Cambiar de uniforme en los tiempos de la ira

Por: Juan Pablo Torres-Henao (Twitter: @Pablo_TorresH)

Las elites en Colombia son expertas en aquello que se conoce en ciencia política como “gatopardismo”, es decir, cambiar todo para que nada cambie. De hecho, se han habituado de tal manera a esta práctica que han hecho de esta paradoja su recurso más recurrente cuando la apelación a la violencia presenta algunos limites internos o externos para su ejercicio, esto es, si la violencia, oficial y/o paraoficial, no persuade a quienes se oponen al orden establecido, se anuncia una línea de crédito que se apellida “joven”, se invita a un gran diálogo nacional donde no se dialoga o se anuncia con bombos y platillos el cambio de uniforme de la Policía Nacional, atribuyéndole a este gesto, en palabras de Iván Duque, la alineación a estándares internacionales de cuerpos de policía, el reforzamiento de su naturaleza civil y la transmisión, por el nuevo color del uniforme, de empatía, cortesía, tranquilidad y confianza.

Que todo cambie, incluso el uniforme, para que todo siga igual. Lo que si no cambia en absoluto es la profunda desconexión de las elites que gobiernan Colombia, a nivel nacional, regional y local con el sentir del 99% de la población. Por mucho, intentan conectarse cada cuatro años que hay elecciones, pero eso es un instante, un contacto epidérmico que les impide tomar el pulso de las gentes del común. En últimas, esto no es de su interés, de lo que se trata es solamente de hacerse a sus votos. Esta realidad les ha impedido ver que, tal como lo ha señalado la Encuesta Mundial de Valores, la confianza, para este caso en concreto en las Fuerzas Armadas, desde el 2010 ha caído en picada pasando en el cuatrienio de 2010 – 2014 de un 24% a un 45% en 2017 – 2020. Solo para hacernos una idea, la confianza en las Fuerzas Armadas en Colombia, en comparación con las de los demás países de la región es la última, incluso por debajo de aquellas pertenecientes a países donde han estado comprometidas con dictaduras como Argentina, Perú, Bolivia y Chile.

Y si esto poco o nada les dice a las elites en Colombia, la voz de los y las jóvenes pareciese ser menos que un susurro en medio de ráfagas de fusil, bombas aturdidoras y el amenazante repiquete de bolillos chocando contra los escudos cuando no es sobre los huesos y sueños de quienes persisten y resisten pasado más de un mes en las calles. La Tercera Medición de la Gran Encuesta Nacional sobre Jóvenes arrojó que en este grupo poblacional el deterioro de la confianza en las Fuerzas Militares y la Policía Nacional en lo trascurrido del 2020 se ha erosionado de manera vertiginosa. A mayo del año en curso, la desconfianza en estas dos instituciones había caído al 73% y el 87%, respectivamente. Esto es, una crisis de confianza demoledora y la confianza es lo que cohesiona a una sociedad, a las instituciones e incluso al mismo mercado. Sin confianza el contrato social se desvanece. Sin confianza no hay nada.

En política el timing, el momento, es fundamental. Mala la hora y mala la forma en que el Gobierno Nacional presenta a la opinión pública su interés de reformar la Policía Nacional y de paso cambiarles su uniforme. Mala la hora porque esta se da en medio de una escalada de violencia que tiene a esta institución como protagonista y responsable de miles de heridos, cientos de desaparecidos y decenas de asesinados. Mala la forma porque se enuncia en el marco de la ceremonia de ascensos de la Policía Nacional, en unas instalaciones vetadas para la población civil y teniendo como espectadores a los mismos policías. La ONG Temblores en su informe denominado Bolillo, Dios y Patria constató que, entre los tres primeros años de implementación del Código de Policía, se registraron 289 personas asesinadas, 39.613 personas lesionadas y 102 hechos de violencia sexual. ¿Acaso estos abusos son atribuibles al uniforme que portaban o a la consabida teoría de las manzanas podridas?

Mala la hora porque desde los mismos diálogos en La Habana se venia insistiendo a las elites sobre las garantías a la protesta social y la reforma a las fuerzas militares para la construcción de paz, mala la hora porque desde mediados del 2020 cursan en el Congreso de la República iniciativas para reformar la Policía Nacional que no han tenido ni su primera discusión. Mala la forma porque cámbiese o no el uniforme, una vez sea tramitado este estallido social, para las víctimas de la policía aquellos seguirán siendo los representantes de una institución bajo sospecha, seguirán siendo unos pocos que amparados bajo un uniforme y la complicidad de las elites que los utilizan para garantizar el orden establecido, cuentan con licencia para matar.

Sin confianza la sociedad civil se desaparece, las instituciones dejen de representar algo y cada quien toma por su cuenta. Colombia es uno de los países más desconfiados del mundo, siendo superado solamente por Filipinas y Trinidad y Tobago. La confianza no se construye a partir de cambios cosméticos, a estas alturas del partido, aquellos son verdaderos insultos para las víctimas y una nueva confirmación de que para las elites de este país, la vieja confiable una vez más debe ser usada: cambiemos todo, incluso el uniforme, para que nada cambie.

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