Por Tirso Benavides Benavides
Confieso que llegué a Esta cuerpa mía con la guardia en alto, y la razón es del título. Ese giro morfológico —cuerpa por cuerpo— no mejora en nada la realidad de la comunidad LGBTIQ+, y en un acto de obstinación erosiona, en cambio, la precisión de un idioma que ya sabía nombrar la disidencia sin necesidad de operarse la gramática. Es el primer indicio de una obra que, antes incluso de la primera frase, ya prefiere la etiqueta política a la sutileza literaria. No es purismo lo que me incomoda, sino la sospecha de que el lenguaje inclusivo funciona aquí más como consigna de portada que como hallazgo estilístico, un gesto que promete ruptura y apenas entrega cosmética.
El autor, Uri Bleier se presenta con una frase que ya es declaración de principios: “Nací chilango, judío y joto. Ambas tres, a mucha honra.” Estudió Negocios Internacionales, hizo una maestría en administración, y tras años dedicados a las artes visuales, llegó a la narrativa participando en varios talleres literarios.
Esta cuerpa mía (Alfaguara, 2024) es su ópera prima, fruto de años de trabajo que el propio autor describe como un ejercicio de escucha. “Quería dialogar con genealogías que me formaron —Lemebel, Luis Zapata, Copi, Manuel Puig, Camila Sosa Villada— y evitar el melodrama fácil sobre las vidas trans y las trabajadoras sexuales.”, dice el mexicano.
La intención es noble, pero desde las primeras páginas es inevitable pensar en Pedro Lemebel, y no como eco lejano sino como una sombra que se pisa los talones. La oralidad callejera, el barroquismo travestido de crónica, ese vaivén entre la ternura y el exabrupto, todo remite al autor chileno, con una fidelidad que a ratos corre el riesgo de dejar de ser influencia para volverse calco.
Cuando un autor cita tan abiertamente a sus maestros, el lector tiene derecho a preguntarse si escucha una voz nueva o un homenaje demasiado prolijo.
El problema es más de fondo. Este libro no dialoga con la tradición queer en español, la compendia entera, como si Bleier quisiera dejar constancia de haberla leído toda. Se lee como Las malas de Camila Sosa Villada o como La mala costumbre de Alana S. Portero, pero con acento mexicano; y en el tramo final, cuando la protagonista regresa a la calle que la formó, es casi un remake de El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, esa novela hito de los años 70 en la escena editorial azteca. Bleier no esconde sus fuentes: las exhibe con la generosidad de quien arma un altar. El riesgo es que el altar termine pareciendo inventario.
La historia sigue a Leonardo, que llega a Tijuana con estética andrógina tras ser engañado por una red de tratantes, y que bajo el ala de Rosy, una experimentada y ambiciosa mujer trans, una madre adoptiva del oficio, se convierte en Mónica. De la seguridad relativa de hoteles y posadas pasa a la hostilidad de la calle y de la Jungla, el rincón más sórdido de la ciudad, adicta a las drogas que también vende para un narco menor, hasta que consigue —maltrecha, pero de pie— volver a casa.
El problema no es la crudeza sino la acumulación. Es cierto que la vida de quienes deciden ser distintos, y más en cuestiones de género, suele ser difícil; pero a Mónica le pasa todo. Es trabajadora sexual, es adicta, es peluquera y esteticista, es activista, es víctima de agresiones de toda índole, es diva, es salvadora, es proveedora, es protectora y también, cuando la trama lo exige, completamente indefensa. Su vida no es una biografía, es una suma de clichés que se turnan la escena. Y ahí surge la pregunta que sostiene esta reseña: ¿se trata de una vida exageradamente trágica, o del deseo del autor de que su novela encaje, sin que le falte una sola pieza, en el rompecabezas que se ha ido consolidando como molde de la literatura llamada queer?
La prosa, hay que decirlo, es fluida, se avanza rápido, con esa oralidad que Bleier trabajó con juicio. Pero la velocidad también delata; se lee rápido en parte porque lo que viene en las páginas siguientes es predecible, porque el molde ya lo conocemos de tanto haberlo visto en otros libros, y porque imitar bien una voz ajena sigue siendo no tener una propia del todo.
Nada de esto niega el mérito de asomarse a un mundo estigmatizado con voluntad de dignidad y no de morbo, ese propósito es legítimo y hasta necesario. Pero entre la buena intención y la buena literatura media un trecho, y Esta cuerpa mía lo recorre a medias, tiene el gesto, tiene la voz prestada, tiene todos los ingredientes que el género exige desde hace décadas, pero le falta encontrar una cuerpa —o un cuerpo— que no venga ya troquelada por el molde de sus maestros.




