Madrid antes fue La Habana: amores, pérdidas y noches pastusas

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Por Tirso Benavides Benavides

Salí una noche, hace unos días, a la tienda de la esquina y volví a mi apartamento no solo con un par de polas, sino también con un libro. El autor es mi vecino. Ya lo había leído en sus publicaciones de redes sociales y, sabiendo de mi afición por las letras, tuvo la generosidad de regalarme su novela. La puse de siguiente en esa lista infinita de libros pendientes que todos los lectores fingimos tener bajo control. Le llegó el turno. Esto fue lo que encontré.

Madrid antes fue La Habana, de John Rodríguez Saavedra, es una novela urbana. La afirmación parece sencilla, pero en Nariño tiene algo de declaración de principios. Pasto ha sido contada muchas veces desde la postal: el Galeras vigilante, el frío, nuestro Carnaval, la montaña de fuego que rodea y explica a sus habitantes. Son imágenes verdaderas, por supuesto, pero ninguna ciudad cabe para siempre en sus símbolos oficiales. Rodríguez Saavedra apuesta por otra capital: una ciudad con cafés, bares, escenarios, conversaciones largas, noches que se extienden más de lo previsto y personajes que no parecen convocados para posar ante el turista.

Esa decisión me gusta. Pasto aparece como una ciudad-ciudad, perdón por la insistencia, y no como un pueblo grande al que se le concedió el título por cortesía administrativa. Hay planes culturales, vida nocturna y una fauna humana disímil. Sus lugares no sirven únicamente de fondo, participan en la historia, guardan recuerdos y terminan por definir a quienes los frecuentan. Uno de esos espacios aporta incluso la clave del título. La geografía urbana deja de ser decorado y se convierte en una forma de la memoria.

El contraste con Sandoná, lugar natal del autor, refuerza esa imagen. No se trata de enfrentar provincia y ciudad como si una representara el pasado y la otra el progreso. La novela se mueve entre ambas escalas y permite advertir cómo cambia la experiencia cuando cambian las calles, los ritmos y las posibilidades de encuentro. Pasto es aquí un centro cultural y afectivo, pero también un laberinto. En sus mesas se habla de arte, política, música y libros. En sus noches se ama, se recuerda y, como suele ocurrir, se pierde.

La historia comienza en un encierro que todos conocemos. El narrador, en primera persona, nos ubica en los tiempos de la pandemia, cuando la casa dejó de ser refugio para convertirse también en frontera. Al miedo colectivo, la incertidumbre y la monotonía del confinamiento, el protagonista suma un duelo amoroso. Afuera amenaza una enfermedad, adentro, otra ausencia. Esa combinación deteriora su estado de ánimo y su salud mental, como les sucedió a tantas personas durante aquellos meses en que el mundo aprendió a contar la distancia en metros, contagios y videollamadas.

Cuando el presente se vuelve inhabitable, queda la memoria. El encierro y la falta de acontecimientos empujan al narrador hacia atrás. Madrid antes fue La Habana se construye entonces como una búsqueda entre recuerdos. La vida parece detenida, pero la cabeza no guarda cuarentena. En ella regresan amores, amigos, lugares, conversaciones y heridas. La novela entiende que recordar no es consultar un archivo intacto. La memoria selecciona, exagera, borra y a veces inventa con la misma convicción con la que asegura estar diciendo la verdad. Por eso algunas mujeres evocadas por el protagonista parecen, por momentos, más cercanas al deseo o a la imaginación que a una rememoración comprobable. Lejos de ser un defecto automático, esa ambigüedad resulta coherente con el dispositivo narrativo: quien cuenta no levanta un acta notarial de su pasado, lo reorganiza desde la soledad del presente.

La primera persona permite que la frontera entre experiencia y ficción permanezca deliberadamente movediza. Así funciona la memoria; así funciona también la literatura cuando transforma lo vivido en otra cosa.

