Amor propio para la KenLand

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Por: Erika Delgado Moncayo

Mucho se ha hablado de la película Barbie por estos días, seguramente ustedes ya la vieron o irán a verla. Independientemente de sus gustos y preferencias, permítanme recomendarles que la vean.

Luego de iniciar con esta promoción cinematográfica muy personal y de ver esta película, quise escribir esta columna para rescatar lo que, como sociedad, deberíamos trabajar para vivir y estar mejor.

Si pudiera hacer el listado de los malestares, que como sociedad nariñense nos enferman, serían muchos inherentes a la idiosincrasia, al ADN que llevamos. Unas etiquetas que nos hicieron creer qué somos y que repetimos día a día, a veces a manera de complicidad y otras porque realmente nos sentimos cómodos en medio de la exclusión, el machismo, el feminismo, el chisme, el aparentar y el dejar de ser para complacer a los demás.

Este no es un tema accesorio. No lo es. Es fundamental que comencemos a tener conversaciones incómodas, difíciles, sobre cómo podemos avanzar realmente a ser una sociedad más digna, más justa. No, no es un tema generacional, de edades o gustos, es de todos.

Si somos completamente sinceros, la burla hacia el otro, la mentira, el chisme, el rechazo, la envidia, el maltrato físico y verbal, la violencia entre hombres, mujeres y niños, sigue siendo un cáncer que, como pastusos, no podemos seguir promoviendo.

Según la Defensoría del Pueblo, en su informe entregado este año ‘El Estado de la Movilidad Humana Forzada 2022′, Nariño sigue ocupando los primeros lugares en violencia, desplazamiento y vulneraciones a los derechos humanos.

Seguramente pensarán que eso es en la Costa Pacífica nariñense, que eso es de los grupos armados ilegales, que eso es por el narcotráfico y el ajuste de cuentas. Y sí, seguramente tendrá mucho de eso, pero nos toca comenzar a sincerarnos.

¿Realmente somos una cultura “calmada”? “El pastuso es tranquilo”, repetimos y repetimos; pero ¿será esto cierto? ¿Será que calumniar, mentir, agredir y excluir al otro nos hace una cultura pacífica? ¿Será que somos una sociedad diversa, donde las personas pueden ser lo que quieren ser, sin temores a ser excluidos, rechazados y burlados? ¿Será que evitamos en nuestros círculos la broma y el chisme permanente sobre lo que hacen los otros?

Cuánto amor propio necesitamos los que están despertando de estas malas conductas para sembrar un nuevo futuro, más sano y con más posibilidades. Cuánto amor propio necesitamos inculcar en nuestros hijos para que sean felices siendo lo que quieren ser, sin temores, sin violencia, sin opresión.

Cuánto amor necesitamos para que los hombres y las mujeres puedan estar con quien quieran estar sin pensar en su posición económica, su apellido, su condición. Cuánto amor propio necesitamos para parar a quienes llegan con cuentos, habladurías y mala energía sobre los demás.

Necesitamos mucho amor propio para la KenLand, un lugar donde el machismo, los sesgos y estereotipos tienen cabida, limitando así las oportunidades y la libertad de expresión de las personas. Necesitamos mucho amor propio para derribar esas barreras, vivir felices y en respeto.

Una transformación cultural toma mucho tiempo, pero tenemos que empezar. De nosotros depende estar en los primeros puestos de los departamentos más pacíficos de Colombia. El tiempo es ahora, comience en su casa, con los suyos, con los amigos, en el trabajo, con su entorno. Poco a poco lo conseguiremos, será la única y real victoria valiosa para nuestra vida.

FIN

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