Las partículas elementales: cuando la liberación sexual nos dejó solos

14 visitas

Compartir artículo en:

Por Tirso Benavides Benavides

Occidente prometió que la liberación del deseo nos haría felices. Derribó prohibiciones, convirtió el cuerpo en territorio soberano, separó el sexo de la reproducción y declaró la guerra contra aquella vieja moral que vigilaba las camas. El resultado, según Michel Houellebecq, no fue una sociedad más libre, sino un mercado más Amplio; después de vendernos casas, automóviles y electrodomésticos, el capitalismo aprendió a vendernos también juventud, belleza, experiencias y orgasmos.

Las partículas elementales, publicada originalmente en Francia en 1998, es la novela en la que Houellebecq llevó esa sospecha hasta sus últimas consecuencias. No se limita a contar las vidas desgraciadas de dos medio hermanos. Utiliza sus cuerpos, sus frustraciones y sus pérdidas como un laboratorio en el que examina la descomposición de la sociedad occidental de finales del siglo XX. Michel y Bruno no son solamente personajes. Son dos resultados posibles de un mismo experimento: uno renuncia al deseo, el otro termina devorado por él.

Ambos son hijos de Janine, una mujer que cambia después su nombre por Jane, quizá porque para cierta espiritualidad de catálogo hasta la identidad debe tener apariencia de producto importado. Ella encarna a la generación que quiso romper con las obligaciones familiares, la moral burguesa y las relaciones tradicionales. Se entrega a las comunas hippies, al amor libre, a las experiencias espirituales y a cuanta doctrina alternativa ofrezca una salvación sin demasiadas responsabilidades. Mientras busca convertirse en un ser superior, abandona a sus hijos al cuidado de sus abuelas.

Houellebecq no siente ninguna simpatía por esta generación. Su retrato es despiadado y, por momentos, deliberadamente injusto. Los hippies, los herederos de Mayo del 68, los profetas de la Nueva Era, los chamanes de utilería y los turistas de la vida natural aparecen como consumidores de una mercancía distinta, pero consumidores al fin. Rechazan los supermercados mientras compran espiritualidad; condenan la sociedad de consumo y, al mismo tiempo, convierten su cuerpo y su libertad en objetos de culto.

La contradicción no podría ser más feroz: quienes buscaban ser mejores seres humanos terminan incapaces de querer a los seres humanos que tenían más cerca.

Janine representa esa libertad sin responsabilidad. Sus hijos, abandonados afectivamente, representan la factura. Cuando vuelven a encontrarla, ya anciana y deteriorada en su lecho de muerte entre bucólicos paisajes alpinos, su sola presencia desmiente el mito de la eterna juventud sobre el que ella edificó su existencia.

Michel Djerzinski, uno de los hermanos, es un brillante biólogo molecular. Desde muy joven mantiene una relación distante con el cuerpo, los afectos y el deseo. El sexo no le interesa ni siquiera durante la adolescencia, cuando las hormonas suelen gobernar con la discreción de una estampida. A su lado está Annabelle, la vecina de siempre, bella, cercana y enamorada. Ella le ofrece la posibilidad de una vida compartida, pero Michel parece observarla desde la misma distancia con la que examinaría una célula bajo el microscopio. Al terminar su colegio la abandona sin explicaciones. No es que carezca por completo de sentimientos. Entre los dos existe un vínculo persistente, una forma de ternura que sobrevive a los años y a las separaciones. Sin embargo, Michel es incapaz de nombrarla como amor y, quizá por eso, también es incapaz de vivirla. Annabelle reaparece en su vida adulta como una oportunidad que el tiempo ha ido deteriorando. Él comprende demasiado tarde que los seres humanos no pueden conservarse en una placa de laboratorio.

Su trabajo científico terminará abriendo el camino hacia una nueva especie, liberada de la reproducción sexual y, con ella, de buena parte de los conflictos vinculados al deseo, la competencia y la individualidad. No se trata simplemente de que Michel «invente la clonación». La propuesta de la novela es mucho más radical: sus investigaciones permiten imaginar la superación biológica del ser humano tal como lo conocemos. Si el sexo se ha convertido en una fuente de sufrimiento, desigualdad y violencia, la solución de Houellebecq no consiste en moralizarlo, consiste en eliminar su necesidad.

Bruno, el otro hermano, ocupa el extremo contrario. Es profesor de literatura, consumidor compulsivo de pornografía y prisionero de una sexualidad que nunca logra satisfacer. Mientras Michel parece haber nacido sin deseo, Bruno es casi únicamente deseo. Piensa en sexo, busca sexo, paga por sexo, fantasea con sexo. Pero la abundancia de imágenes y posibilidades no lo acerca al placer, lo vuelve más consciente de su exclusión de ese mundo donde reina Eros.

Houellebecq traslada al terreno sexual la lógica del mercado. En una sociedad que proclama la libertad erótica, no todos tienen el mismo poder de compra. La juventud, la belleza y la capacidad de seducción funcionan como capital. Unos acumulan oportunidades, otros contemplan desde afuera el escaparate. La liberación sexual termina reproduciendo las mismas desigualdades que prometía destruir.

