Releyendo a Mafalda: el documental sobre una niña universal

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Por Tirso Benavides Benavides

Mafalda odiaba la sopa. Han pasado más de sesenta años desde que apareció por primera vez y el mundo, para su desgracia y quizá también para la nuestra, continúa pareciéndose bastante a un plato de ese potaje que molestaba a la famosa niña que ahora vive como una escultura en San Telmo, en donde los turistas se toman fotos como lo hacen en caminito, o junto al obelisco bonaerense.

Todavía hay guerras, gobernantes que hablan mucho y explican poco, desigualdad, contaminación, mujeres obligadas todavía a discutir derechos que suponíamos conquistados y adultos bastante hábiles para enseñarles a los niños cómo comportarse mientras hacen exactamente lo contrario.

Esa es quizás la primera conclusión después de ver Releyendo: Mafalda, la estupenda serie documental dirigida por Lorena Muñoz que recorre, en cuatro episodios de media hora, la historia de la niña creada por Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino. La producción reconstruye su nacimiento, el proceso creativo de la historieta, la aparición progresiva de los personajes y la manera como aquella familia argentina terminó convertida en uno de los grandes referentes culturales de América Latina. Para hacerlo utiliza archivos, entrevistas al propio Quino y testimonios de dibujantes, investigadores, familiares y lectores como Maitena, Liniers, Rep, Tute y Alberto Montt.

Lo primero que muestra la serie es algo que hoy parece casi una herejía: Mafalda nació de la publicidad. A comienzos de los años sesenta Quino recibió el encargo de crear una historieta para promocionar de manera encubierta una línea de electrodomésticos Mansfield. Los personajes debían tener nombres que comenzaran por M y formar parte de una familia argentina reconocible. La campaña nunca prosperó, pero de ese proyecto frustrado sobrevivió una niña que terminaría teniendo bastante más éxito que las neveras y lavadoras que debía vender. La primera tira de Mafalda como la conocemos apareció en Primera Plana el 29 de septiembre de 1964.

Resulta divertido pensar que uno de los personajes más críticos del capitalismo latinoamericano nació intentando vender electrodomésticos.

Quino mismo explicó después que al comienzo estaban apenas Mafalda, su papá y su mamá. La fórmula era sencilla: la niña preguntaba y los adultos no sabían muy bien qué responder. Pero una historieta no puede sobrevivir eternamente interrogando a los mismos padres. “Acá hay que meter otro tipo”, recordó Quino que pensó antes de introducir a Felipe. Los demás personajes fueron apareciendo según las necesidades de la historia.

Y allí ocurrió algo extraordinario. Quino no fue simplemente agregando amigos. Fue construyendo una sociedad.

Felipe es el soñador. Vive entre las obligaciones escolares y las aventuras que preferiría estar imaginando. Quiere hacer las tareas, pero también quiere postergarlas; desea comportarse como debe, aunque el deber le resulte agotador. Es inseguro, sensible, distraído. Si Mafalda mira hacia afuera y pregunta qué demonios pasa con el mundo, Felipe mira hacia adentro y se pregunta por qué demonios no empezó antes la tarea. Manolito representa otra forma de mirar la existencia: la caja registradora. Hijo de inmigrantes españoles y heredero espiritual del almacén Don Manolo, mide el mundo en ventas, clientes y ganancias. Donde Mafalda descubre una injusticia, Manolito puede descubrir una oportunidad de negocio. Es el capitalismo en pantalones cortos, aunque Quino evita convertirlo en un simple villano. Su tosquedad, su fidelidad a los amigos y una cierta inocencia lo salvan continuamente de convertirse en caricatura de sí mismo.

Miguelito parece vivir algunos centímetros por encima del suelo. Formula preguntas filosóficas, absurdas o desconcertantes con la misma naturalidad con que cualquier otro niño pediría un helado. Puede ser ingenuo, egoísta, autoritario y entrañable en cuestión de tres viñetas. Es quizá el personaje que demuestra con mayor claridad uno de los talentos de Quino, ningún niño es una idea pura. Todos tienen contradicciones.

Y luego está Susanita. Rubia, parlanchina, chismosa, obsesionada con casarse, ascender socialmente y tener hijos, Susanita parece representar exactamente aquello contra lo que Mafalda se rebela. Quiere ser madre, esposa y señora respetable; admira el prestigio social, desprecia con facilidad a quien considera inferior y reproduce buena parte de los prejuicios del mundo adulto. Pero este personaje no es un monstruo ideológico. Es nuestra tía, nuestra vecina, la señora del apartamento de arriba. A veces, incluso, nosotros mismos que no somos conscientes de los estereotipos que tenemos en nuestra mente.

En el otro extremo aparece Libertad. El nombre ya es suficientemente explícito y Quino todavía agrega otra ironía: Libertad es diminuta. Una de las grandes virtudes de la historieta consiste precisamente en ese tipo de operaciones aparentemente sencillas. La libertad es pequeña, cabe apenas en la viñeta, pero habla como si estuviera pronunciando un manifiesto. Es hija de una familia politizada, discute sobre clases sociales, injusticia y revolución y lleva varios pasos más adelante las preocupaciones de Mafalda. Su llegada incorpora de manera más directa las reivindicaciones políticas de comienzos de los setenta.

El contraste entre Susanita y Libertad merece analizarse. Las dos son niñas, pero parecen imaginar futuros completamente diferentes. Susanita desea incorporarse exitosamente al mundo que ya existe: matrimonio, hijos, posición social. Libertad quiere cambiar ese mundo. Una sueña con ocupar un buen lugar dentro del sistema, la otra sospecha del sistema entero. Y en medio está Mafalda.

