen después de aquella ultima batalla en “Platoon” (1986), la película de Oliver Stone. Me subo al helicóptero herido y con el uniforme despedazado, después de haber conseguido una victoria extraña. Porque, es cierto que hemos ganado, pero todavía no hemos ganado-ganado. Todavía falta, todavía queda mucho trecho que recorrer, pero para las subsiguientes batallas tendrán que venir otros, ya yo me fundí, es la realidad.
Y al igual que el soldado de mi historia del principio, yo también he perdido bastante.
Prácticamente, me quede sin familia y sin amigos.
Pero, si bien he perdido mucho, también he ganado mucho. La Colombia que he descubierto después de todos estos años en redes ha sido un nuevo universo para mi en donde he encontrado gente increíble y valiosa, la gente que verdaderamente sostiene al país con su entusiasmo y su lucha. Este descubrimiento, haber encontrado a tanta gente buena y valiosa, es lo que me ha permitido soportar la pérdida del mundo que perdí. Soy como un explorador que abandona un viejo mundo para descubrir uno nuevo. Con el tiempo, tu hogar se vuelve el nuevo mundo, no el viejo. Acabo de terminar mi travesía por ese parte del mapa que dice “Hic sunt dracones” y he arrivado a “Vinland”. Los habitantes de esta nueva tierra son dulces y amigables, ya no tengo la necesidad de regresar a la vieja.
El país cambió, y yo también cambié en estos últimos 10 años. Aquí si es cierto eso de que lo importante no fue el objetivo, sino la travesía. Y esta ha sido la travesía más importante de mi vida, la travesía de la cual me sentiré más orgulloso cuando en el hogar geriátrico me cague en los pantalones y la enfermera me regañe porque no me comí la ensalada de remolacha. Espero que para entonces ya Colombia sea otra, y yo pueda decir con orgullo, en medio de mi demencia y mis permanentes tormentos, “yo hice parte de ese cambio”.
Para los que participamos activamente de este cambio, este viaje tendrá visos shakespereanos. Los que estuvimos allí podremos decir en un futuro “yo fui de los que ayudó a que se diera el cambio, yo estuve allí”.
El retiro es definitivo, y no esperen un regreso mío. Esta vez, seguro, no va a suceder.
De vez en cuando regresaré para subir fotos como cualquier mortal en vacaciones, pero la lucha política termina aquí para mi.
Un abrazo fraternal a todos los que me siguieron hasta hoy, y muchas gracias por su fidelidad y acompañamiento. Me hizo muy feliz que les gustara lo que yo escribo. Soy un escritor agradecido, pues mis peroratas gustan, ¿qué más le puedo pedir a la vida como escritor?
Que nadie diga por aquí, o por ningún lado, que “Priast era un ladrillo”. Escribiré mal, pero ladrillo no soy, ¿si o qué mis ganadores petristas?
Vincit omnia veritas…
Felipe A. Priast
Junio 20 del 2022
Switch off…

Comentarios

Comentarios