Por: Tirso Benavides Benavides
Hay libros que necesitan medio mundo para contar una vida, y hay otros que logran meter medio mundo dentro de un solo edificio. Así sucede en Un Caballero en Moscú, del estadounidense Amor Towles, autor que logra demostrarnos que un hotel —con sus pasillos, sus suites, sus restaurante y su buhardilla— puede convertirse en un universo entero si el escritor sabe mirarlo con la paciencia suficiente y describirlo a través de las palabras. Solo la literatura consigue este truco de ilusionista: encerrar a un hombre entre cuatro paredes y, aun así, dejarnos ver pasa toda una época, toda una revolución, toda una vida.
La historia arranca en 1922, cuando el conde Aleksandr Ilich Rostov es llevado ante un tribunal bolchevique. Debería morir, como mueren tantos aristócratas en los años que siguen a la caída del zar, pero se salva por un golpe de suerte que tiene mucho de ironía literaria; años atrás había escrito un poema que, leído hoy con ojos revolucionarios, suena a proclama a favor del cambio. Ese corto texto, escrito casi sin querer, le devuelve la vida a cambio de quitársela de otra forma, en lugar de fusilarlo, es condenado a no salir jamás del hotel Metropol, bajo pena de muerte si cruza la puerta. La pluma que pudo condenarlo termina siendo la que lo salva, y ahí ya se adivina el tono con el que Towles va a construir las más de quinientas páginas que siguen.
El conde, acostumbrado a los lujos de una suite con vista al Kremlin, tiene que mudarse a una buhardilla estrecha, casi un depósito, donde apenas caben un escritorio, una cama y un puñado de objetos que decide salvar del naufragio de su antigua vida. Ahí está uno de los grandes aciertos de la novela. En vez de convertir a Rostov en un hombre derrotado, Towles lo deja sostenerse en pie con la misma elegancia con la que uno lo imaginaría paseando por el Bulevar Tverskói. Conserva sus rituales, su forma de vestir, su gusto por el vino y por la conversación ingeniosa, y esa resistencia silenciosa —esa costumbre convertida en dignidad— termina siendo el verdadero argumento del libro: no importa cuánto se te reduzca el espacio, sigue siendo tuyo y todo depende de cómo decides habitarlo.
Y es que el Metropol jamás deja de recibir visitantes interesantes, diplomáticos extranjeros, oficiales del nuevo régimen, actrices, periodistas y burócratas de toda calaña, recorren el hotel de lujo. El encierro de Rostov, paradójicamente, lo convierte en testigo privilegiado de la Rusia que se transforma allá afuera, porque esa Rusia entra por la puerta giratoria del hotel todas las noches, se sienta a cenar, conspira en el bar, discute de arte y de política mientras el conde sirve el vino o escucha desde una mesa cercana.
Towles logra así algo que muchos historiadores envidiarían, contar el ascenso del estalinismo, las purgas, la industrialización forzada, sin salir jamás de un edificio, porque el edificio mismo es un espejo fiel de lo que ocurre en el país. El hotel se degrada, se burocratiza, pierde su brillo, exactamente al mismo ritmo que la sociedad que lo rodea. Cuando llega a dirigirlo un funcionario que no sabe nada del oficio pero mucho del Partido, el lector entiende que ya no está leyendo solo sobre un hotel, está leyendo sobre un país entero gobernado por la lealtad ideológica antes que por el mérito.
Pero no todo en esta novela es historia con mayúscula; también hay, y esto es lo que la vuelve entrañable, una educación sentimental completa. Ahí aparece Nina, una niña curiosa que un día se acerca al conde armada con una llave maestra capaz de abrir cualquier puerta del Metropol. Con ella, Rostov redescubre pasadizos, azoteas y cuartos que ni siquiera sabía que existían, y de paso redescubre algo que creía perdido: la capacidad de asombro de la infancia. Esa amistad, que empieza como un juego entre una niña traviesa y un aristócrata resignado, se transforma con los años en algo más profundo, casi filial, y es uno de los hilos más conmovedores del libro. Nina le devuelve al conde lo que la Historia —así, con mayúscula y sin preguntar— le había arrebatado.
También está Anna Urbánova, una actriz famosa con quien Rostov sostiene un romance intermitente a lo largo de los años, amantes que se encuentran y se pierden según los vaivenes de la carrera de ella y la inmovilidad forzada de él. Y están, sobre todo, los empleados del hotel: el peluquero, la costurera, los meseros, los maîtres, los cocineros, gente que antes veía en Rostov a un cliente distante y que ahora, cuando él mismo empieza a trabajar como jefe de sala del restaurante, se convierte en su verdadera familia. Ese microcosmos de oficios y afectos es quizá el mayor logro de Towles, demostrar que la aristocracia del corazón no tiene nada que ver con los títulos nobiliarios, sino con la lealtad y el cariño que se construyen compartiendo un mismo techo durante treinta años.
No se puede hablar de este libro sin mencionar el fenómeno editorial que ha sido. Publicado en 2016, se mantuvo cerca de un año en las listas de más vendidos en Estados Unidos y ha sido traducido a más de treinta idiomas, con millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Buena parte de ese éxito se debe a su creador, Amor Towles, nacido en Boston en 1964, graduado en Yale y con estudios de posgrado en literatura inglesa en Stanford, quien pasó más de veinte años trabajando en el mundo de las finanzas antes de dedicarse por completo a escribir. Esa doble vida —la precisión del analista financiero y la sensibilidad del lector empedernido de los clásicos rusos— se nota en cada línea, la prosa de Towles es elegante sin ser pretenciosa, erudita sin volverse pesada, y hay en su estructura casi matemática de capítulos y símbolos algo del rigor de quien pasó años haciendo cuentas antes de dedicarse a contar historias.
El reconocimiento de la crítica no se ha quedado atrás. El libro fue elegido Libro del Año por The Times y The Sunday Times, y su prestigio ha crecido todavía más con el estreno de la serie de televisión que lleva el mismo nombre, protagonizada por Ewan McGregor en el papel del conde. Lo curioso, y lo que le ha ganado el cariño de los lectores más exigentes, es que la adaptación se mantiene fiel al espíritu del libro, sin traicionar ni el tono ni los detalles que hacen entrañable a Rostov, lo que a su vez ha llevado a muchos espectadores de vuelta a las librerías en busca del original.
La lectura de Un Caballero en Moscú nos enseña que la libertad no siempre depende del tamaño del espacio que se habita. El conde Rostov, encerrado durante años entre las mismas paredes, termina teniendo una vida más plena que muchos hombres libres, porque supo llenar ese encierro de libros, de amistades, de vino compartido y de pequeñas rebeldías cotidianas. Ahí está, me parece, la gran lección de esta novela. Una obra que transporta al lector a la capital Rusa y lo lleva a cruzarse con el conde Rostov en el vestíbulo del Metropol.




