Por: Tirso Benavides Benavides
La palabra sororidad suele emplearse en espacios cómodos, pero su verdadera naturaleza se prueba en la intemperie. Si la alianza entre mujeres no abraza la experiencia trans, se convierte en un club exclusivo, una simulación teórica. La verdadera sororidad —la que salva de la muerte y el olvido— no emana de la biología, sino de la resistencia compartida ante un mundo hostil. De ese pacto de sangre, asfalto y ternura trata La mala costumbre, la aclamada primera novela de Alana S. Portero.
Portero, reconocida filóloga, dramaturga y poeta madrileña, traslada su madurez lírica y su activismo a una estructura narrativa que esquiva el molde tradicional, cada capítulo opera como una crónica autónoma, un fogonazo de memoria que documenta el viaje de una protagonista que no ha tenido una vida fácil. Desde los cinco años, esta niña resiste al hecho de habitar un cuerpo ajeno, un envase leído como masculino que se convierte en su primera frontera.
La lectura de este libro nos lleva a comprender la angustia de la disforia de género, que es mucho más que es un mero desencuentro estético; es una fractura del ser, la asfixia cotidiana de vivir una vida ajena, en una casa extraña, entre una familia que ignora lo que esconde el closet.
Crecer en San Blas, un barrio obrero de la periferia madrileña de los años ochenta y noventa, implicaba aprender las leyes de la fuerza. Para complacer a su familia y encajar en la sociedad, la protagonista debió perfeccionar toda una puesta en escena, ir al fútbol entre barras bravas, sentarse de forma desparpajada, siguiendo los modelos masculinos de su padre y de su hermano. En ese afán por impostar una hombría obligatoria, termina saliendo de los límites del barrio para inscribirse en clases de karate en otra zona de la ciudad. Fue precisamente en ese espacio de virilidad forzada donde brotó la grieta, lejos del control de las miradas vecinas, conoció a Jay, un joven extranjero, hijo de un militar, quien se convertiría en su primer amor y amante.
Aquella relación clandestina obligó a la pareja a inventarse geografías secretas más allá de sus realidades cotidianas. Se veían a escondidas en parques, plazas de la periferia y hasta en la quietud de los cementerios y otros espacios liminales donde el deseo desafiaba las normas. Juntos empezaron a dar los primeros pasos hacia las zonas de tolerancia y los primeros reductos de libertad homosexual de la ciudad. Sin embargo, el idilio terminó con la brutalidad propia de la época. Fueron descubiertos, a Jay se lo llevaron lejos de forma inmediata, cortando de tajo el primer vínculo real de la protagonista con su propio sentir.
El vacío dejado por Jay había encendido una mecha que la obligó a buscar un respiro, casi un alivio lejos del barrio. Las expediciones nocturnas continuaron, ahora en solitario, adentrándose en barrios como Chueca o Malasaña. Allí aparece el resto de un particular elenco femenino, tres experimentadas mujeres trans que la novela bautiza, con justicia mítica, como las Moiras. Estas mujeres de la noche no surgen en la trama como caricaturas de la marginalidad, cumplen el rol de madres elegidas por la protagonista, guías que le enseñaron que la belleza también florecía en el fango y que recogieron los pedazos de un corazón resentido por el desarraigo.
Como suele pasar el tránsito no es un paso fácil. Por el miedo al rechazo y sobre todo al odio que el percibía en la sociedad contra las personas diferentes.
Cuando la protagonista decide finalmente salir del clóset, un brutal acto de violencia callejera destruye una naciente nueva vida sobre tacones. El miedo provoca un repliegue inmediato. El trauma la obliga a refugiarse de nuevo en la máscara del varón del barrio, confinando su verdadera identidad a una clandestinidad obligada pero voluntaria para escapar de los peligros. Ser mujer, algo que se había vuelto su lujo nocturno, una tregua efímera, es algo que prefiere dejar en el recuerdo, a pesar de ser una traición a sí misma.
La literatura de Portero nos enseña que el destino siempre implica un regreso.
Años después, asfixiada por la precariedad económica, la protagonista, quien subsiste bajo la máscara de un librero que se limita a cumplir las obligaciones y los horarios, se ve obligada a retornar a la casa familiar en San Blas. Pero este regreso no es una derrota, es un rito de paso.
En el barrio de su infancia, llegan los reencuentros. Uno de ellos, el que más la impacta es con Margarita, una vecina trans, quien se había convertido en una de sus primeras confidentes y consejeras para afrontar una vida marica. Ahora esa mujer está enferma, en etapa terminal, condición que la lleva a convertirse en su cuidadora durante sus últimos días, hasta su muerte.
Frente al lecho de muerte de su mentora, el círculo de la sororidad se cierra mediante el cuidado mutuo.
La autora convierte esta pérdida, este nuevo duelo, en un motor político. Es la memoria de las ausentes, de las que pusieron el cuerpo cuando no había leyes ni discursos, lo que empuja a la protagonista a dar el paso definitivo. Resuelve entonces, muchos años después salir del clóset ante su familia (que siempre lo supo silenciosamente), ante los vecinos del barrio San Blas y ante el mundo. Esta ya no es una decisión íntima, es un homenaje colectivo, un pacto de lealtad con las Moiras que tejieron su vida y su supervivencia. La mala costumbre, una obra para reflexionar sobre la identidad, un territorio que se defiende mejor en comunidad.




