Colchones y llantas

Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)

Hay tantas cosas que no sabemos reciclar. Bueno, en realidad no sabemos reciclar, y ese es un problema que asfixia a los países iberoamericanos. España le lleva años de ventaja a Colombia en la materia, pero aún en las ciudades españolas no se sabe que hacer con productos como los corchos, las sartenes o las lámparas cuando dejan de tener una vida directamente útil. Existe lo que se denomina “punto limpio” para los electrodomésticos, pero aún así se desconoce cuando, como y donde se recicla lo que no es plástico, papel, vidrio u orgánico.

Y ni hablar de los colchones. Según la Oficina Europea de Estadística, Eurostat, “si se apilasen los colchones que cada año terminan en los vertederos de Europa, alcanzarían una altura equivalente a unas 80 montañas como el Everest”, el pico más alto de la tierra, con 8.848 metros.

Colombia es el país del reciclaje ingenioso, las “colombianadas” que celebramos en tantas memes. La Rimax en el asiento del copiloto, el carro de mercado convertido en asador, la corneta en lugar de timbre, y todas otras cosas que están entre el peligro mortal y la multa. Pero en términos prácticos, el 78% de los hogares colombianos no recicla, ni separa los residuos adecuadamente, de acuerdo con estadísticas de la Unidad Administrativa de Servicios Públicos, UAESP, entidad bogotana.

Como decíamos hace unos meses en esta misma columna, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible determinó que los residuos sean separados por colores, permitiendo que Colombia entre por fin en una política uniforme de reciclaje de basuras que había tardado décadas en asumir. Blanco para plástico, vidrio, metales, papel y cartón; negro para papel higiénico, servilletas, papeles y cartones usados con comida; y verde para residuos orgánicos aprovechables.

Aprender a reciclar no es tarea sencilla, sobre todo cuando somos mayores. Una vida acostumbrados a deshacernos de la basura a nuestro modo no es fácil de cambiar. Pero hay que intentarlo en casa por tres motivos básicos: la enseñanza para los niños, la higiene y la seguridad. En esto a los gobiernos locales les ha faltado más sentido didáctico y más insistencia, sobre todo en estos tiempos en no sabemos que hacer con los tapabocas usados y con las cosas que han estado en contacto con el virus.

Además, Colombia venía haciendo una buena campaña contra el plástico de un solo uso antes de la pandemia, y ahora toca retomar el buen camino, aunque la reutilización de las bolsas de supermercado para empacar la basura siga siendo la forma más antigua de reciclar.

Todo tiene un protocolo. Para eso Colombia aplica los llamados Planes de Gestión Integral de Residuos Sólidos, PGIRS, lo que ha permitido que un año se hayan recolectado 2,3 millones de toneladas de basura y se haya aprovechado millón y medio de residuos sólidos. Y es que no todo se puede aprovechar para darle a los residuos una segunda vida.

De un computador, por ejemplo, se recupera el 100% de su composición: aluminio, cobre, estaño, hierro, plástico, plata y litio, aunque este último se encuentre en entredicho por razones que también en esta columna hemos sopesado. De los celulares también se aprovecha el 100% que va destinado a pequeños electrodomésticos; pero de los televisores antiguos sólo se puede reciclar el 85%.

La tecnología evoluciona en la medida en que los elementos con los que trabaja puedan ser reciclados. Es el llamado “punto cero”. Pero hay cosas que están en servicio y que no tienen aún esa posibilidad. A la par, los países como Colombia necesitan más plantas de reciclado especializadas en tratamientos químicos y tecnológicos. Caminar en ese sentido será una obligación de los próximos gobiernos.

Pero estamos lejos de ello, porque apenas nos movemos en el tiempo del aprendizaje. Y el mejor ejemplo son las llantas.

Las llantas son residuos especiales y aunque en apariencia son toscas, es uno de los productos más sensibles que hay en términos de reciclaje y contaminación. Si las apilas al aire libre, mal; si las quemas, mal; si las abandonas, mal; si las entierras, mal. Y entidades como la EMAS en Pasto luchan constantemente contra estos malos hábitos. Hay un programa nacional para la gestión adecuada de llantas usadas. Ya veremos si llega a buen término.

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