Quizás por eso resulta demasiado fácil afirmar simplemente que era feminista. Lo fue, si usamos la palabra para describir su permanente sospecha frente a los papeles que la sociedad reservaba para las mujeres. Pero las tiras fueron publicadas entre 1964 y 1973 y conviene no obligarlas a hablar exactamente el lenguaje político de nuestro presente. Lo verdaderamente interesante es que Mafalda ya preguntaba por qué su madre había estudiado si después su horizonte parecía reducido a limpiar, cocinar y cuidar la casa. Ese conflicto entre Mafalda, su madre y Susanita es una de las críticas más persistentes de Quino a los roles femeninos tradicionales.

Quino entendió que una pregunta infantil podía ser más demoledora que un discurso.

También estaba la guerra. Mafalda amaba la paz, detestaba las armas y observaba con angustia aquel planeta que su creador dibujaba una y otra vez enfermo, vendado, acostado o necesitado de cuidados. Su globo terráqueo no era un objeto escolar, era un paciente. Mafalda lo cuidaba, le ponía curitas y se preocupaba porque continuara existiendo cuando ella fuera adulta.

Mucho antes de que habláramos diariamente de cambio climático, sostenibilidad o crisis ambiental, aquella niña miraba la Tierra y encontraba motivos para preocuparse.

La genialidad estaba en que cinco minutos después podía estar peleando por la sopa. Ese plato probablemente sea uno de los grandes hallazgos simbólicos de la historieta. Mafalda no odia únicamente un alimento. La sopa representa aquello que los adultos imponen porque supuestamente es bueno para los niños y que los niños deben aceptar sin hacer preguntas. En ese universo, comerse la sopa y aceptar mansamente el mundo pertenecen sospechosamente a la misma pedagogía.

Por eso Guille resulta tan peligroso.

El hermano menor llega cuando Mafalda ya ha consolidado su pequeño universo ideológico y empieza a introducir una generación nueva. Es irreverente, espontáneo, todavía habla desde una infancia menos contaminada por los razonamientos adultos y tiene el descaro de cometer una de las mayores traiciones posibles dentro de esa familia: le gusta la sopa. Pero Guille también permite que Mafalda cambie de lugar. Ya no es únicamente la hija que interroga a sus padres. Ahora hay alguien más pequeño detrás. Alguien que viene llegando al mundo que ella lleva años intentando comprender. En cierta forma Guille es su sucesor, una nueva generación con una visión crítica más aguda.

La serie documental acierta especialmente cuando muestra que detrás de todos ellos había un artesano extraordinariamente meticuloso. Joaquín Salvador Lavado Tejón había nacido en Mendoza en 1932, hijo de españoles. Comenzó estudios de Bellas Artes, los abandonó y decidió dedicarse al humor gráfico. Publicó su primera página en 1954 y en 1963 apareció Mundo Quino. Un año después comenzó Mafalda. En 2014 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Murió en 2020.

Reducir a Quino a Mafalda sería injusto. Pero imaginar a Mafalda sin Quino es imposible.

Releyendo: Mafalda permite observar además aspectos técnicos que a veces desaparecen detrás de la popularidad de las frases. Historietistas actuales con reconocida trayectoria se detienen en el trazo, los silencios, las expresiones, la composición de las viñetas y el ritmo. Hay una escena especialmente reveladora dibujantes que han visto a Mafalda miles de veces descubren que reproducirla no resulta tan sencillo como parecía. Esa aparente simplicidad estaba cuidadosamente construida.

Tal vez allí esté otra razón de su supervivencia. Quino nunca escribió tratados disfrazados de historieta. Escribió personajes.

Por eso Manolito puede representar el capitalismo sin dejar de ser Manolito. Susanita puede encarnar prejuicios de clase y de género sin convertirse en un panfleto reaccionario. Libertad puede hablar de revolución y seguir siendo una niña diminuta. Felipe puede representar nuestras inseguridades y aun así hacernos reír cuando posterga la tarea. Y Mafalda puede preocuparse por Vietnam, la bomba atómica, los derechos de las mujeres, la pobreza, la democracia o el planeta y, al cuadro siguiente, enfrentarse heroicamente contra un plato de sopa.

Eso explica también por qué una historieta tan argentina terminó siendo latinoamericana y universal.

La familia es porteña, las calles son argentinas, las coyunturas políticas pertenecen muchas veces a ese país. Pero la clase media que retrató Quino existía también en Bogotá, Lima, Ciudad de México, Santiago, Montevideo,  Pasto o cualquier otra ciudad latinoamericana: padres preocupados por llegar a fin de mes, comerciantes soñando con prosperar, niños obligados a memorizar cosas que no entienden, madres atrapadas en roles sociales estrechos, políticos hablando por radio y ciudadanos tratando de descifrar qué hicieron esta vez.

Argentina puso el escenario. América Latina reconoció a la familia.

Quizá por eso Releyendo: Mafalda funciona mejor cuando deja de ser una serie sobre una historieta famosa y se convierte en una explicación sobre nosotros mismos. Mafalda pertenece a otros años pero si la lees sigue cuestionando. Décadas después continuamos discutiendo sobre guerras, desigualdad, autoritarismo, derechos de las mujeres y un planeta que seguimos tratando bastante mal.

Quino murió. Mafalda creció sin crecer. Y nosotros seguimos prometiéndole que algún día arreglaremos el mundo.

Mientras tanto, la sopa se enfría.

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