Ante la ola de calor

El Instituto de Salud Carlos III de Madrid estima que la ola de calor que azota a España ha dejado 1.047 muertes. Una salvajada que se vuelve más dramática si vemos que esto sólo habla de mediados de julio, que ya pasó. Ahora hay una nueva ola de calor, la tercera que registra este verano europeo. En Francia e Inglaterra se viven situaciones similares con alerta roja decretada de manera oficial con días de 47 grados.

América Latina vivió su particular ola de calor en enero de este año. El caso fue similar en el sur de Brasil, en Argentina, Uruguay y Paraguay. Petteri Taalas, secretario general de la Organización Metereológica Mundial (OMM), afirma que estas olas «continuarán al menos hasta 2060, independientemente del éxito o no a la hora de mitigar el cambio climático».

¿Cambia nuestro cuerpo con todo esto? Mientras dura el calor, por supuesto. Los vasos sanguíneos se dilatan, la presión arterial es más baja y los médicos afirman que el corazón trabaja más de esta forma para mover la sangre. El sudor es el mecanismo de defensa natural del cuerpo, pero eso conlleva pérdida de líquidos y deshidratación. Y un cuerpo deshidratado combinado con baja presión traerá dolor de cabeza, cansancio extremo, náuseas, pérdida de equilibrio, confusión mental, desmayos y hasta ataques cardíacos.

Por eso la población vulnerable es la de los niños menores de 6 años y la de las personas mayores de 65 años. Y es en esta última franja donde se ubica la mayoría de fallecimientos. Hay muchas personas mayores que trabajan en el campo bajo un sol abrasador o en las ciudades en plena calle. Son las víctimas perfectas. Alguien decía que ese era el principal peligro que tiene subir la edad de jubilación: mantener en la calle a una población riesgosa, tal y como están las cosas.

Beatriz Contreras, de la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (SEMEG), dice en Infosalud de Europa Press, que una persona mayor no tiene una capacidad de respuesta óptima a los cambios de temperatura y que le lleva más tiempo normalizar la temperatura corporal ante cambios bruscos.

De allí que haya muchos casos en que una persona mayor no sienta tanto el calor y mantenga sus hábitos de ropa y de ambiente. El padre de una amiga mía vive en un ático de un edificio antiguo sin aire acondicionado. Todos los días el calor de su habitación sube a 34 grados, pero él no lo ve anormal. Sin embargo, su cuerpo sí que se ha ido deshidratando.

Por supuesto, esto vale también para el frío.

En Senegal y Mauritania la temperatura promedio es de 35 grados. A veces sube hasta 40, pero sus habitantes lo ven como algo natural y resistible. Sin embargo, hubo una ola de frío y el efecto sobre los ancianos fue mortal. Miles murieron, pero el termómetro no había bajado de los 15 grados. Su cuerpos no estaban acostumbrados a ello y las condiciones de vida tampoco.

En países pobres lo sucedido en Europa este verano sería un genocidio. Y aunque esta ola de calor no ha sido la mayor de la historia, su reiteración acabará por cambiar nuestras costumbres y afectará muchas decisiones gubernamentales. La pregunta es si los Gobiernos se están preparando a conciencia.

Patricia Espinosa, ex Secretaria Ejecutiva de ONU Cambio Climático, dijo en una entrevista para la Deutsche Welle (DW), que estamos en una emergencia climática y que «hay que asignar los recursos y acelerar los procesos». Y al parecer los recursos están dilatados por culpa de la pandemia y ahora más por el tema de la guerra. Así al menos quedó claro en la XI Conferencia Iberoamericana de Ministros de Medio Ambiente y Cambio Climático en Santo Domingo.

Pero volviendo al tema de las personas mayores, también hay otros grupos en riesgo: los discapacitados y personas con escasa movilidad porque no pueden alcanzar las cosas, los diabéticos porque pierden agua con mayor facilidad, las personas con alguna enfermedad mental porque no son conscientes del calor, las personas sin techo por su exposición al sol…

Y mal haríamos en pensar que entonces el tema de la ola de calor (o de frío) es competencia sólo de hospitales, geriátricos, guarderías y albergues. No, es cuestión de todos. Y lo que nos falta es información para prevenir y/o reaccionar. Mientras los Gobiernos esperan recursos, la falta de información abunda. Si quieres saber algo sobre el cambio climático y sus efectos en las personas, tienes que ir a buscarlo. En la era tecnológica en la que vivimos debería ser al revés: que sea esa información la que llegue a nosotros por todas las vías. Ahí fallamos.

Volviendo al informe citado, la mayoría de los fallecimientos suelen producirse por ataques cardíacos y accidentes cerebro-vasculares causados a su vez por el esfuerzo del cuerpo al tratar de mantener estable la temperatura corporal. Para tener en cuenta.

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