Retorno 201, la génesis literaria de Arriaga

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Por Tirso Benavides Benavides

Toda obra tiene un génesis, un primer capítulo que casi nunca se lee en orden porque llega después, cuando ya se conoce el final. Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) tiene el suyo, y durante casi cuatro décadas permaneció ahí, quieto, esperando su turno. Antes de ser el novelista que ganó el Premio Alfaguara 2020 con Salvar el fuego, antes de firmar los guiones de Amores perros, 21 gramos y Babel, Arriaga escribió un puñado de cuentos que quedaron guardados durante años. Ese origen se llama Retorno 201, y Alfaguara lo reeditó con un relato inédito que corona —y resume— todo lo que el mexicano ha buscado escribir.

Arriaga se ha ganado un lugar en la literatura latinoamericana por sus novelas extensas, esas que atrapan al lector durante cientos de páginas con una prosa que no da tregua: Un dulce olor a muerte, El salvaje, Escuadrón Guillotina, la ya mencionada Salvar el fuego. Novelas largas, de aliento sostenido, que exigen al lector instalarse en ellas como quien se muda de casa. Por eso sorprende, aunque a la vez no sorprende, encontrarse con que su primer libro fuera de cuentos. Ahí, en el formato breve, en el relato que no tiene margen para el desperdicio, ya estaba concebida su literatura entera: historias fragmentadas que dialogan entre sí, que se completan unas a otras, que funcionan como piezas sueltas de un mismo mapa.

Retorno 201 no es un libro menor ni un ejercicio de juventud. Es el plano arquitectónico de todo lo que vino después.

Esta edición reúne dieciséis relatos escritos en su mayoría entre 1981 y 1986, cuando Arriaga tenía apenas veintitantos años, más el cuento recuperado “Trilogía” —que el autor creía perdido— y el inédito “Tarde”, la pieza más reciente y también la más radical del volumen. En “Tarde”, Arriaga elimina los adjetivos, elimina los verbos, y construye toda la historia solo con sustantivos, con comas, y con los pronombres Él y Ella sosteniendo el relato de principio a fin. Es una apuesta que roza lo experimental, pero que no es un capricho formal, es la confirmación de algo que Arriaga ha dicho en distintas entrevistas, que cada historia trae dentro de sí una estructura propia, un lenguaje que le pertenece solo a ella, y que la tarea del escritor no es imponerle una forma al relato sino descubrir la que ya tiene escondida.

Esa idea —una estructura distinta para cada cuento— es la columna vertebral del libro y también su mayor lección para cualquiera que escriba. Arriaga no repite fórmula. En “Lilly”, el relato más perturbador de la colección, narra el abuso repetido de una joven con síndrome de Down por parte de sus propios primos, con una crudeza que no se permite el consuelo de la metáfora. En “La viuda Díaz” cambia por completo el registro y entrega una historia de amor y cuidado entre una mujer joven y un marido mucho mayor, enfermo, donde la ternura convive con el desgaste. En “El invicto” desnuda los códigos crueles del barrio, y en “Trilogía” pone en escena la violencia impune de tres policías sobre un hombre cuyo único error fue cruzarse en su camino. Cada cuento, un idioma distinto. Cada cuento, un pacto narrativo nuevo con el lector.

Y sin embargo, bajo esa variedad formal, hay una constante que atraviesa todo el libro: los temas que después harían de Arriaga uno de los narradores más reconocibles de México. La violencia como paisaje cotidiano, no como excepción. El amor entendido casi siempre como una forma de supervivencia. Los dilemas morales llevados al límite, sin salida fácil, sin redención barata. Personajes que ocultan lo que son porque decirlo los destruiría, y personajes que se niegan a ocultar nada aunque eso los destruya igual. Quien haya leído sus novelas reconocerá en estos cuentos de juventud el mismo pulso, la misma fiereza, el mismo instinto callejero. Arriaga no inventó un estilo nuevo con los años. Lo tenía desde el principio y solo tuvo que dejarlo madurar.

Todo esto ocurre, no por casualidad, en un barrio. Una Unidad Modelo, en el sur de la Ciudad de México, y específicamente esa calle larga y recta que le da título al libro, espacios que fueron el yacimiento del que Arriaga ha extraído material durante toda su carrera. Él mismo lo ha dicho: “ahí pasaban cosas” y cada una de esas cosas le dio una historia para contar.

Cualquiera que haya crecido en un barrio popular latinoamericano entiende de inmediato de qué habla Arriaga. En Colombia se llaman conjuntos, urbanizaciones, condominios y funcionan con la misma lógica de generación espontánea de relatos. La vida comunitaria, apretada, sin privacidad posible, donde todos terminan sabiendo el secreto de todos, produce historias sin que nadie las busque. El barrio no es un decorado en la obra de Arriaga. Es una materia prima narrativa que no deja de producir.

Vale la pena, en medio de tanta novela que compite por el prestigio literario, detenerse a reivindicar el cuento como lo que es: no un boceto de novela, no un género menor a la espera de ser desarrollado en algo “más serio”, sino una forma exigente que no perdona ni una palabra sobrante. Arriaga lo ha planteado con claridad, no cree que la novela esté por encima del cuento ni del cine, y sostiene que cualquier género merece la misma entrega. Retorno 201 es la demostración de esa convicción. Aquí no hay borrador de algo mayor. Hay un escritor completo, escribiendo lo mejor que podía escribir con las herramientas que tenía a los veinticinco años.

Leer este libro hoy, después de conocer al escritor consagrado, produce un efecto extraño y valioso: uno regresa al origen sabiendo ya el destino. Se lee Retorno 201 buscando las semillas de El salvaje, de Salvar el fuego, incluso de Amores perros, y las semillas están ahí, intactas, esperando décadas para ser reconocidas. Sergio Ramírez lo dijo mejor que nadie cuando presentó el libro en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: “en estas páginas está la génesis de toda la literatura de Arriaga”. No exagera. Retorno 201 no es una calle de la Ciudad de México. Es una dirección literaria, la de Guillermo Arriaga.

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