A un año de gobierno del cambio

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No me detendré en identificar los aciertos y desaciertos del primer año de gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez, en ello se explayaran seguramente los grandes medios de comunicación, los y las analistas de mayor renombre y los y las columnistas más leídas a nivel nacional. Les propongo más bien una reflexión, si se quiere, más política, más sustanciosa, más concentrada en la correlación de fuerzas que en las acciones u omisiones del gobierno en este primer año.

Para avanzar en ese propósito se requiere hablar del gobierno de Petro y del Pacto Histórico. Un análisis y una reflexión integral de este primer año no puede excluir a la coalición que respalda de manera más decantada al presidente de la república. Sobre el primero cabe señalar algo preliminar: el pueblo colombiano conquistó con Petro el Gobierno -tan solo un eslabón del poder político- y esto se logró en un determinado momento histórico de reflujo de la movilización social, de agotamiento del modelo neoliberal -profundizado por la pandemia de la COVID-19- y de los niveles más bajos de organización social. El gobierno de Petro ha producido un relevo de clases en la dirección del país, ello lo evidencia que la balanza en la formación académica del gabinete de ministros y ministras se inclina levemente hacia las universidades públicas, lo cual paulatinamente ha ido desencadenando cambios en temas estratégicos como la transición energética, la reforma agraria y la seguridad social.

Ahora, el gobierno que encabeza Gustavo Petro fue generado e integrado por un amplio movimiento popular que se tradujo, con sus pros y contras, en el Pacto Histórico, donde coexisten diversas fuerzas políticas que se entienden en lo fundamental entre sí, pero donde persiste el sectarismo -especialmente en contra de COMUNES-, y donde no es claro qué fuerza política asume la responsabilidad principal de la coalición. Resulta fundamental también señalar que, pese a los esfuerzos realizados por Petro desde que asumió la presidencia, los campesinos, las juventudes, la clase trabajadora, etc., estos sectores no han desplegado sus iniciativas, ni ha resultado evidente el apoyo abnegado en favor del Gobierno del Cambio y de la realización de su programa.

Considero que uno de los principales factores que han desestabilizado al gobierno ha sido en torno a quien se buscó configurar la coalición en un principio, lo cual está íntimamente relacionado con la lectura que se tenga de la etapa en la que se encuentra el proyecto progresista en nuestro país. Desde mi punto de vista la etapa que vivimos no daba para intentar adelantar una serie de reformas legislativas que sin lugar a dudas deben hacerse, sino que lo que ameritaba el momento era luchar resueltamente por aplicar el programa de gobierno en lo que estrictamente puede realizar el ejecutivo. Una proyección de ese orden hubiera ubicado como centro de la coalición a las fuerzas políticas que actualmente componen el Pacto Histórico, imprimiendo en estas un dinamismo que por la fuerza de los hechos las hubiera hecho movilizarse más allá de los recintos del Congreso.

La embriaguez de la victoria electoral, que pareciese aun enturbiar la vista de algunos, ha impedido dimensionar la magnitud de los desafíos y la responsabilidad del primer gobierno popular en la historia de Colombia. Pareciese que en virtud del sectarismo del cual les hablaba, aun no se es consciente del llamado a un gran acuerdo nacional que insistentemente hace el presidente Petro. Sin embargo, si bien la búsqueda de reforzar y ampliar la correlación de fuerzas en este momento del gobierno demanda el entendimiento con más fuerzas políticas, este no puede darse en el aire y por consiguiente con aquellos sectores que se oponen a los cambios. El entendimiento debe ser programático, de lo contrario no podemos esperar que de la vieja política emerja algo nuevo.

En vísperas de las elecciones regionales, termómetro del apoyo o rechazo al Gobierno del Cambio, cabe advertir algo: sin la bandera de la seguridad ondeando será imposible que la derecha conserve/recupere los gobiernos locales y regionales y se catapulte a la retoma de la Casa de Nariño. Esta constatación reclama que este tema no sea perdido de vista por el progresismo. Sobre la seguridad debemos tener una propuesta. También, que un proceso de contrarreforma puede abrirse paso cuando las fuerzas progresistas pierden la iniciativa y pasen a la defensiva, lo cual no es otra cosa que un cambio en la correlación de fuerzas. Entre más a la defensiva nos encontremos, más inclinada estará la balanza a favor de quienes defienden el orden establecido.

Un año de gobierno arroja múltiples lecciones. Aun se está a tiempo de reconducir el proceso.

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