El balón también se lee: la trilogía futbolera de Juan Villoro

23 visitas

Compartir artículo en:

Por Tirso Benavides Benavides

Hay una cancha que no aparece en ningún torneo y que sin embargo lleva décadas llena, la de los libros que se han escrito sobre el fútbol. Ahí juegan cuentistas, cronistas, novelistas y algún futbolista reconvertido en prosista, y entre todos han demostrado que la pelota, además de rodar, se puede leer. En esa alineación, desde el área chica de la no ficción, pocos tan productivos como Juan Villoro, mexicano, hincha confeso y jugador clave de esa formación. Nunca calzó guayos de élite, pero convirtió cada domingo en un estadio o frente a un televisor en material recurrente para su literatura.

Tres libros forman su tridente ofensivo, alineados por orden de aparición: Dios es Redondo, Balón Dividido y, ya este año, Los Héroes Numerados, publicado a propósito del Mundial. Durante estas semanas, mientras medio planeta celebraba goles o se comía las uñas ante cada penal, yo seguí el torneo en resúmenes de quince minutos y jugué un largo amistoso con estas páginas que comento. Cada quien disfruta el fútbol a su manera.

Porque el fútbol, ya lo sabemos, hace rato dejó de caber en un estadio, por grande que sea. Es cultura de masas y es negocio, es a ratos una mafia con himno y escudo, y es también la excusa perfecta para que un desconocido abrace a otro cuando su equipo mete un gol que ninguno de los dos metió. Villoro entendió que ese desborde —el que empieza en el pasto y termina en la vida— era su verdadero terreno de juego.

Por eso, aunque el libro tiene memoria de cronista deportivo y revive jugadas que todavía duelen o alegran, nunca se conforma con narrar el marcador. Los tres volúmenes, leídos en fila, funcionan casi como una historia breve de los últimos mundiales, pero Villoro juega siempre un pase más allá.

Ahí aparecen, de cuerpo entero, los ídolos que todos creíamos conocer. Pelé con su corona intacta. Maradona, ese dios de barrio que combinó genialidad, exceso y locura. Ronaldo Nazário y los kilos que le arruinaron las rodillas. Ronaldinho, con esa sonrisa que parecía no enterarse de nada. Cristiano y su soberbia de mármol. Garrincha y sus piernas torcidas, que corrían mejor que las de cualquier otro. El autor los ve como personajes, como actores —porque a veces actúan, sobre todo cuando fingen una falta— sin olvidar que fuera de la cancha hay alguien que sigue sudando la camiseta en el partido de la vida real.

El elenco se completa con el resto del vestuario, a veces invisible: árbitros que nadie aplaude si hacen bien su trabajo pero que son noticia si se equivocan, narradores que le ponen una banda sonora a la memoria colectiva de las aficiones, comentaristas de sobremesa  y una dirigencia, a la que el autor no le regala ni un solo elogio. También hay lugar en la banca para los entrenadores, los estrategas, esa figura que protagoniza el juego sin correr: Pep Guardiola y su obsesión táctica convertida en doctrina, o el propio Maradona, que después de ser ídolo en la cancha probó, con no mucha fortuna, la posición de D.T..

Cuando el balón sale de la cancha, entra en terreno más pantanoso. Las barras bravas y una violencia entre hinchas que viaja de país en país sin pasaporte, un mercado de pases que en sus peores versiones se acerca a la trata de personas, el negocio millonario de los guayos y las camisetas, la sombra larga del narcotráfico sobre el deporte más popular del planeta, y hasta los asuntos del corazón, como el affaire mediático entre Piqué y Shakira, que llenó más portadas que muchas finales.

Colombia juega pocos minutos en este libro. Higuita se lleva un par de páginas, el Pibe Valderrama algunos párrafos, y la muerte de Andrés Escobar apenas unas líneas. Las glorias y tragedias del fútbol colombiano son, en el compendio de crónicas de Villoro, una nota al margen.

Al fútbol femenino le toca una suerte parecida. A pesar de que el propio autor admite que sigue invisibilizado, le dedica apenas un capítulo, el último de Los Héroes Numerados, donde el foco se desvía para elogiar a su pareja, una jugadora amateur y a un diálogo con una controvertida comentarista mexicana, que poco permiten construir un panorama real de esa rama del deporte. Sí queda claro un punto que resalta: ahí sobrevive un juego limpio que hace rato desapareció entre los hombres.

Dios es Redondo y Balón Dividido son un álbum de crónicas, textos publicados en su momento en distintos medios, sumados a otros escritos para estas ediciones y actualizados este año. Los Héroes Numerados juega distinto, casi obligado por el calendario; parece responder más a una exigencia editorial de estar presente en año de Mundial que a una urgencia narrativa propia. Ahí Villoro se detiene en los objetos que sostienen al deporte —la pelota, la camiseta, el abrazo— y se inclina con insistencia hacia el fútbol azteca, páginas que puede dejar en el banco a quien no sigue la liga mexicana.

Villoro nunca juega solo. A lo largo de las tres obras convoca a un equipo de refuerzos que también le prestaron su pluma al fútbol: Martín Caparrós, Roberto Fontanarrosa, Jorge Valdano —tan bueno con las letras como lo fue con el balón—, Javier Marías, Ryszard Kapuściński, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano, Albert Camus o Pier Paolo Pasolini. Una alineación de lujo que confirma que esta cancha literaria tiene más jugadores de los que el marcador oficial suele reconocer.

El Mundial 2026 ya terminó. España levantó la copa y Argentina tuvo que conformarse con el subtítulo, tras una justa victoria ibérica. Esa historia de 120 minutos más alargues, como todas las que de verdad importan, está destinada a convertirse en palabras. Será materia prima de algún cronista, o escritor. Mientras el encuentro entre fútbol y letras siga siendo un clásico que convoca a la afición, un partido no terminará cuando suene el pitazo final, siempre es probable que en algún momento, empiece a rodar la pelota en el campo literario.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES