El café de cápsula

Los defensores del café tradicional rechazan el café de cápsula por una infinidad de razones, que son sobre todo las ventajas del café molido y colado de toda la vida: su aroma, su sabor y las ventajas que ofrece al organismo: dotar de energía y combatir el envejecimiento, entre ellas. El café de cápsula les parece más artificial, menos natural por sus conservantes, más “artificial” y más caro.

Sin embargo, el mundo es cada vez más de cápsula. Todo va más rápido y todo es cada vez más pequeño. Es evidente que una máquina de café de cápsula te permite ahorrar tiempo, que es una de las premisas con las que se mueve la humanidad en el Siglo XXI; y las pequeñas cápsulas de monodosis equivalen a lo que es el mp3 con respecto al vinilo en la música: un mundo de diferencia, suena peor, pero lo tenemos al instante.

Según cuenta el popular columnista El Comidista, “sólo en España se consumen hasta 40.000 toneladas de cápsulas al año, lo que constituye el 20% del mercado, y dentro de poco será más, porque tienen un crecimiento anual del 7,8%”. O sea, lo que comenzó como una idea loca de Nestlé en los años 70, con Nespresso se perfeccionó en 1986 por sus cafeteras especiales y hoy, gracias a George Clooney es líder del mercado. En total, hay 400 marcas en plena ebullición.

La que manda en producción es Nescafé Docle Gusto, de Nestlé, cuya planta en Girona, España, emplea a unas 1.000 personas, vende a 59 países y cerró 2020 con una producción récord de 82.000 toneladas de café soluble. La mitad de esas cifras corresponden a café de cápsula. En Europa cada gran cadena de supermercados tiene su propia marca y su propia cafetera, en tanto que Nespresso, la estrella de Nestlé, se mantiene independiente con sus tiendas de lujo.

Bien, dicho esto, existe un barómetro: Nespresso Index, que mide cuanto vale una cápsula en cada país del mundo. Una cápsula es muchísimo más barata en un país rico, precisamente por la alta competencia. Una cápsula de Carrefour Intenso, por ejemplo, se vende en Europa a 0,17 euros (que son unos 700 pesos colombianos). En cambio, esas cápsulas son carísimas en los países más pobres y con menos renta per capita. En Egipto, por ejemplo, la Nespresso Ispirazione se vende a 0,84 euros (unos 3.800 pesos colombianos).

¿Y qué pasa con los países con tradición cafetera y grandes productores como Colombia? Pues que están en la mitad de esa estadística; o sea, que la desafían.

Nespresso llegó a Colombia en 2014. Ya llevaba tiempo comprando café en el país, pero ese año decidieron apostar por este sistema. Bastante arriesgado, aunque con una premisa: ofrecerlo como producto de lujo. En cinco años cambiaron la estrategia y se enfocaron en oficinas, hoteles, restaurantes y cafeterías, alejándose del concepto “café de hogar” que se ha impuesto en Europa. Pero cuando lo hicieron, Nespresso descubrió Nariño.

Dotado de unas condiciones ambientales excepcionales, Nariño ofrece un grano cosechado único en el mundo. Los premios Taza de la Excelencia y la apuesta de la cadena de cafeterías Starbucks han acabado de confirmar esta idea. Por eso en 2019 la Fundación Howard G. Buffett invirtió varios millones de dólares en mejorar fincas cafeteras nariñenses. Nespresso se antojó y empezó a comprar café en el municipio de El Rosario.

Así descubrieron otro mundo más allá del comercio tradicional y surgió el programa Reviving Origins. Su idea ante el mundo era “apoyar a comunidades caficultoras en el proceso de revitalizar la producción cafetera afectada por el conflicto armado”. Y de esa idea surgió la línea de cápsulas Esperanza de Colombia, que ya va por su tercera edición y que, aparte de El Rosario, ofrece café de Florencia y de San Vicente del Caguán. En total, 980 familias beneficiadas.

Encontrar café de Nariño en cualquier parte del mundo es un orgullo que no se puede imaginar. Ya me ocurrió hace unos años en Nueva York cuando vi en Harlem un gran ventanal que decía “Nariño 70 Cold Brew Coffee”. Pues esto es lo mismo.

Por el momento, la fórmula funciona: café en cápsulas para consumidores pudientes, y a cambio, beneficios para cosechadores, que siempre son los que menos ganan en la cadena de producción. Es lo que se denomina “calidad sostenible” y es a lo que las grandes compañías se comienzan a comprometer.

Dicen que hay 110.000 beneficiados, una cifra importante más allá de las cifras que ofrece la producción de un tipo de café que marca tendencia.

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