Por: Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente ASOINAGRO
Mientras el mundo observa con cautela la propuesta de Donald Trump e Israel para que Irán libere el estrecho de Ormuz, lo que realmente está en juego no es solo el tránsito marítimo. De manera tácita, también está en riesgo la seguridad alimentaria global. En términos agrícolas, estamos frente a uno de los mayores riesgos sistémicos de los últimos años.
El estrecho de Ormuz no es un simple paso marítimo. Es, en la práctica, una arteria crítica del sistema agroalimentario mundial. Por allí no solo transita cerca del 20 % del petróleo global, sino también entre el 20 % y el 30 % de los fertilizantes del mundo, incluidos insumos estratégicos como la urea y el azufre.
Cuando esa arteria se bloquea, el agro entra en estado de shock.
Hoy, las negociaciones avanzan con dificultad. Aunque se habla de “progreso” y de pausas tácticas en las operaciones militares, el bloqueo persiste y la amenaza de un escalamiento sigue latente. La pregunta clave es: ¿qué pasa si no hay acuerdo?
El primer golpe silencioso lo reciben los fertilizantes. Esto no se siente de inmediato en los supermercados, sino en los suelos. El encarecimiento del petróleo dispara los costos de producción de fertilizantes nitrogenados y, al mismo tiempo, la interrupción logística reduce su disponibilidad física. En este momento, agricultores de varias regiones del mundo están sembrando con menos insumos.
Para el agro de Nariño, este no es un tema lejano. Dependemos en gran medida de fertilizantes importados. Un aumento sostenido en los precios o una escasez prolongada implica reducir las dosis recomendadas de fertilización, disminuir los rendimientos, acelerar la degradación progresiva del suelo y perder competitividad. En otras palabras: producir más caro y cosechar menos.
Hoy, afortunadamente, no faltan los alimentos. Pero permanece una incertidumbre de fondo: ¿qué pasará mañana con su disponibilidad?
La FAO ha sido clara: no estamos ante una escasez inmediata de alimentos, pero sí ante una crisis en formación.
Técnicamente, lo que hoy no se fertiliza, mañana no se cosecha. Si el bloqueo de Ormuz se prolonga, los efectos se trasladarán directamente a la oferta global de alimentos.
Esto podría traducirse en el aumento de los precios de los productos de la canasta familiar, una mayor volatilidad en los mercados agrícolas, riesgos de inflación alimentaria en países importadores y nuevas presiones para economías como la colombiana. Aunque Colombia produce muchos alimentos, no es ajena a estas dinámicas globales.
El agro moderno depende profundamente de la energía: desde el diésel del tractor hasta el transporte de los alimentos. Por eso, el cierre parcial de Ormuz ya está generando un “infarto económico” que podemos palpar de primera mano en el aumento del costo del transporte rural y en el incremento de los precios de los insumos agrícolas.
Para Nariño, desde una mirada agronómica, esta crisis deja tres lecciones claras: seguimos atados a los fertilizantes importados; tenemos una baja resiliencia productiva, resultado de la poca diversificación agrícola; y mantenemos una alta dependencia de paquetes tecnológicos externos.
Necesitamos, con urgencia, avanzar hacia una agricultura regenerativa, fortalecer la producción técnica de bioinsumos y mejorar la eficiencia en la fertilización.
Aunque geográficamente estamos muy lejos de Ormuz, los efectos de este conflicto pueden sentirse en cada hectárea sembrada del departamento.
Si las negociaciones fracasan, quizás no veremos una crisis inmediata en las plazas de mercado. Pero sí podríamos enfrentar un deterioro progresivo del sistema productivo. Y, como suele ocurrir en el agro, cuando el problema se hace visible, ya es tarde para reaccionar.
El verdadero debate no es solo geopolítico: también es productivo. Porque en el campo, la seguridad alimentaria no depende de discursos, sino de insumos, suelos sanos y decisiones oportunas.