En ese recorrido aparecen los dos asuntos que la literatura visita desde mucho antes de que existieran las librerías: el amor y la muerte. El primero llega a través de las parejas, los encuentros y las rupturas que el narrador reconstruye. La segunda no entra de manera serena. En estas páginas aparecen el suicidio, todavía rodeado de silencios y fórmulas evasivas, y las muertes causadas por la violencia. La novela no trata el final de la vida como un accidente remoto, lo deja atravesar las relaciones, los recuerdos y el país.

Colombia también entra en este libro. La historia íntima no está aislada de la historia pública, hay críticas a la clase política, alusiones al conflicto armado y ecos del estallido social. No se trata de convertir a los personajes en voceros de un manifiesto, aunque en algunos momentos su formación intelectual los lleve a hablar con la densidad de quien no solo ha vivido los acontecimientos, sino que quiere interpretarlos. La novela recuerda que incluso el encierro más privado tiene ventanas hacia la calle. Y la calle colombiana rara vez permanece en silencio.

John Rodríguez Saavedra nació en Sandoná. Es comunicador social y periodista, magíster en Etnoliteratura y docente universitario. Ha ejercido el periodismo en Canal Capital, de Bogotá, y en el diario La Diaria, de Montevideo. También ha publicado Desayuno & Teléfono, Muerte de Conejo y Purgatorio Country Club. Su trayectoria ayuda a entender la diversidad de registros del libro, su mirada de periodista hacia la realidad, la vocación pedagógica del profesor y la libertad del narrador que mezcla tiempos, ciudades y afectos.

Esa vocación pedagógica se percibe en los personajes. Son personas que escuchan música clásica, jazz y buen rock, conocen libros, hablan de sociología y se mueven con familiaridad por eso que, a falta de una palabra menos solemne, llamamos cultura. La acumulación de referencias tiene un doble efecto. A un lector concentrado únicamente en la línea principal puede desviarlo por caminos laterales. A otro, más curioso, le entrega una lista de búsquedas: canciones por escuchar, autores por descubrir, discusiones que continúan después de cerrar el libro. La novela tiene banda sonora y biblioteca propia.

También tiene escenario. En un par de capítulos aparece el teatro y se describen obras que funcionan como relatos dentro del relato. Esas subtramas ponen en escena otras vidas y refuerzan una idea que recorre el conjunto: todos representamos versiones de nosotros mismos, especialmente cuando recordamos. Además, algunos capítulos desplazan la mirada hacia otras ciudades y permiten reconocer que la pandemia fue universal en sus cifras, pero particular en cada habitación. El mismo encierro produjo soledades distintas.

Otro aspecto que me gusta de esta obra está en las calles. La Pasto nocturna y bohemia de Madrid antes fue La Habana resulta familiar para quienes han frecuentado cierto circuito de cafés, bares, sectores y conversaciones culturales. Para los demás puede ser una revelación: esta ciudad también se queda despierta, también crea sus mitologías y cambia el nombre de sus lugares sin borrar lo ocurrido en ellos. Convertirla en escenario literario no consiste en mencionar sus sitios como quien enumera direcciones. Consiste en permitir que influyan sobre los personajes y que el lector termine asociando una emoción con una esquina.

La literatura regional suele cargar una obligación injusta, demostrar todo el tiempo que pertenece a un territorio. Entonces aparecen la montaña, la fiesta y las costumbres como certificados de origen. Rodríguez Saavedra toma otra ruta. Su Pasto es reconocible sin necesitar folclorizarse. Es local por la precisión de sus espacios y universal por aquello que ocurre en ellos: el deseo, el duelo, la amistad, el miedo, la violencia y esa manía humana de reconstruir el pasado para soportar el presente. Esa apuesta por una Pasto contemporánea, cultural y contradictoria marca una diferencia.

El autor me invitó a acompañarlo en una chara para la presentación de la novela. Será este viernes, 25 de septiembre a las seis de la tarde, en el Auditorio San José de la Universidad Mariana. Una invitación abierta para quien esté interesado en la literatura regional. Tal vez sea una buena ocasión para hacer el recorrido inverso al del protagonista del libro: salir del encierro, dejar por una hora nuestras pantallas y encontrarnos alrededor de un libro. Pasto también sucede de noche y sucede en la literatura.

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