El Paro Nacional no fue (ni será) televisado

El devenir del más reciente ciclo de protestas en Colombia desencadenó toda una serie de reflexiones en torno a la situación actual en el plano económico, político y social, así como no menos constataciones que, quizás ya obvias, han quedado claramente instaladas, ahora no solo en la población más politizada, sino en las gentes del común que vieron a través de los medios como lo que se informaba no correspondía a la realidad que experimentaban en los barrios o avenidas donde transcurrieron los principales repertorios de lucha, pero ante todo, no se comunicaban las razones que habían llevado a miles de personas a la protesta.

Desde mi punto de vista, la constatación más palpable ha sido el rol que juegan los medios de comunicación en nuestra democracia, tema tabú para muchos dado que ante cualquier objeción sale a relucir la consabida libertad de expresión. No obstante, al respecto siempre me he interrogado sobre el lugar de la libertad de información, aquel bien común que pareciese totalmente olvidado o por lo menos desplazado al desierto de las leyes del libre comercio. Sin entrar en detalles, considero que es importante señalar, siguiendo a Armand Mattelart, que el capitalismo en su fase neoliberal para asegurar su legitimidad precisa de una serie de mitos que doten de racionalidad su dominación social, en este caso concreto el mito de los medios de comunicación, ya que son y pretenden ser considerados como entidades dotadas de autonomía, verdaderos epifenómenos que trascienden la sociedad donde están inscritos.

Como mito, los medios de comunicación en el marco de este ciclo de protestas olvidaron y/o silenciaron las verdaderas fuerzas motrices del estallido social. Mediante el framing o enmarcamiento del paro nacional en algunos elementos del repertorio de lucha, se evacuo la contradicción, ya que al no ser mediatizado el conflicto social, económico y político que tenia a miles de colombianos y colombianas en las calles, particularmente jóvenes, la persistencia en las calles hacia ver a estas ciudadanías activas como incoherentes, sedimentando por esta vía en el convencimiento social la ilegitimidad de la protesta, la ausencia de razones para realizarla y su carácter vandálico.

Pero esto no debe sorprendernos, dado que el monopolio de la palabra y la opinión en los medios masivos de comunicación se encuentra íntimamente atado a la reproducción ampliada del capital a partir de, primero, la legitimación de las ideas capitalistas y su transformación en discurso social hegemónico; y segundo, la agencia económica en el mercado mundial, esto es, la alineación de los poderes económicos, políticos y mediáticos que terminan imponiendo las ambiciones empresariales por encima de los intereses del conjunto de la sociedad. De acuerdo a los hallazgos realizados por el Media Ownership Monitor Colombia, nuestro país no es ajeno a esta realidad y por ello nos encontramos en un alto riesgo en relación a los medios de comunicación, ya que los grupos mediáticos se encuentran altamente concentrados, unificando con ello las líneas editoriales como quedo en evidencia durante el paro nacional; estructuras complejas y opacas que impiden  identificar el verdadero propietario individual de los medios; muchas instituciones regulatorias pero escaza o nula regulación; y lo más preocupante para el adecuado ejercicio de la democracia, existen unas fuertes relaciones entre los medios y la vida política, alterando con ello la pretensión de autonomía de los medios de comunicación. Así, como nos lo advertía hace ya muchos años el antropólogo y critico cultural argentino Néstor García Canclini, hemos “dejado en manos privadas los instrumentos claves para informar a la ciudadanía y ofrecer canales públicos para su expresión”.

Existe entonces una realidad inobjetable: no existe imparcialidad ni objetividad en el sistema de medios de comunicación en Colombia. Elementos clave como el tratamiento de fuentes, la construcción de la agenda y la invisibilización u omisión de conflictos sociales, económicos, culturales y políticos han quedado a merced de unos intereses políticos y económicos muy particulares, por ello es que la principal agencia de noticias desde hace ya dos décadas es el ejército nacional y en el marco del ciclo de protestas reciente lo fue la policía nacional, por ello es que los principales medios masivos de comunicación -en cualquier plataforma- abrían sus ediciones con titulares relativos al vandalismo y no el asesinato sistemático de manifestantes, por ello es que jamás se profundizó realmente en las razones que movilizaron a miles de ciudadanos y se ha omitido la violación de derechos humanos por agentes del Estado.

No obstante, ante el pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Por ello, siguiendo a Denis de Moraes, nos debemos librar la batalla por la democratización de la comunicación, cuestionando las verdades discursivas que los medios masivos de comunicación diseminan y pretenden perpetuar, convenciéndonos sobre la necesidad de espacios más libres de información y opinión y diseñando políticas públicas que promuevan una efectiva diversificación de los contenidos. Por aquella realidad que nos agobia es que también nos asiste una tarea inaplazable: democratizar la información, disputar la hegemonía política y cultural, acabar con los “latifundios mediáticos” que tanto daño le hacen a nuestra de por sí famélica democracia. Y esto es así, porque como lo afirma de Moraes, “La comunicación jamás estuvo tan involucrada en la batalla de las ideas por la dirección moral, cultural y política de la sociedad”. Son tiempos para hacer germinar una comunicación ética, participativa, no mercantilizada y crítica, desvinculada de los medios comerciales y sus conveniencias particulares, tal como lo afirma el autor brasileño. Todo está por hacer.

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