Luthiers nariñenses

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Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)
Hace un tiempo, largo ya, escribía sobre lo bonito que sería para Pasto y Nariño celebrar en nuestra región un encuentro internacional de Luthiers. La tradición nariñense en elaboración de instrumentos musicales de madera, es extensa y variada, y la visibilidad de un evento que congregue hacedores de instrumentos enriquecería dicha tradición y permitiría descubrir muchísimos aspectos inéditos relacionados.
La luthería se ha asociado principalmente a los instrumentos de cuerda, sobre todo violines y guitarras; pero hay una variante y es la que se refiere a quien fabrica, repara y vende instrumentos musicales. Claro, al comienzo se refería a los de cuerda, pero el paso del tiempo ha hecho que se asocie a todo tipo de instrumentos, incluyendo los de percusión y de viento. La luthería es, sin duda, un arte, al que le debemos mucho. ¿Qué sería de nuestra tradición musical sin sus fabricantes?
Que se sepa el primer luthier en Nariño fue un organista, Francisco Santacruz, a quien a finales del siglo XIX ya le encargaban órganos y armonios en diferentes iglesias de la región. Según cuentan era de formación autodidacta, a quien lo guiaba el entusiasmo y el oído, pero que también aprendió mucho del sacerdote alemán Bernard Wienand. En aquel tiempo la mayoría de órganos eran importados, por lo que la gente con talento para la luthería eran también mecánicos y ebanistas.
El padre Wienand vivió muchos años en Túquerres y posiblemente su influencia llegó a otros luthiers como Miguel Muñoz, de quien se dice que los tubos de los órganos de las iglesias de Ancuya, Gualmatán, Imués, Pupiales y Sandoná eran obra suya. No es de extrañar, pues la importación de grandes órganos desde Suiza y Francia implicaba larguísimos trayectos en barco, lancha y mula, y los tubos no solían llegar intactos, afectando considerablemente el flujo de aire y la tonalidad.
Dos músicos austríacos llegaron a Túquerres por Barbacoas en aquellos viajes en lancha, los hermanos Fridolin y Conrado Hämmerle Kremmel. El primero puso un taller de ebanistería y estaba emparentado con Víctor Muriel, quien se dedicaría a su lado a fabricar violines. Y como su talento iba más allá, y le gustaba la forja de metales, unió ambas destrezas y fabricó también saxos sopranos y clarinetes.
Pero pasó el tiempo y estos trabajos tan específicos y artesanales no salieron de la región. Era complicado vivir de ello a menos que se tuviera un gran taller con empleados y aprendices. Las orquestas demandaban mucho y los luthiers ofrecían calidad, pero no cantidad. Pasto centralizó el comercio, tras Túquerres, y los instrumentos para bandas y orquestas fueron entonces, casi todos, importados.
La música popular fue variando y los ecos de lo que sucedía en el mundo llevaron a despertar el gusto por la guitarra. Nariño descubrió que había en su seno un talento innato para tocarla, y a las rondallas y tunas tan propias de las comunidades religiosas, le siguieron las rondas u orquestas típicas, con una clara influencia de formato por parte del tango, pero con una instrumentación más centrada en las cuerdas de violines y guitarras. La Ronda Lírica fue la más conocida.
Y entonces apareció el bolero. La música romántica por excelencia de mediados de siglo XX tuvo un impacto descomunal en Pasto e Ipiales. La radio había conseguido proyectar las grandes voces de Pedro Vargas o Toña La Negra desde tiempo atrás, pero el cine determinó el entusiasmo del público, y la demanda provocó que la compra de discos y tocadiscos se disparara. Dichos objetos se conseguían hasta ese momento en cacharrerías, pero surgieron las tiendas especializadas.
En los años 50 la tienda que creció más exponencialmente fue el Almacén Chaves, fundado por don Ramiro Chaves y ubicado en la Calle Real (carrera 25). Chaves tenía dos tiendas frente a frente entre las calles 17 y la 18. Pero no sólo vivía de la música. Aparte de instrumentos, discos y radiolas, vendía también utensilios escolares, trofeos deportivos y juegos de salón; y además hacía llaves.
Una década más tarde don Miguel Ángel Arturo puso un simpático local cerca de Santiago: Almacén La Guinda “Su casa musical”. Y al igual que Chaves, amplió su gama comercial, vendiendo libros, revistas, cancioneros y partituras. Durante un tiempo don Arturo tuvo una sucursal en la calle 19 frente a la Gobernación, pero no duró lo suficiente.
En esos almacenes se ofrecían los instrumentos Made In Nariño, cuya técnica fue enseñada por luthiers ecuatorianos y fomentada por sacerdotes maristas y jesuitas. Ecuador tenía una gran tradición en elaboración de guitarras acústicas de tipo español, especialmente en San Bartolomé, Cuenca. Las familias Uyaguari, Chiliquinga, Benalcázar y otras crearon escuela y fomentaron el manejo del cedro y la caoba, maderas esenciales para mástiles, tapas, aros y fondos. “Mijitas, verán, el secreto está en la madera, hay que aprender a seleccionarla”, decía el maestro Olivo Chiliquinga.
