Por Albeiro Arciniegas
Hijo de la pintora colombiana Lucy Tejada y sobrino de Hernando Tejada, Alejandro recuerda el origen de las esculturas que se convirtieron en uno de los símbolos de Cali. Formado de manera empírica, comenzó haciendo caballos y terminó creando una familia de felinos que hoy forma parte del paisaje de la capital vallecaucana.
Hay territorios que tienen monumentos; otros que convierten sus espacios públicos en museos al aire libre: Cali pertenece a esta segunda categoría. A orillas del río que atraviesa la ciudad, cerca del bulevar, un conjunto de esculturas felinas terminó convertido en icónico y homenaje a la cultura. Las gatas del río Cali es una estampa urbana que comenzó con una idea aparentemente sencilla: darle compañía al famoso Gato del Río creado por el escultor risaraldense Hernando Tejada.
Alejandro Valencia recuerda que el origen de aquellas figuras estuvo relacionado con una conversación familiar y con una propuesta algo casual. El presidente de la Cámara de Comercio de Cali planteó la posibilidad de crear la novia del gato que su tío había instalado junto al río. Valencia había conocido el Cow Parade, proyecto internacional que convirtió esculturas de vacas en piezas de arte público intervenidas por distintos artistas.
La idea le pareció trasladable a Cali. “Yo había estado estudiando el Cow Parade en esos días”. Y cuando recibió la propuesta respondió: “Doctor, yo lo realizo”.
Un año después llegó el encargo. Alejandro Valencia preparó el proyecto planteando tres esculturas: una gata caminando, otra sentada y una tercera profundamente dormida. Aquella primera familia acabaría multiplicándose. Hoy Cali cuenta con alrededor de medio centenar de gatas, muchas de ellas integradas en el paisaje urbano y convertidas en un atractivo turístico
La historia de Alejandro Valencia Tejada, sin embargo, comenzó mucho antes de aquel proyecto. Nacido en Bogotá, creció dentro de una familia en la que el arte era parte de la vida cotidiana. Su padre también era pintor. Su madre, Lucy Tejada, fue una de las figuras fundamentales de la pintura colombiana del siglo XX y su tío Hernando Tejada alcanzaría también un lugar destacado en el arte nacional.
“Nunca tuve formación académica”, recuerda Alejandro. “Yo fui empírico”. En su caso, el aprendizaje en buena medida tuvo lugar dentro de su entorno familiar que era rico en talento y vocación por la creación artística y, antes de que aparecieran las gatas, fueron los caballos su tema favorito. Durante años se dedicó a realizar pequeñas esculturas de equinos y llegó a ser reconocido por esa especialidad.
“Yo llevo el caballo en mi sangre desde niño”, dice. Por lo tanto, su llegada a las gatas fue la consecuencia de una iniciativa de la Cámara, sin pensar que estos animales terminarían convertidos en un símbolo para la ciudad. “Lo de la gata fue circunstancial. Si no, hubiera seguido haciendo caballos”, manifiesta.
El legado familiar
Adentrarse en la biografía de Alejandro Valencia es entender que está marcada por los viajes. Cuando tenía cuatro años, su familia se trasladó a España después de que su padre obtuviera una beca internacional de pintura. Su madre recibió entonces el segundo premio.
La estancia duró cuatro años y su padre los dejó en Europa. Entonces Lucy Tejada regresó con sus hijos a Colombia. El retorno estuvo acompañado de una circunstancia decisiva para la familia: meses después, su madre obtuvo el primer premio nacional de pintura. Aquello permitió a la familia superar, al menos parcialmente, las dificultades económicas de los primeros años.
Lucy y Hernando aparecen en su relato como figuras de una dimensión artística excepcional. Y lo son. Hernando es uno de los artistas icónicos del país. Y la importancia de su madre no radica únicamente en su obra, sino también en haber construido una trayectoria artística en una época en la que el mundo del arte estaba dominado por los hombres. “Fue una mujer muy valiente”, dice el escultor.
Actualmente, el legado de Lucy Tejada permanece vivo en la ciudad de Pereira donde existe un centro cultural que lleva su nombre y conserva parte de su memoria artística. El propio Alejandro establece una comparación que revela su manera de entender el legado familiar. Cuando se le pregunta por el aporte de los Tejada a la cultura colombiana, no duda en destacarlo, pero evita colocarse a la misma altura, pues su aporte personal lo considera más modesto. “Ellos eran personas superiores. Y lo digo con honestidad”.
En los últimos años, Alejandro Valencia centra su actividad en la conservación de la memoria. Ha realizado dos retrospectivas dedicadas a sus familiares y publicó dos libros, uno con la obra de Hernando y otro con la de su madre. Son trabajos que él mismo comercializa y que considera referencias importantes para acercarse a la calidad artística de ambos.
Lo cierto es que con su trabajo los Tejada terminaron construyendo una especie de genealogía artística que atraviesa varias generaciones. Y allí está el río. Con sus espacios adaptados para el deporte y el bienestar físico, para el encuentro de la familia alrededor de un café o para contemplar el reino de las gatas en la compañía de un amigo. Es difícil concebir al río Cali actualmente sin la presencia felina que domina bajo su ornamentación vegetal y la calidez de su clima.




