Así se vivió el Paro en Nariño.

Sobre las calles del país se volcaron hoy, los y las que buscan su pan al azar y no al trabajo, las cifras desconocidas de esa “Colombia feliz”, los desempleados y los deseducados, las víctimas de la política de la muerte y todos aquellos y aquellas que buscan detener la injusticia. Unidos por esa única característica, la de encontrarse aplastados por las exigencias de la vida cotidiana, sus gritos hoy buscan abolir todas las distinciones y crear una sociedad en la que todos y todas seamos iguales.

La historia de Colombia nos muestra el desprecio por todas estas particularidades, la protesta es sinónimo de vandalismo, la rebeldía es crimen contra el Estado, la conciencia es la figura que será aplastada sin contemplación. Sin embargo, en contra de la consigna de todos los despotismos, esa que aplasta la libertad, que recrudece la pobreza, que se alimenta de la miseria del otro, que gobierna sobre las ambiciones y que envía a los otros al abismo, hoy resuena fuerte esa bravura, que siendo parte de la inteligencia, halló en las calles el instrumento para manifestar su deseo de estar en contra de ese poder proclamado sobre los seres humanos, de esa Colombia del miedo, del tormento, de la miseria, de esa Colombia que perpetúa la guerra hecha por los colombianos, contra los colombianos, a pesar de los colombianos.

El profundo sentimiento de las inequidades sufridas, la empatía, la convicción, la idea del deber, la indignación, el anhelo de un mejor futuro, el ardiente deseo de un mejor país, se encontró en las calles de Colombia y más allá de las fronteras. Gracias a esos cerebros que piensan, a esos corazones que sueñan y a esos espíritus que trabajan por llegar a esa grandeza, grandeza a la que aún podemos aspirar.

 

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