Pero mientras estaban abocados a la fabricación de guitarras, los luthiers nariñenses, vieron como otra transformación musical señalaba su futuro: el aporte de Nariño al formato de trío de boleros y ese fue, ni más ni menos. lo que Alfredo Gil le aportó al trío Los Panchos: el requinto, un instrumento de cuerdas, variante de la guitarra y construido por el luthier español Vicente Tatay, quien modificó un tiple de doce cuerdas y lo dejó con seis cuerdas. De esta manera el cuerpo del instrumento era más pequeño en longitud, pero más ancho en su caja. Su afinación, eso sí, fue similar a la de una guitarra española con cejilla o capodastro en el quinto traste.
Y aunque en Cundinamarca, Boyacá y Santander existía un tipo de requinto colombiano de doce cuerdas para tocar torbellinos, Nariño asumió como propio el requinto al estilo de Alfredo Gil, por una cuestión fronteriza. Resulta que ese requinto del trío mexicano y el requinto ecuatoriano tienen el mismo origen. Se cuenta que hacia 1952 un requinto construido por Vicente Tatay llegó a Ecuador en manos del músico quiteño Guillermo Rodríguez, quien lo haría popular allende la frontera, o sea, en Ipiales, ciudad hoy conocida por su Festival Ipiales Cuna de Grandes Tríos, patrimonio cultural de la nación desde 2018.
Hubo más, pues uno de los músicos que tuvo más fama en Nariño en ese tiempo (y la sigue teniendo) fue Julio Jaramillo. Y Jaramillo desde que grabara su éxito “Nuestro Juramento”, usaba el requinto como fuente de color tonal. Eso fue obra del requintista Rosalino Quintero, director artístico del sello Ónix, quien decía: “El requinto tiene dos tonos y medio más altos que la guitarra. Por eso el sonido es más agudo y suena distinto a la guitarra, que es grave”. Todo ello fue una especie de justificación para la tarea de los luthiers nariñenses.
En fin, que la tradición continuó en la región para abastecer a las dos ciudades, Pasto e Ipiales. Y así nacieron luthiers brillantes como Tarcisio Lasso, natural de Potosí y especializado en tiples, bandolas y requintos. O José Luis España, especializado en Paris y dedicado a fabricar cítaras, laúdes, violines, contrabajos, guitarras barrocas y violas de gamba. España es un luthier muy especializado y de una reputación a todo honor. Hoy sus instrumentos de cuerda son pedidos por ensambles y grupos sinfónicos de todo el mundo, en especial de la Europa del Este.
Lo interesante de ambos es su lado investigativo. El de luthier es un oficio, por lo general heredado de familia y desarrollado a partir de cursos que van desde la ebanistería hasta la metalurgia, aunque siempre con un conocimiento musical de fondo. Hay entre los luthiers, ingenieros acústicos, expertos carpinteros, artesanos, físicos y, por supuesto, músicos. Incluso han provenido de mundos que nada que ver. El luthier por excelencia, del famoso grupo de música y humor Les Luthiers, fue Carlos Iraldi, que era psicoanalista. Pero todos, absolutamente todos, han investigado sobre los disciplinas que nutren su oficio.
Y eso me lleva a dos personajes singulares. El primero es Alfonso Rueda, músico, quien dejó la interpretación para dedicarse a la elaboración. Su especialidad son los cuatro llaneros y los charangos, los cuales se hacían con caparazón de armadillo hasta que fue declarado en peligro de extinción. Pero Rueda va más allá y hace guitarras eléctricas, donde también hay una tradición en los Andes. En Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, las variantes de la cumbia como la chicha, o del rock como la psicodelia hicieron los luthiers inventaran cosas increíbles como la guitarra Fender de doce cuerdas que usaba Enrique Delgado, de Los Destellos, y hecha por don Orestes Falcón. De todo eso ha aprendido Rueda.
El segundo es Javier Arce, miembro de una familia dedicada a hacer güíros, claves, chéqueres, bongoes y congas en su pequeño taller de la Avenida Colombia. El y sus hermanos son herederos de la tradición que formó don José María Arce, gran fabricante y eterno buscador de la mejor madera posible en Nariño y Putumayo. Hoy sus instrumentos de percusión son la materia prima de otras empresas que los comercializan en Estados Unidos y el Caribe. De los talleres de Arce a El Piernas en Cali, y de Cali a los Music Instruments Stores de Nueva York.
Por eso insisto en la necesidad de hacer un encuentro, al estilo de las Jornadas de Luthería, Organología y Música que organiza la Casa Taller MLO en Santiago de Chile. La fabricación de instrumentos de percusión podría atraer a grandes firmas como Latin Percussion, DW, Evans, Meinl, Moperc, Remo, Sonoc o Toca, lo que a su vez permitiría crear talleres internaciones y clinics con cátedras de especialistas. Y además, conferencias sobre cómo llevar un oficio y potenciarlo económicamente a cargo de gente experimentada y triunfadora como Martin Cohen. No hay una ciudad más adecuada que Pasto arepas eso, porque reúne artesanía y música a partes iguales. Pero es indudable que hace falta voluntad y de eso nunca ha habido, al menos a nivel gubernamental.

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