Por: Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO
Durante décadas, el éxito del agro colombiano se midió principalmente por la capacidad de producir más toneladas, más litros o más hectáreas sembradas. Sin embargo, el reciente foro sobre el campo colombiano, organizado por la revista Semana, dejó un mensaje contundente: el futuro del sector agropecuario no depende únicamente de producir, sino de hacerlo con valor agregado, sostenibilidad, tecnología y visión empresarial.
El mundo cambió, y el agro colombiano también debe hacerlo. Hoy, el consumidor no solo compra alimentos; exige calidad, inocuidad, sostenibilidad ambiental, trazabilidad, bienestar animal y responsabilidad social.
Los mercados internacionales ya no premian únicamente el volumen, sino la diferenciación. En otras palabras, el productor que no evolucione corre el riesgo de quedarse por fuera de los mercados más rentables.
Durante el foro, según me comentan, quedó claro que Colombia posee enormes ventajas: disponibilidad de agua, diversidad climática, suelos productivos y una ubicación estratégica para exportar. Pero esas ventajas naturales, por sí solas, ya no son suficientes. El verdadero desafío consiste en transformar el campo en una plataforma moderna de negocios rurales.
La nueva etapa del agro colombiano debe apuntar, en primer lugar, a la agroindustria. Vender materia prima genera poco valor y deja la mayor rentabilidad en manos de intermediarios o de industrias colombianas y extranjeras.
El reto está en transformar el café en cafés especiales; el cacao, en chocolates premium; la leche, en derivados de alto valor; y las frutas, en pulpas y productos procesados. Allí está la verdadera generación de riqueza y empleo rural.
En departamentos como Nariño, este desafío es enorme, pero también representa una gran oportunidad. El territorio posee productos diferenciados, pisos térmicos diversos y reconocimiento en cultivos como café, papa, cacao, leche, frutas y hortalizas. Sin embargo, buena parte de la producción sigue vendiéndose sin transformación, con bajos márgenes de rentabilidad y alta vulnerabilidad frente a los intermediarios.
Otro punto central es la tecnología. La agricultura moderna ya no puede depender únicamente de la experiencia tradicional. El uso de agricultura de precisión, monitoreo satelital, análisis de datos, riego tecnificado, biotecnología y herramientas digitales será determinante para mejorar la productividad y reducir costos. El productor que incorpore innovación tendrá mayores posibilidades de competir.
El foro también destacó la necesidad de fortalecer la asociatividad. El pequeño productor aislado difícilmente puede acceder a mercados internacionales, certificaciones o tecnologías costosas. En cambio, las asociaciones, cooperativas y alianzas productivas permiten negociar mejor, reducir costos y generar economías de escala.
Pero quizá el mensaje más importante es que el agro debe dejar de verse únicamente como un sector de subsistencia y empezar a asumirse como una verdadera empresa.
El productor rural del futuro necesitará conocimientos financieros, comerciales y administrativos, además del conocimiento técnico agrícola. Ya no basta con sembrar bien: hay que saber vender, transformar, innovar y posicionar productos.
Esto sería posible si contáramos con procesos de extensión agropecuaria, o asistencia técnica, pertinentes y de calidad. Desafortunadamente, desde hace tres gobiernos, la extensión agropecuaria con las EPSEA ha sido un fracaso total.
También será fundamental avanzar hacia una producción sostenible. El cambio climático está golpeando duramente al sector agropecuario con sequías, lluvias extremas y la aparición de nuevas plagas y enfermedades.
La agricultura regenerativa, la conservación del agua, el manejo responsable de los suelos y la reducción de emisiones dejarán de ser simples discursos ambientales para convertirse en requisitos económicos y comerciales.
En este nuevo escenario, el campo colombiano debe apuntar a cinco grandes objetivos: productividad, transformación agroindustrial, sostenibilidad, innovación tecnológica y acceso a mercados especializados.
Ese será el camino para que el agro deje de ser visto como un sector rezagado y se convierta en uno de los grandes motores económicos del país. El reto es inmenso, pero también lo es la oportunidad.
Colombia tiene todo para convertirse en una potencia agroalimentaria. La pregunta ya no es si podemos producir más, sino si somos capaces de producir mejor, transformar más y competir inteligentemente en el mercado global.
El futuro del agro colombiano no estará únicamente en la finca. Estará también en la innovación, en la industria, en el conocimiento y en la capacidad de darle valor a lo que el campo produce.




