Las creencias

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

En el prólogo del libro “Por qué Creemos en Mierdas”, de Ramón Nogueras (Kailas Editorial, Madrid, 2020), el biólogo Óscar Huertas-Rosales dice que el mundo está lleno de creencias: supersticiosas, religiosas, políticas, seudo-científicas, estadísticas o simplemente cotidianas, “pero cuando les pides los datos y las referencias fiables a todos ellos, se les pierden, desaparecen como lágrimas en la lluvia”…

“Somos víctimas de nuestros propios sesgos, advierte, y de nuestra ignorancia en lo tocante a la mayoría de temas. Somos víctimas de las intenciones de otros, de las líneas editoriales de medios de comunicación y de las mentiras intencionadas. Víctimas de los bulos en redes sociales y de la falta de tiempo para contrastar todo lo que lo que nos llega”.

Y concluye: “Somos víctimas y también verdugos y jueces”. Porque quien lea esto, seguramente dirá: “¡es lo que yo digo siempre, que nos manipulan!”, asumiendo que a quienes manipulan es a los demás, no a él. Pues ese es justamente el más manipulado.

Hace un tiempo en esta columna comentaba el tema de las fake-news, hoy convertidas en una pandemia tan peligrosa como la Covid-19. Las fake-news se construyen con el único objeto de cambiar la opinión pública en cualquier tema, pero que son especialmente notorias en épocas de elecciones políticas (recuerden la temporada 6 de la serie Homeland). Y su funcionamiento es similar al de los virus informáticos. Es decir, reemplazando archivos ejecutables por un archivo infectado con un código específico y replicable.

En este caso, la propagación no parte de un algoritmo, sino de una premisa tan simple como propia del ser humano: cuando una mentira se repite mil veces, se convierte en verdad.

Pero, ¿de donde vino todo esto, qué lo generó?

Dicen los estudios de la comunicación social que la primera “fake” de la historia moderna la publicó el diario The Sun en Nueva York en agosto de 1835 y que decía que un astrónomo había observado vida en la luna. The Sun creció en venta directa y suscriptores como la espuma, pero lo interesante es que cuando confesó un mes más tarde que todo era una farsa, las ventas no se resintieron. El público pensó que era una broma poco peligrosa. A su propagación ayudó que el mundo estaba en plena revolución industrial y habían tantos cambios increíbles en la vida cotidiana, que el descubrimiento de un astrónomo era bastante factible.

Otra cosa fue cuando Orson Wells emitió por la CBS el primer episodio de La Guerra de los Mundos en octubre de 1938. Ahí si todos entraron en pánico al creer que nos invadían los extraterrestres. En este caso lo llamativo es a pesar de la introducción donde se decía que era una novela, la gente se lo creyó, transformó mentalmente una ficción en una “news” y echó a correr. A su propagación ayudó que el mundo venía de una guerra mundial y estaba a punto de entrar en otra.

Es decir, que cuando las condiciones existen, según la teorías económicas de Henry George y la famosa canción de Eddie Palmieri, nos convertimos en engranajes de esta propagación. Y lo advertía el año pasado el periodista David Pescador en ElDiario.es: “Las noticias falsas apelan a las emociones, sobre todo a las negativas, como el miedo, la indignación, el asco o la tristeza. Se ha comprobado que cuando una noticia produce emociones de cualquier tipo, es más fácil creerla”. Basta ver la cantidad de comentarios que provoca una meme en WhatsApp.

Pero hay otro factor que determina su propagación: la afinidad. Cuando una información es afín a lo que pensamos, aunque la reconozcamos como “fake”, la compartimos porque nos gusta pensar que eso puede ser verdad, que esa burla hacia ese personaje o esa denuncia hacia ese otro, es lo que intuíamos. “¡Es lo que yo he dicho siempre, ahí esta prueba!”.

Tristemente creemos sólo en lo que queremos creer.

Buena parte de la culpa de todo esto la tienen las redes sociales, para que lo vamos a negar; pero no porque estas sean dañinas en si mismas, sino porque no las hemos podido controlar. Un troll lanza un insulto o un comentario agresivo o una “fake” a secas. A continuación se suceden las respuestas y los razonamientos, muchos reflexivos y sensatos, pero el troll nunca se retracta y su comentario no sólo se queda allí, sino que se propaga.

Es verdad que, como decía Luis Buñuel, “La realidad sin imaginación es la mitad de realidad” y que todo este universo de memes está aquí para quedarse. Pero no todas son divertidas. Las fake-news son un problema real porque responden al fenómeno de la globalización, producto a su vez de la era tecnológica en la que vivimos.

Acudo en este punto a Silvio Waisbord, quien escribió en el New York Times: “Pensamos socialmente. No somos Robinson Crusoe cuando pensamos o tomamos posiciones, sino que estamos influidos por la aceptación social, más allá de si tenemos evidencia… Importa ser aceptado socialmente más que tener ideas correctas. Desarrollamos opiniones fuertes aún cuando tengamos solo un milímetro de evidencia para sostenerlas”.

Existe una fórmula, que resulta un poco complicada a estas alturas del paseo, pero fórmula al fin y al cabo: anteponer datos colaborativos y divulgar conocimiento antes de propagar una información dudosa. Esto es, por un lado, dar un servicio, pues por muy simple que parezca siempre será bienvenido. Y por otro, dar a conocer las cosas que nos gustan, sean fotos de paisajes o baladas de Camilo Sesto. Da igual. Eso nos relaja. Funciona como terapia… y no hay manipulación.

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