Aguacate nariñense

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

Eternamente afectados por culpa de las acciones de los violentos, los habitantes de los municipios nariñenses que hay más allá de Samaniego, vivieron a comienzos de este año un pequeño respiro; concretamente 250 familias de Sotomayor y La Llanada. El anuncio de una millonaria inversión para cultivar aguacate Hass en 125 hectáreas de la región, es una excelente noticia, más si se la acompaña de análisis de suelos, plantación de plántulas, dotación de equipos y asistencia técnica gubernamental.

No es la primera vez que Nariño le coquetea al aguacate. En 2017 se creó un proyecto llamado Fortalecimiento de la Productividad Frutícola en la Subregión Juanambú, para que en ese triángulo del Cañón del Juanambú que rodea a Berruecos, se cultivasen aguacate Hass y mora de Castilla, también con una inversión millonaria. Son muestras que por fin hay un entendimiento entre la relación de una tierra “bendita” para el cultivo y un programa económico nacional.

Ese programa es el Proyecto de Interés Nacional Estratégico, PINE, que impulsó a convertir el aguacate en una de las cuatro líneas agrícolas básicas de Colombia. Y la verdad es que se va consiguiendo. Según Fedegan, el aguacate Hass colombiano es ya el segundo producto en exportación, lo que convierte a Colombia en el tercer país exportador de esta variedad en el mundo. En uno de los peores años de nuestra historia, 2020, este renglón creció un 50%.

Hablando en plata blanca, esto representa para algunos países compradores, una auténtica invasión. En España, por ejemplo, el aguacate era hasta hace poco un producto exótico. El comprador tradicional desconfiaba porque no lo conocía. Su advenimiento llegó con el desarrollo de la hostelería de diseño y los concursos televisivos de cocina. Los Master Chef pusieron al aguacate en horario prime time. Y el conocer sus ventajas nutricionales y sus beneficios para el organismo a través de internet, hizo el resto. Hoy Mercadona, Alcampo, Corte Inglés, Eroski, Día y otras tantas cadenas, ofrecen aguacate todo el año y no sólo por temporadas.

Ni que decir de Estados Unidos, donde desde 2015 llegan contenedores repletos de este producto. Japón es otro de los compradores habituales, al igual que Holanda. Lo mejor es que otros países de la región, como Chile también compran, y aunque estamos lejos de las cifras de México, el rey por excelencia del aguacate, el avance es incontenible. Hay una fiebre por el aguacate colombiano en el mundo.

El éxito deriva de dos factores. El primero es haber unido fuerzas entre agricultura, comercio exterior y antinarcóticos. Garantizar la “sanidad” de un producto vale oro para un país con un pasado tan complicado y al que siempre se le mira de reojo. Me consta la enorme cantidad de negocios de exportación echados a perder por nuestros antecedentes.

El segundo factor es haber apostado por una sola variedad. El aguacate o persea americana es de origen centroamericano y desde el tiempo de los Mayas simboliza la fertilidad de América. Hay 18 variedades. El Haas es el pequeñito, verde negruzco y de piel dura y corrugada. No es el que se consume habitualmente en Colombia, que es el Papelili o Lorena, mucho más grande, de piel fina y verdosa clara, que en nuestro país se conoce como criollo y en el exterior como aguacate de agua.

Según Bancolombia, existen unas 30.000 hectáreas donde se cultiva, y hay unas 200.000 hectáreas promisorias para ello. Por eso esta entidad bancaria ha abierto una línea especial de crédito para sus productores. En esa tesitura se empiezan a mover otros bancos.

De modo que era cuestión de tiempo que Nariño apostara por ello. Lo mejor, de todas formas, es que esto alivie a una región que siempre ha estado en la mira de los delincuentes. Y eso si que vale una medalla de oro.

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