Este es uno de los argumentos más incómodos de la novela. Antes, la religión y la moral restringían el deseo; después, el mercado lo estimuló sin descanso. La prohibición fue reemplazada por la publicidad. Ya no se ordena reprimir el cuerpo, sino exhibirlo, conservarlo joven, volverlo deseable y ponerlo a circular. Quien no puede participar queda condenado a una nueva forma de pobreza. Bruno es uno de esos pobres.

Su existencia transcurre entre masturbaciones, prostitutas, frustraciones, fantasías deplorables y tentativas sexuales que oscilan entre lo patético y lo repulsivo. Houellebecq no intenta volverlo agradable. Tampoco lo reduce a la figura de un pervertido excepcional. Lo presenta como una criatura fabricada por la época: un hombre educado para creer que el sexo constituye la medida de una vida plena, pero condenado a comprobar que esa plenitud está reservada para otros.

En uno de los centros vacacionales donde la desnudez, la espiritualidad y la libertad sexual forman parte del programa de actividades, Bruno conoce a Christiane. Con ella vive una relación tardía y una sexualidad desbordada. Por un momento parece haber encontrado aquello que buscó durante toda su vida. Sin embargo, ni siquiera esa abundancia consigue llenar el vacío. El cuerpo ofrece treguas, no salvación. Una tragedia posterior de Christiane destruye la única relación afectiva verdadera que Bruno había logrado construir. Incapaz de regresar a una existencia en la que el deseo ya no tiene objeto, decide recluirse en una institución psiquiátrica sostenida por el Estado. Hay una ironía amarga en ese destino: la sociedad que lo enfermó paga finalmente su encierro. El sistema atiende el residuo que él mismo produjo.

Michel y Bruno parecen opuestos, pero en realidad son dos variantes de una misma incapacidad. Uno no puede amar porque ha expulsado el deseo de su vida; el otro no puede amar porque el deseo ha ocupado todo el espacio. Michel reduce el cuerpo a información genética. Bruno lo reduce a instrumento de satisfacción. Ninguno consigue habitarlo junto a otro ser humano.

Entre los dos quedan Annabelle y Christiane, personajes que aportan a la novela una dimensión afectiva que suele perderse cuando se habla únicamente del pesimismo de Houellebecq. Ellas conocen el deseo, pero también el cuidado, la compañía y la posibilidad de permanecer. No son solamente víctimas de dos hombres averiados. Representan aquello que la novela parece negar y sin embargo necesita: la posibilidad del vínculo. Su presencia demuestra que el amor todavía existe.

Las partículas elementales no es una excepción dentro de la obra de Houellebecq. En Plataforma volverá sobre el turismo, el placer y la conversión del deseo en industria. En sus novelas, ensayos e intervenciones públicas aparece una y otra vez la misma sospecha: la modernidad liberó al individuo de antiguas obligaciones, pero no supo ofrecerle nada que reemplazara los vínculos destruidos. Nos concedió autonomía y nos dejó sin compañía.

Su prosa responde a esa visión. Es directa, fría, descarnada; alterna explicaciones científicas, observaciones sociológicas y escenas sexuales narradas con un lenguaje que muchos consideran soez. No hay allí un simple deseo de escandalizar, aunque Houellebecq conoce muy bien el valor publicitario del escándalo. La obscenidad cumple una función: desnudar una sociedad que habla sin descanso de placer mientras produce individuos incapaces de disfrutarlo.

El problema es que su diagnóstico también tiene puntos controversiales. Houellebecq suele presentar como consecuencia general de la liberación sexual lo que corresponde, en buena medida, a la experiencia de hombres blancos, heterosexuales, frustrados y envejecidos. Las mujeres aparecen con frecuencia como proveedoras de consuelo, cuerpos deseados o víctimas sacrificiales. Su crítica al individualismo es certera, su mirada sobre quienes intentaron escapar de la moral tradicional puede resultar reduccionista. No toda ruptura de la familia produjo abandono, ni toda búsqueda espiritual fue una impostura. Pero la exageración forma parte de su método.

Houellebecq no escribe para levantar un censo equilibrado de la sociedad francesa. Construye una hipótesis extrema y obliga al lector a permanecer dentro de ella hasta sentir su asfixia. Su mundo puede ser parcial, pero no es irreconocible. Más de dos décadas después, la industria del bienestar, las aplicaciones de citas, la pornografía ilimitada, el culto a la juventud y la espiritualidad convertida en marca personal hacen que su pesimismo parezca menos una provocación de fin de siglo que una noticia anticipada.

Occidente confundió la eliminación de las prohibiciones con la conquista de la felicidad. Las partículas elementales muestra lo que quedó después de la fiesta: cuerpos disponibles, deseos multiplicados y seres humanos cada vez más aislados.

Michel intenta abolir el sexo para terminar con el sufrimiento. Bruno intenta multiplicarlo para escapar de ese mismo sufrimiento. Ambos fracasan en lo esencial: ninguno aprende a amar a tiempo. Al final, las partículas moleculares permanecen juntas por fuerzas que no necesitan comprender. Los seres humanos, al parecer, ni siquiera cuentan con esa ventaja.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES