Lograr que un adolescente entre voluntariamente a una biblioteca no siempre es sencillo.
Lo reconocen quienes trabajan diariamente en la Biblioteca Pública de Comfamiliar de Nariño. Los jóvenes constituyen uno de los públicos más difíciles de vincular de manera permanente a estos espacios.
“Es la población más difícil. La adolescencia es la población que menos quiere asistir a una biblioteca”, señala Myriam Rocío Obando, coordinadora de la Biblioteca Pública de Comfamiliar de Nariño.
La respuesta fue dejar de esperar que los jóvenes se adaptaran a la biblioteca y comenzar a construir proyectos capaces de hablar su propio lenguaje.
Uno de ellos utilizó el arte.
Un mural construido por los jóvenes
Para desarrollar el proceso fueron vinculadas dos creadoras con perfiles complementarios: Sofía Bernal, artista plástica, y Daniela Velásquez, ilustradora y diseñadora gráfica.
Según explica Nataly Cáceres, funcionaria de Comfamiliar, las artistas acompañaron a los participantes en conversaciones sobre el territorio y en la exploración de diferentes herramientas gráficas.
Una aportaba una mirada artística y crítica; la otra, herramientas más relacionadas con el diseño y la técnica.
Los jóvenes comenzaron a realizar bocetos.
Después llegó el mural.
Pero el resultado final tuvo una particularidad: buena parte de los trazos creados por los participantes permanecieron allí.
“Es lindo ver que todos los bocetos que ellos hicieron están plasmados ahí”, relata Nataly.
La intención era evitar que una intervención profesional terminara borrando la expresión original de los muchachos.
El mural debía pertenecerles.
Y al reconocerse en él podían comenzar también a sentir que una parte de la biblioteca era suya.
Detrás del mural apareció una historia
Durante el proceso lograron identificar las capacidades particulares de algunos participantes.
Uno de los jóvenes atravesaba dificultades relacionadas con el consumo.
Una lideresa comunitaria, a quien Nataly recuerda como Estelita, comenzó a acompañarlo con especial atención.
El muchacho tenía un talento evidente para el dibujo, pero apareció además otro interés: la barbería.
La biblioteca y las personas vinculadas al proceso comenzaron entonces a mirar más allá del problema y concentrarse en las posibilidades.
Mediante gestiones realizadas alrededor del proyecto se logró apoyarlo para cursar un nivel de formación técnica en barbería.
Ahora existe la expectativa de conseguir nuevamente respaldo para que pueda realizar un segundo nivel.
“Es un artista ese muchacho. Dibuja increíble y le encanta la barbería”, destaca Nataly.
Encontrar aquello para lo que somos buenos
La historia sintetiza buena parte de la filosofía que Myriam Rocío Obando intenta desarrollar desde la biblioteca.
Los proyectos no deberían terminar cuando concluye un taller.
El propósito es que el joven pueda identificar capacidades, construir un proyecto personal y eventualmente utilizar aquello que sabe para relacionarse de otra manera con su comunidad.
“Logramos que estuvieran en un proceso y se mirara no solamente que el joven logre proyectarse en su vida hacia lo que quiere, sino también para servir a la comunidad”, explica Obando.
Una vitrina cultural en la Comuna 4
El arte también ha permitido abrir la biblioteca hacia otros públicos.
La Vitrina Cultural funciona como sala de exposiciones y ha permitido establecer articulaciones con la Universidad de Nariño y otros actores.
Estudiantes de últimos semestres han llevado sus trabajos hasta este espacio e incluso se han desarrollado actividades relacionadas con procesos académicos.
La biblioteca adquirió módulos especiales para mejorar la presentación de las obras y, según Nataly, se realizan alrededor de tres o cuatro exposiciones durante el año.
El propósito es contribuir a descentralizar las artes plásticas y llevarlas hacia el sector suroriental.
También han pasado por sus espacios músicos, obras de teatro, talleres de escritura y diferentes expresiones culturales.
Una biblioteca donde alguien pueda escuchar
Pero el impacto social no siempre puede medirse contando asistentes o libros prestados.
Myriam Rocío Obando insiste en un elemento mucho más difícil de cuantificar.
Hay usuarios que llegan buscando conocimiento. Otros quieren utilizar internet. Algunos necesitan un libro para una tarea.
Y hay quienes simplemente necesitan ser escuchados.
“En ese calor de hogar a veces el usuario busca afecto, busca una familia, busca un lugar de encuentro en donde sea escuchado, sea atendido”, afirma.
Esa puede ser una de las claves para comprender el trabajo realizado con los jóvenes.
Una biblioteca no puede solucionar por sí sola los problemas sociales de un territorio. Pero sí puede abrir una puerta, descubrir un talento, conectar a una persona con una oportunidad y ofrecer un espacio al cual regresar.
En el caso de un joven de la Comuna 4, esa puerta comenzó con unos dibujos sobre el territorio y terminó abriendo la posibilidad de aprender barbería.
A veces un proyecto de vida también puede comenzar en una biblioteca.




