Por: Tirso Benavides Benavides
¿Qué se espera de un escritor cuando toma la pluma? O, de forma más precisa, ¿qué espera el mercado editorial de un autor en función de su color de piel, su apellido o las coordenadas geográficas de su cuna? Esta es la espina dorsal de Cancelado, novela originalmente editada en 2001 y rescatada recientemente gracias al éxito de su adaptación cinematográfica, American Fiction, ganadora del Oscar a mejor guion hace dos años, una sátira tan feroz como lúcida firmada por el estadounidense Percival Everett.
El protagonista de esta farsa trágica es Thelonius “Monk” Ellison, un refinado profesor universitario y escritor cuyas densas novelas experimentales gozan de un pulcro respeto académico, pero de un nulo impacto comercial. La crisis estalla cuando las editoriales comienzan a rechazar sistemáticamente sus manuscritos bajo un argumento tan sutil como perverso: sus libros no son “suficientemente negros”. Para el establishment cultural, la condición de afroamericano exige una cuota obligatoria de marginalidad, un peaje de sangre, drogas, armas y jergas callejeras. El mercado no busca arte, busca confirmaciones de sus propios prejuicios.
El absurdo es total. Monk es ajeno a ese entorno marginal que el público blanco consume con culpa y fascinación morbosa. Proviene de una acomodada familia de médicos de clase media alta, cultiva aficiones eminentemente burguesas como la carpintería no comercial y la pesca de truchas, y entiende la literatura desde una perspectiva estética, no etnográfica. Mientras el personaje limpia una caña de pescar o lija un trozo de madera, Everett aprovecha astutamente para intercalar reflexiones hondas sobre el arte, la deshumanización y las dinámicas del lenguaje, desarmando la idea de que la identidad deba ser un grillete temático.
La ironía adquiere tintes dramáticos al cruzarse con su entorno íntimo. La vida real de Monk no es un videoclip de hip-hop, está llena de dolores profundamente humanos y complejos. Una madre devorada por el Alzheimer, el fantasma de un padre suicida, una hermana médica perseguida por fanáticos antiaborto, y un hermano cirujano plástico que sale tardíamente del clóset, enfrentando el divorcio, la distancia de sus hijos y el sordo rechazo social. Una realidad densa que no cabe en los esquemas simplistas de los editores neoyorquinos.
El punto de quiebre llega cuando Monk atestigua el ascenso meteórico de una joven escritora cuya novela costumbrista y plagada de clichés hiperbólicos sobre la desgracia afroamericana se convierte en el fenómeno del año. Enfurecido por la ceguera colectiva, decide perpetrar una venganza literaria, bajo un seudónimo tosco, escribe una novela que condensa todos y cada uno de los peores estereotipos exigidos por el mercado. Una parodia burda destinada, según él, a avergonzar a los críticos.
Para su horror y sorpresa, la obra —que se inserta textualmente dentro de la misma novela de Everett, creando un fascinante artefacto de “dos libros en uno”— es recibida como una obra maestra de crudo realismo. Las editoriales se pelean por los derechos, Hollywood ofrece sumas astronómicas y Monk se ve atrapado en una encrucijada moral: el libro que más detesta y que nació como un escupitajo al sistema es el único que le otorga la solvencia económica necesaria para pagar los costosos cuidados médicos de su madre enferma.
Esta feroz radiografía del mundillo editorial, de los encuentros de escritores y del arte en general en nuestros días no nos resulta, sin embargo, del todo ajena. Al leer Cancelado desde nuestra propia periferia, es imposible no trazar un puente hacia el panorama literario local. Salvando las distancias evidentes, el mecanismo de exclusión comercial opera de la misma manera. Parece existir un decreto invisible que dicta que todo escritor nariñense está obligado a rendir tributo perpetuo a la impronta del gran Aurelio Arturo, a poetizar exclusivamente sobre las faldas del volcán Galeras (reivindicando la urcunina), o a encasillar su narrativa en el jolgorio del Carnaval y los temas más populares y conocidos de la región.
Si el autor local decide apartarse de la geografía mítica, si prefiere explorar la abstracción, la vanguardia, la sátira urbana o los dilemas universales despojados de la provincia, el centralismo cultural reacciona con el mismo extrañamiento con el que recibió las primeras obras de Monk Ellison: “Le falta identidad”, murmuran.
La lección que nos deja Percival Everett en esta magnífica e irreverente novela es que la verdadera literatura es un acto de absoluta libertad creadora, un territorio indómito que se resiste a ser cancelado por los moldes complacientes de la industria y las expectativas impuestas por los clichés.




