Chamanes eléctricos, una novela entre el éxtasis y el extravío

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Por Tirso Benavides Benavides

Hay silencios que dicen más que un volcán en erupción y ruidos que, por mucho que se disfracen de plegaria, apenas alcanzan a ser estruendo. Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la novela de la ecuatoriana Mónica Ojeda, se mueve entre esos dos extremos: por momentos encuentra una música capaz de nombrar el miedo, el abandono y la violencia; en otros, confunde la intensidad con la revelación y convierte el trance en discurso. Es una novela ambiciosa, bella y exasperante. A veces las tres cosas en la misma página.

La historia ocurre en el año 5540 del calendario andino. Noa y Nicole, dos amigas jóvenes, abandonan un Guayaquil abrasado por la violencia familiar, las bandas del narcotráfico y una muerte que ya forma parte del paisaje. Viajan sin dinero hacia las faldas del Chimborazo para asistir al Ruido Solar, un macrofestival de ocho días y siete noches donde conviven músicos, bailarines, poetas, cantoras, performers, chamanes y consumidores de toda clase de iluminaciones. Después vendrá el Inti Raymi y, para Noa, el verdadero destino del viaje: encontrar al padre que la abandonó cuando era niña y que vive retirado en el bosque alto, un territorio de desaparecidos por voluntad propia, de fantasmas y de memorias que se niegan a quedarse quietas.

Noa es el centro de la novela, pero carece de voz propia. La conocemos por refracción, como si Ojeda hubiera puesto varios espejos alrededor de un personaje que nunca se mira directamente. Hablan Nicole, su mejor amiga y protectora; Mario, que se enmascara de Diabluma; Pamela, música y mujer embarazada; Pedro, cargado con el recuerdo de Carla; las Cantoras; y ese poeta que oficia como profeta dudoso de una religión nacida entre amplificadores, drogas y lava. Todos cuentan algo de sí mismos, pero también completan —o deforman— la figura de Noa.

Esa decisión formal tiene fuerza. La protagonista existe en lo que despierta en los demás y en aquello que los otros no logran comprender de ella. También tiene un costo. La primera parte, coral y fragmentaria, pierde tensión cuando las voces comienzan a repetir las mismas variaciones sobre la Pachamama, el padre Sol, los volcanes, el baile y la comunión de los cuerpos. La polifonía termina por momentos convertida en coro. Y un coro, cuando todos cantan casi lo mismo, deja de ser plural. La novela quiere reproducir la experiencia física de la música, sus vibraciones y desórdenes, pero hay pasajes en los que el lector no entra en trance, sencillamente se extravía.

Entre esas voces sobresale Pamela. Ha abandonado la música de conservatorio para buscar una comprensión corporal y ritual del sonido. Está embarazada y ha decidido que su “hije” no nacerá. Lo significativo no es solo la decisión, sino la ausencia de la culpa obligatoria con la que buena parte de la literatura y de la sociedad latinoamericana narran el aborto. Pamela habla con ese ser suspendido entre la vida y la muerte sin pedir permiso ni perdón. Su voz introduce una reflexión incómoda sobre la maternidad como elección y no como destino, y evita que el personaje sea reducido al expediente habitual de víctima arrepentida.

La segunda zona de la novela cambia de registro. En los Cuadernos del bosque alto aparece el padre de Noa, un hombre que eligió la distancia y que escribe desde una soledad más áspera que mística. Es la voz que más me interesa. No porque sea admirable —no lo es—, sino porque reconoce algo que la retórica familiar suele ocultar bajo toneladas de azúcar: su amor por la hija no fue más fuerte que su necesidad de libertad. Ese amor débil no se presenta como excusa ni como martirio. El padre abandonó, sabe que abandonó y no pretende transformar la cobardía en sacrificio. Su confesión tiene una honestidad desagradable. Por eso funciona.

La parte coral busca el éxtasis, la del padre acepta la intemperie. En la primera, los personajes quieren fundirse con la montaña, la música y los otros. En la segunda, un hombre admite que ni siquiera el vínculo filial pudo disolver su individualidad. Allí la novela deja de predicar la comunión y entra en un territorio moral más complejo, se puede amar y, sin embargo, elegir irse; se puede reconocer el daño sin que el reconocimiento lo repare. No hay redención suficiente para todos los abandonos.

Ojeda organiza la novela alrededor del sonido, pero también del silencio. La música no aparece como entretenimiento sino como una fuerza anterior a la melodía: pulso, respiración, golpe, temblor. Los cuerpos bailan para expulsar el miedo y para recordar a los muertos. Los volcanes tienem su propio ritmo. Incluso la ausencia de ruido posee una música: la de lo no dicho entre Noa y su padre, la de los desaparecidos que siguen resonando en quienes los buscan. Cuando esa concepción se convierte en imagen y ritmo narrativo, la prosa de Ojeda alcanza una potencia notable. Cuando se explica demasiado, la música se vuelve conferencia.

La lengua participa de esa apuesta. Quechuismos y, con mayor precisión en el contexto ecuatoriano, voces kichwas —yachak, Diabluma, Pachamama, Inti Raymi, entre otras— construyen un mundo que se resiste a ser traducido por completo al castellano. Es una decisión cultural y estética legítima. El lector también debe aceptar que no todo fue escrito para su comodidad.

Bajo el calendario andino y los meteoritos de esta distopía retrofuturista late un Ecuador reconocible. Guayaquil aparece sitiada por narcobandas, enfrentamientos territoriales, armas, militares y una precariedad que vuelve cotidiana la desaparición. El futuro de Ojeda no necesita inventar demasiado, le basta con aumentar el volumen del presente. La violencia no ocupa siempre el primer plano, pero acompaña a los personajes como un bajo continuo. Huyen hacia la montaña porque la ciudad se volvió inhabitable; descubren, sin embargo, que ningún festival cancela el país del que se viene.

Mi mayor resistencia está en el neochamanismo que atraviesa la novela. Hay allí una espiritualidad ancestral que merece ser escuchada, pero también un mercado contemporáneo que vende iluminación por dosis: extranjeros que toman yagé como quien compra una excursión psicodélica, turistas del espíritu que quieren la alucinación sin la disciplina, el ritual sin la comunidad y la sabiduría indígena sin cargar con la historia de los pueblos que la sostienen. Ojeda puede estar representando críticamente esa mezcla y no necesariamente celebrándola, esa es la objeción más seria a mi lectura.

Mónica Ojeda, nacida en Guayaquil en 1988, ya había explorado el cuerpo, el miedo, la violencia y las relaciones femeninas en Nefando y Mandíbula; en los cuentos de Las voladoras llevó esas obsesiones hacia el llamado gótico andino, y en los poemarios El ciclo de las piedras e Historia de la leche hizo visible la veta lírica que aquí invade la narración. Chamanes eléctricos en la fiesta del sol prolonga ese universo, pero desplaza el terror hacia la música, el paisaje y la búsqueda de pertenencia. Es quizá menos contundente que Mandíbula y menos concentrada que Las voladoras, aunque también más arriesgada en su arquitectura.

La novela merece ser leída por lo que consigue y discutida por lo que desborda. Su prosa distingue voces, produce imágenes que parecen escritas con lava y convierte el paisaje andino en una presencia viva. Pero la fragmentación debilita a varios personajes, los parlamentos rituales se reiteran y la búsqueda espiritual bordea una solemnidad que termina creyéndose sus propios efectos especiales. No toda vibración es música. No todo silencio es sabiduría. Y no todo aquel que alucina ha visto.

En estas páginas los animales, fantásticos y reales, tienen un rol. La muerte de Sansón el perro del padre de Noa, para quien su mascota es como un hijo, se retrata de una forma impecable: “El peso de un perro es el de un niño, por eso su amo lo considera un infante y lo trata como tal, y lo ama como tal”. Este hombre es capaz de sentir amor por su can y no por su hija.

Al final queda Noa, la única que no habló, reconstruida por amigos, cantoras y un padre que llegó tarde incluso a su propia confesión. Convertida en una especie de elegida, aunque esto significó la separación de su amiga de siempre. Encontró su destino. Tal vez allí esté la mejor intuición de Ojeda, somos también el relato incompleto que dejamos en los otros. El Ruido Solar se apaga, los cuerpos dejan de bailar y el volcán vuelve a guardar su respiración. Entonces comienza la música más difícil: la de escuchar lo que el estruendo no pudo decir.

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