Bolivia: un castigo para los golpistas

El resultado de los comicios electorales del pasado domingo es un castigo para los candidatos de la derecha, ante la pésima gestión de la golpista Jeanine Añez, que se caracterizó por el odio, el racismo y la soberbia. Luis Arce del MAS (Movimiento Al socialismo) tuvo un rotundo triunfo que no amerita ninguna discusión con el 52 por ciento de los votos, frente a Carlos Mesa, de la derecha, con el 31.5 por ciento. Con esa diferencia en votos tiene el triunfo rotundo porque supera el 50 por ciento de la votación.

De esta manera Bolivia está superando una terrible crisis que se inició hace un año con el golpe de Estado que le dieron a Evo Morales, acusándolo de manipular los resultados electorales. Sin embargo, si existían dudas al respecto, aquí se está confirmado que el progresismo tiene mayor poder en América Latina. En aquella oportunidad, los golpistas mediante maniobras que hicieron con la manipulación de sectores de las fuerzas militares y de Policía amenazaron a Evo para que entregue el poder. Esta encerrona lo llevó a dimitir.

Este veranillo que tuvo la derecha sirvió para reconfirmar su desprecio sobre la población indígena que en Bolivia es mayoritaria. A todas luces, el crecimiento económico que tuvo la  Bolivia de Evo lo reconocen los organismos económicos del mundo; así como la reducción de la pobreza del 36 al 15 por ciento. Para los analistas este es punto clave en la decisión de castigar a la derecha clasista y racista.

Debemos recordar que el año pasado cuando la derecha se hizo al poder con la ayuda del Grupo de Lima, mezclaron la política con rituales de tipo religioso en el cual desprendieron la wiphala o bandera de los pueblos indígenas, haciendo el juramento de que nunca más sería izada en el Palacio de Gobierno. La wiphala fue adoptada como la segunda bandera de los bolivianos en el gobierno de Morales.

Los golpistas hicieron un juramento que los rituales tradicionales no se volverían a hacer y en cambio, Biblia en mano, declararon que quien gobernaría en adelante sería el poder de Jesucristo en manos de la derecha boliviana. Pero el pueblo indígena nunca perdió la esperanza de ver a Evo Morales en el cargo para el que habían depositado su voto; dieron la pelea en las calles, lo que les costó mucho derramamiento de sangre.

Era desgarrador ver los niveles tan fuertes de represión con la que se ensañó Añez, que no se respetó siquiera los oficios religiosos para enterrar a sus muertos. La policía la emprendió contra todo tumulto indígena que se formara. Los ataúdes con los despojos mortales de sus seres queridos asesinados por los cuerpos policiales, quedaban tirados en medio de los gases lacrimógenos y las tanquetas con las que arrojaban chorros de agua para obligar a dispersarse.

El único mandato era resistir y la población indígena entiende muy bien el mensaje, pues así lo han hecho durante los últimos quinientos años. Soportaron un año sin Evo, a pesar de las noticias mentirosas que se divulgaban fuera del país, en las cuales se decía que la población indígena era la que lo rechazaba.

Ahora Evo mira con satisfacción de que un miembro de su colectividad política sea el presidente de la nación suramericana. A Morales lo exiliaron con la amenaza de que si vuelve sería mandado a prisión por fraude, pero ahora la comunidad internacional es testigo de la realidad boliviana.

Luis Arce llega con la promesa de producir la unidad y tiene un capital político bien ganado, porque fue el Ministro de Economía durante los 14 años de gobierno de Evo Morales y es el autor del Milagro Económico Boliviano, es un voto de confianza con una gestión reconocida por el FMI, Banco Mundial, la Cepal. Pero también el desafío es grande porque Bolivia aparece como el segundo país que peor manejó la pandemia y un decrecimiento económico del 11 por ciento. El triunfo del progresismo tendrá mucha incidencia en la región.

Comentarios

Comentarios