Por: Tirso Benavides Benavides
Hay una regla no escrita en todo circo: nadie llora cuando el payaso se cae. Es parte del número, el público lo espera, incluso lo pide. La caída, el tropiezo, el ridículo calculado, son el motor de la carcajada. Lo perturbador, algo que Luis Noriega parece haber intuido desde 2013 cuando publicó por primera vez esta novela, y que la reciente contienda en la urnas se encargó de confirmar con pirotecnia y bajeza incluidas, es que la política ha aprendido a operar con la misma lógica. También allí se espera la caída, también allí se aplaude el tropiezo del rival, también allí el ridículo es una estrategia y no un accidente. La diferencia es que, en el circo, cuando el payaso muere, el espectáculo termina, pero en la política y en esta novela el show apenas empieza.
Noriega subtitula la novela sin rodeos como lo que es: una farsa electoral en sesenta y nueve capítulos y un epílogo. No cabe duda posible ante una declaración tan directa. Y toda buena parodia retrata la realidad que finge inventar, y esta lo hace con una puntería que incomoda.
El país donde transcurre la historia que el autor define como corrupto e impotente no tiene nombre propio en la novela, pero cualquier lector colombiano reconocerá el paisaje sin necesidad de mapa. Un Estado de Opinión que soporta su legitimidad en una suerte de opinómetro, un encuestador continuo que mide en tiempo real el índice de alerta electoral y decide, según le convenga al Líder, si conviene o no convocar a las urnas. La democracia reducida a una encuesta.
La trama arranca cuando un grupo de periodistas, hastiados de la parálisis que impone ese aparato de medición, deciden lanzar como candidato presidencial a un payaso de restaurante, pregonero de almuerzos ejecutivos, al que apodan Cucaracho. Lo que empieza como una broma con vocación de titular altera las mediciones del opinómetro, hace saltar las alarmas y termina forzando la convocatoria a elecciones. Ahí es donde la novela revela su verdadero circo, porque Cucaracho apenas despeja la pista para que salgan los otros payasos, los de verdad, según el criterio implacable del autor: los delfines del propio partido del Líder, dispuestos a todo con tal de heredar el trono; los disidentes que juran representar el cambio mientras reciclan las mismas prácticas; un aspirante místico con aspiraciones de gurú iluminado; y una política pragmática de apellido con resonancias francesas, la más peligrosa de todos por ser, quizás, la única que sabe exactamente en qué número está actuando. Cualquier observador medianamente atento a la fauna política nacional reconocerá sin esfuerzo en qué figuras de la arena pública colombiana se inspiraron estos retratos.
Alrededor de esa arena circulan los demás personajes de la función: periodistas que informan menos de lo que persiguen sus propios intereses, militares que oscilan entre la lealtad y el cálculo, y esas fuerzas oscuras que en la novela —como en la vida— funcionan como manto retórico y cómodo con el que el poder cobija a los violentos de todo tipo, desde sicarios hasta paramilitares.
Todo se cuenta con un tono deliberadamente disparatado, que sin embargo no logra alejar al lector de la sensación incómoda de estar leyendo una crónica apenas disfrazada.
No sorprende, entonces, que Penguin Random House haya decidido reeditar el libro en 2026, casi quince años después de su primera edición, con un país que acaba de vivir una campaña presidencial que se pareció más a un show de circo que a un ejercicio democrático. La tercera edición de esta novela, cuyos protagonistas son un líder autoritario y un payaso de restaurante, llega en el momento preciso en que su vigencia deja de ser una curiosidad literaria para convertirse en un espejo incómodo.
Luis Noriega, caleño nacido en 1972 y radicado desde hace años en España, no es un recién llegado a estos juegos de espejos. Es, ante todo, un cuentista que confiesa haber necesitado tres novelas para ganarse el derecho de publicar un libro de cuentos, y ese libro, Razones para desconfiar de sus vecinos, le valió el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, uno de los reconocimientos más importantes que existen para el género en español. Antes de Donde mueren los payasos ya había ganado el Premio UPC de Ciencia Ficción con Iménez y quedado finalista del Premio Nacional de Novela con Mediocristán es un país tranquilo, un currículo que confirma algo que la propia novela demuestra de sobra: la capacidad de Noriega para mezclar géneros, tonos y registros sin perder el control narrativo, y el humor cínico como coraza contra la solemnidad.
Ese control se pone especialmente a prueba en los capítulos que constituyen, quizás, la apuesta más arriesgada del libro, aquellos en los que se narra la relación —tensa, cambiante y a ratos hilarante— entre el autor imaginado, inseguro y novato, y su editor, un tipo pragmático y chabacano obsesionado con las cifras de ventas. Ahí el libro deja de parodiar solamente la política para parodiar también el propio oficio de escribir. El editor exige más morbo en los primeros capítulos porque la infelicidad ajena vende, retoca el catálogo de personajes, condiciona giros de trama según el cálculo comercial, y el autor cede, capítulo tras capítulo, mientras su idea original se desmorona. Es una farsa editorial que corre en paralelo a la farsa electoral, y que deja claro que para Noriega el espectáculo no se limita a las urnas, también la literatura tiene su propia pista y sus propios payasos.
Decía Borges que la democracia es un abuso de la estadística. Noriega parece responderle, sesenta y nueve capítulos después, que también es un abuso de la escenografía. Al final, lo que queda de Donde mueren los payasos no es solamente la risa —abundante, ácida, bien calculada— sino una pregunta que persigue al lector después de cerrar el libro: si la política se ha convertido en circo, ¿quién queda entonces para hacer de público serio? En un país donde cada ciclo electoral parece competir por ser más estruendoso que el anterior, la respuesta de Noriega es tan incómoda como certera: en el circo de la política, el público también forma parte del número, aunque prefiera creerse espectador. Los payasos, al final, no mueren solos, mueren con nosotros aplaudiendo, mientras la carpa se desploma sobre nuestras cabezas.




