ARTivismo: lenguajes artísticos para el cambio político y social

Por: Juan Pablo Torres-Henao [1]

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”

Bertolt Brecht

Hace no muchos años, mientras transcurría una de tantas movilizaciones estudiantiles con motivo de la aprobación del Presupuesto General de la Nación en el Congreso de la República que desfinanciaría una vez más la educación superior, fui testigo del evidente agotamiento del lenguaje político con el cual se manifestaban los estudiantes. Las marchas transcurrían por las mismas vías, a las mismas horas y con las mismas consignas. Todo indicaba que la creatividad estudiantil y juvenil experimentaba un serio estancamiento y ello se manifestaba en su acotado repertorio de lucha.

Afortunadamente esto ha cambiado y el más reciente ciclo de protestas en Colombia lo ha evidenciado. En mi caso en particular, siempre he tenido una especial sensibilidad por la pintura, los murales y el graffiti. Al llegar a cualquier ciudad del mundo me fijo especialmente en lo que dicen las paredes, para mí éstas resultan un termómetro de la actividad política, una manifestación, una proclama, no en vano se afirma que “paredes blancas, mentes en blanco”. Y es así que, siguiendo a la distancia las manifestaciones en Pasto, me tope con un mural monumental en todo el sentido de la palabra: El innombrable ataviado como la reina roja de Alicia en el país de las maravillas sosteniendo un lechón. Una imagen poética que encerraba la destreza del/la artista que la desarrollaron, pero también la fineza para establecer un lenguaje comunicativo común capaz de comprenderse en múltiples contextos. Como éste muchos más y a la vez tan pocos. Nunca unas paredes colmadas de trazos y color abrirán tantas mentes.

Si bien hace muchos años el arte y la cultura ha estado presente en la lucha social y popular de nuestro país, especialmente en Nariño, donde la reivindicación de nuestras raíces indigenas y negras son en sí una afirmación de identidad, y por tanto, un hecho político, lo experimentado en este Paro Nacional constituye, en la mayoría de los casos, una renovación del lenguaje que nos permite iniciar a soñar con la renovación de la política. Esto no es otra cosa que la renovación del lenguaje político, el emerger de expresiones que habiendo estado siempre entre nosotros y nosotras, hoy con mayor firmeza y de manera más generalizada, interpelan directamente con la realidad social, política, económica y ambiental y proponen transformaciones.

Admiro y envidio a quienes tienen la capacidad de conmover a través del arte, a quienes expanden sus palabras y reflexiones a otras dimensiones del lenguaje, de lograr, como lo afirma Gutierrez-Rubí, concienciar con el trazo. Los admiro y los envidio, porque como lo advertía Ludwig Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” y por ello creo profundamente que los lenguajes políticos en Colombia, Nariño y Pasto deben necesariamente renovarse. Nuestros límites no pueden ser las letras, pero tampoco las marchas, no podemos conformarnos con la gestión de la ortografía o los recorridos autómatas por las principales calles de nuestras ciudades.

En Colombia el lenguaje ha sido maltratado, palabras engañosas han sido utilizadas con fines políticos, tales como migrantes internos, para hablar de desplazados forzados o falsos positivos para ocultar lo que realmente son: ejecuciones extrajudiciales. Y es que el lenguaje, como hace muchos años ya lo anotaba Confucio, expresa la calidad moral del que habla: “Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto no se permiten la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”.

Entonces, con tantos políticos que hablan lo que no piensan y que se permiten todo tipo de arbitrariedades con las palabras, es el tiempo de recuperar conscientemente los lenguajes artísticos para renovar la política, ya sea en la pintura, la escultura, la música, la danza, la actuación o la literatura, ya que todo lo plasmado, recreado o performado ha sido debidamente pensado. Sin lugar a dudas, el arte actual se encuentra en el seno de las luchas sociales y al tiempo son esos lenguajes artísticos los que están renovando, afortunadamente, nuestra política, rompiendo los limites, muchas veces autoimpuestos. De admirar y envidiar los artistas por sus capacidades, pero también dignos de nuestro agradecimiento por sus expresiones que llenan de sentidos y colores el de por sí árido mundo de la política.

Coda: En memoria de Junior Jein y todos los y las artistas asesinados en Colombia.

[1] El activismo es una práctica híbrida que combina la aproximación artística, basada en el proceso estético, con el enfoque instrumental que busca resultados que es propio del activismo. El activismo artístico señala que para cambiar el poder es necesario cambiar de punto de vista, y viceversa, para cambiar de punto de vista es necesario cambiar el poder. El activismo artístico funde lo afectivo y lo efectivo.

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