Las nuevas palabras

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
El año pasado hablaba en esta columna de lo mucho que está cambiando nuestra lengua en estos tiempos de la Era Digital. Citaba en ese momento al profesor de lingüística Antonio Rico Sulayes, quien en la plataforma The Conversation, decía que “los cambios que experimenta un idioma de manera paulatina pueden afectar todos los ámbitos de su existencia. Estos cambios van desde lo más básico, como la pronunciación, hasta aspectos complejos, como la organización de las palabras para comunicar ideas”. Y aclaraba que tenemos dos posturas frente a ello: “Una actitud, más bien positiva, que ve en este cambio un proceso natural… Y otra que es con el rechazo”.
Resulta evidente que Rico Sulayes no sólo se refiere al lenguaje digital, sino al uso masivo que van adquiriendo algunas palabras, como respuesta a la transformación de la sociedad. Por ejemplo, antes (en el siglo XX) decía “reunirse”, hoy decimos “socializar”. Antes decíamos “aplazar”, ahora decimos “procrastinar”. Antes decíamos “fortalecer”, ahora decimos “empoderar”. No son palabras nuevas. Sencillamente han pasado a ser más comunes. ¿Porqué? Depende de cada una, obviamente, pero hay factores psicológicos, tecnológicos y políticos que las unen.
“Socializar” viene del uso habitual de las redes sociales. Según la Fundación del Español Urgente, éste y otros conceptos como “ser social” o “interacción social” pasaron del ámbito académico al vocabulario cotidiano por asociación. “Procrastinar”, por su parte, tiene que ver con la psicología social. Se adoptó como un tecnicismo muy específico que describe las distracciones digitales, la culpa asociada al descanso y la autoexigencia; todos, problemas del mundo moderno. “Empoderar”, en cambio, tiene una fecha concreta de su uso asociado al feminismo. Según la Conferencia de la ONU sobre la Mujer (Pekín, 1995), la palabra “fortalecer” no era suficiente para explicar cómo las mujeres tomaban las riendas de sus vidas. Así empezó a ser parte de los discursos políticos, hasta que se volvió habitual.
Somos seres sociales sumergidos con un “avatar” en redes sociales, y por ello padecemos de las enfermedades que esta vida digital conlleva. Por eso, aparecen en escena términos de la psicología que antes no habían tenido un papel relevante en nuestra cotidianidad. Por ejemplo, “resiliencia”, definido por la Real Academia Española como la capacidad de adaptación de un ser vivo ante una situación adversa o un agente perturbador. Podríamos decir que es “resistencia”, pero la psicología habla más bien de “entereza”.
Pero también somos seres diversos y la “globalidad” nos ha permitido ver el cada vez más complejo mundo de la orientación sexual. Fíjense en el acrónimo LGBTIQ+, que componen las letras L (lesbiana), G (gay), B (bisexual), T (trans), I (intersexual), Q (Queer), además del signo + (más, o sea no binario, asexual, pansexual…). Y ahí entra otra palabra antigua, pero que se transforma en una estrategia de comunicación para abarcar éste y otros mundos: “inclusivo”. Los discursos políticos siguieron esta estrategia al pie de la letra y usan la palabra para la promulgación de leyes sobre grupos sociales que necesitan mayor protección, incluyendo personas con discapacidades físicas. O sea, más allá del “sexismo”.
El lenguaje inclusivo se convirtió en norma, eliminando aquello que había supuesto antes una ofensa y otorgándole nueva definición. Las sociedades hoy están más integradas, las ciudades son más cosmopolitas, y aquello que recuerde un pasado discriminatorio, está mal visto. Palabras como “marica”, “negro”, “enano” o “boquinche” han cambiado por “gay”, “afrodescendiente”, “persona de talla baja” y “persona de labio fisurado”.
Sin embargo, y aquí hay algo curioso, estas nuevas normas sociales no cobijan a todos. Una persona gay sí puede decirle marica a otra y una persona afrodescendiente sí puede decirle negra a otra. En el resto de personas se interpreta como un insulto.
Las palabras no mueren, sencillamente algunas se dejan de usar. Su lugar en el día a día lo ocupan otras, aunque a veces su significado original se opaque. Fíjense en la palabra “viral”. Hasta hace poco tenía que ver con el contagio de un virus, con la propagación de un agente infeccioso de carácter biológico. Pero si le preguntamos a cualquier persona ¿qué entiende por “viral”?, responderá que es una publicación que se comparte mucho en redes sociales. Desde que la informática habla de virus como un malware que altera el funcionamiento de un dispositivo, su sentido epidemiológico pasó a un segundo plano.
Hay palabras nuevas, claro, está. “Perreo”, por ejemplo, que es un tipo de baile asociado al “reggaetón”, que es un ritmo y otra palabra nueva que une el nombre de un ritmo en inglés, “reggae”, con un sufijo en español, “tón”; lo que etimológicamente vendría a significar algo así como fiesta callejera de larga duración.
Esto es natural. El spanglish y otros fenómenos lingüísticos hacen que el lenguaje cotidiano se transforme, y aunque la Real Academia Española de la Lengua trata de mantener una serie de normas (lo cual está muy bien), tiene dificultades para seguir el ritmo incesante y la velocidad de los cambios en el mundo moderno. Lo que la RAE llama “lenguaje especial utilizado con propósitos crípticos por determinados grupos”, más pronto que tarde será común y corriente.
Y luego hay otro tema, que anotaba también hace un año: La Academia Española pelea todos los días contra los anglicismos. Loable, pero tan complicado como la lucha de Don Quijote contra los molinos de viento. El anglicismo se impone porque el inglés sigue siendo la lengua que manda en el mundo y a la que se acoge toda la tecnología de nuestra Era. El secreto, como en la lucha del libro contra la televisión, está en la adaptación rápida y eficaz a las ventajas del nuevo idioma. Porque las hay, pero las Academias deberían ayudar a verlas, no a despreciarlas.
Veamos algunas de estas palabras:
Bot: programa informático diseñado para realizar tareas repetitivas (apócope de robot).
Chatbot: programa informático diseñado para simular una conversación.
Cringe: vergüenza ajena (To Cringe es encogerse ante algo desagradable).
Farmear: acumular puntos de forma repetitiva (se originó en los vídeo juegos).
Funar: repudiar públicamente a una persona (de origen chileno).
Hater: odiador (traducción literal del inglés).
Post: publicación (traducción literal del inglés).
POV: espectador ve exactamente lo mismo que ve el protagonista (de la expresión Point of View).
Prompt: instrucción dada a un sistema de Inteligencia Artificial (del latín promptus, que significa listo).
Random: extraño (del francés randon, que significa impetuoso).
Reel: vídeo corto ((se originó en las cintas magnéticas de audio de carrete abierto).
Render: representación (traducción literal del inglés).
Stalk: acoso (el stalking es un delito).
Trend: tendencia (Trending Topic es algo que está de moda).
Troll: comentario falso ((se originó en los cuentos infantiles).
Vibecoding: programación informática con ayuda de la Inteligencia Artificial.
Woke: progresista o de izquierda (de origen afroamericano).
Hay muchas más y habrá muchas más. Por eso existe un recurso Online creado en la Universidad de las Américas de Puebla y que se llama Diccionario del Español Especializado en Redes Sociales, ERES. Entras allí cualquier término y te da una serie de alternativas. Pero es todo un viaje que te lleva por los laberintos de lo que podría llegar a ser más que una jerga. Toda una lengua nueva.

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