No podemos cuestionar el centralismo de Bogotá si no somos capaces de reconocer y transformar el centralismo que existe dentro de nuestro propio departamento.
Basta revisar los índices de desarrollo, el acceso al agua potable o la educación para evidenciar las diferencias territoriales. Ipiales tiene problemas de agua. Tumaco continúa enfrentando enormes necesidades. Esta realidad debería llevarnos a una pregunta incómoda: ¿qué papel está cumpliendo Pasto frente al resto de Nariño?
La capital ha perdido la posibilidad de ejercer un papel protagónico como ciudad-región: una ciudad que incluya, reconozca y posibilite el encuentro de los distintos mundos y pensamientos que existen en el departamento.
Nos ha faltado una visión estratégica desde Pasto para fortalecer las localidades y las subregiones. La capital tiene una responsabilidad que trasciende sus límites: extender capacidades y beneficios hacia los demás municipios. Para hacerlo necesitamos romper pensamientos heredados y superar una concepción de ciudad dedicada exclusivamente a resolver sus problemas y apagar incendios.
Pasto debe pensar en región, no en localidad. Podría convertirse en el principal centro logístico del sur, conectar al departamento con Ecuador y distribuir capacidades para fortalecer los sectores productivos de los municipios. Esto requiere diálogo institucional e intercambio permanente entre la capital y las subregiones.
Pasto también podría convertirse en un centro de pensamiento y experiencias: un lugar donde podamos aprender de los aciertos, pero también de los errores; una especie de banco de experiencias y hallazgos al servicio del territorio.
Nariño necesita avanzar hacia un modelo de provincias como motores de desarrollo que supere la simple división territorial y contribuya a consolidar el departamento.
No todos los territorios necesitan lo mismo ni tienen las mismas posibilidades. Debemos identificar las ventajas de cada subregión y municipio, reconocer su vocación económica y construir alternativas que les permitan ser sostenibles y fortalecer sus unidades productivas. Por lo menos, cada municipio debería tener tres líneas de desarrollo claramente definidas.
Esto también exige transformar las instituciones departamentales para insertar a los municipios dentro de un entorno económico de inclusión.
Durante demasiado tiempo hemos pensado el departamento alrededor de las elecciones. Las diferencias políticas terminan unificándose electoralmente, pero después de las elecciones seguimos sin construir un modelo propio de desarrollo. La integración territorial requiere algo diferente: calma para pensar, capacidad para escuchar y una visión disruptiva que trascienda los periodos electorales.
Necesitamos un propósito superior que una a todos los territorios. La historia puede darnos luces. Hubo un tiempo en que Barbacoas, como puerto, permitía el tránsito de libros, pianos y telas. Paradójicamente, en algunos aspectos estábamos más conectados entonces que ahora. Hoy tenemos tecnología, redes sociales y herramientas digitales que eliminan distancias, pero podemos estar más conectados y menos comunicados. Lo digital debería ayudarnos precisamente a superar esa contradicción. Necesitamos conectar los territorios, reunir información en espacios comunes y hacer visibles no solamente los problemas de cada región, sino también sus respuestas y soluciones.
La cultura y la gastronomía ya muestran esa posibilidad. Allí confluyen elementos e insumos provenientes de distintas regiones. El turismo también puede integrarnos: vivir el Carnaval, pero también conocer las festividades de los municipios y de la costa.
Necesitamos canales que permitan promover la diferencia y el respeto y contrarrestar el racismo. Nariño está compuesto por distintas visiones de mundo y precisamente allí está una de sus mayores fortalezas.
Las diferencias nos hacen más fuertes. Integrar no significa uniformar. Incluso debemos ser cuidadosos con el concepto de identidad cuando pretendemos utilizarlo para unificar aquello que, por naturaleza, es diverso. El desafío consiste en unirnos desde la diferencia, reconocernos y aceptarnos.Y para eso necesitamos escucharnos.
Propongo avanzar hacia un centro de pensamiento ProNariño, una herramienta para estructurar la integración territorial y contribuir a desconcentrar el poder central hacia las provincias, convirtiéndolas en polos de desarrollo sin reproducir nuevas concentraciones de poder. Ese espacio debería permitirnos conocer las ventajas y desventajas de cada territorio, identificar sus vocaciones y construir un modelo de desarrollo particular para cada municipio.
Lo digital puede ser fundamental. Una plataforma de contenidos puede acercar comunidades, reunir información, conectar territorios y fortalecer nuestras diferencias como oportunidades frente a los demás. Pero ninguna plataforma sustituirá la necesidad de construir liderazgo. Debemos preguntarnos cómo pueden contribuir los diferentes sectores a la construcción de región y cómo avanzar hacia una democracia deliberativa que profundice las soluciones en lugar de quedarse atrapada en la simple ideología.
Las instituciones y los partidos están desprestigiados. Por eso no podemos esperar que solamente los políticos construyan la región. Mientras muchos están pensando en vallas, candidaturas y perfiles en redes sociales, hemos olvidado discutir el verdadero propósito del liderazgo político: ¿hacia dónde queremos llevar a Nariño?
Propongo cinco principios para comenzar.
Primero, una agenda regional que priorice la solución de las necesidades básicas. El agua debe estar entre las primeras.
Segundo, pragmatismo sobre ideología. Necesitamos resultados, proyectos concretados e inversiones que lleguen al territorio.
Tercero, el interés general por encima de los intereses sectoriales o comunitarios. El caso de la doble calzada San Juan–Ipiales demuestra la necesidad de discutir cómo hacemos prevalecer el interés general y, al mismo tiempo, fortalecemos la comunicación.
Cuarto, recuperar la participación ciudadana. Presupuestos participativos, deliberación y experiencias como las impulsadas por Antonio Navarro desde la Alcaldía de Pasto y Raúl Delgado desde la Gobernación deben servirnos para volver a involucrar a la ciudadanía en las decisiones territoriales.
Quinto, renovar el liderazgo sin negar la experiencia. La renovación no consiste en borrar a quienes estuvieron antes, sino en aprender de sus aciertos y errores para construir algo mejor.
Nariño necesita un liderazgo regional fuerte, capaz de reconocer las particularidades de cada subregión y conectarlas con el crecimiento y la sostenibilidad. Los intentos de división deberían llevarnos precisamente en la dirección contraria: aprender desde nuestras diferencias y mantener intacta la creencia en un departamento grande, con líneas claras de trabajo y un propósito común. No necesitamos que todos pensemos igual.
Necesitamos reconocernos, comunicarnos y construir desde nuestras diferencias.
Y quizá allí comienza la verdadera discusión sobre el centralismo. Antes de reclamarle a Bogotá que mire hacia Nariño, deberíamos preguntarnos cuánto estamos mirando desde Pasto hacia Ipiales, Tumaco, la costa y los demás municipios del departamento. La descentralización también comienza en casa. Pasto debe pensar en región, no en localidad.




