La elección de Abelardo de la Espriella como Presidente de Colombia marca un punto de inflexión para Nariño. Nuestro departamento, donde la mayoría de la dirigencia política respaldó la candidatura de Iván Cepeda, hoy enfrenta un nuevo escenario que exige dejar atrás la lógica de la campaña y concentrarse en un solo propósito: garantizar que Nariño no pierda capacidad de gestión ante el Gobierno Nacional.
La principal responsabilidad recaerá sobre trece personas: el Gobernador de Nariño y los doce congresistas nariñenses. De ellos dependerá, en buena medida, la capacidad del departamento para atraer inversión, impulsar proyectos estratégicos y lograr que las necesidades de nuestra región ocupen un lugar prioritario en la agenda nacional.
El gobernador, quien respaldó públicamente la candidatura de Iván Cepeda, ya dio un primer paso al invitar al Presidente electo a construir un empalme territorial que responda a los desafíos propios de Nariño. Ese es un buen comienzo. Sin embargo, el reto apenas empieza. Será indispensable ampliar los canales de diálogo, fortalecer las relaciones institucionales y construir puentes con el nuevo Gobierno, entendiendo que la defensa de los intereses del departamento debe estar por encima de cualquier diferencia política.
La tarea también recaerá sobre la bancada nariñense en el Congreso. Es probable que una parte importante de nuestros senadores y representantes ejerza una oposición política al nuevo Gobierno, y ese es un papel legítimo dentro de la democracia. Pero una cosa es hacer oposición y otra muy distinta es renunciar a la gestión. Los congresistas tendrán la responsabilidad de encontrar los canales necesarios para que las prioridades de Nariño queden reflejadas en el Plan Nacional de Desarrollo, en el Presupuesto General de la Nación y en las grandes decisiones que marcarán el rumbo del país durante los próximos cuatro años.
Hay, además, un elemento que no puede pasar desapercibido. A diferencia de lo ocurrido en campañas anteriores, el proyecto político de Abelardo de la Espriella en Nariño no fue impulsado por las estructuras políticas del departamento, sino por un grupo de ciudadanos que decidió asumir ese liderazgo desde la sociedad civil. Es natural que estos nuevos liderazgos busquen convertirse en interlocutores con el Gobierno Nacional y, lejos de ignorarlos, el departamento debería integrarlos a los espacios de diálogo y construcción colectiva. En ese escenario, nombres como Felipe Mena, Adrián Benavides, Andrés López, Felipe Arroyo y Andrea Bravo, entre otros ciudadanos que acompañaron este proyecto político desde sus inicios, seguramente empezarán a tener un mayor protagonismo en los espacios de interlocución con el Gobierno Nacional.
Asimismo, las alcaldesas y los alcaldes de Nariño necesitan un respaldo decidido. Son ellos quienes enfrentan diariamente las necesidades de sus comunidades y quienes tienen decenas de proyectos pendientes en los ministerios y entidades nacionales. Más allá de las diferencias ideológicas, el éxito de sus gestiones será también el éxito del departamento. Hoy más que nunca requieren acompañamiento para destrabar iniciativas, acceder a recursos y convertir sus proyectos en obras que transformen la calidad de vida de los ciudadanos.
Nariño no puede darse el lujo de perder cuatro años atrapado en la polarización. Los gobiernos pasan; las necesidades de nuestra gente permanecen. El verdadero liderazgo consiste en entender que, por encima de las campañas y los colores políticos, está el bienestar de los nariñenses.
Por eso, más que preguntarnos quién ganó o quién perdió, deberíamos empezar a construir una agenda común para el departamento.
Y entonces sí vale la pena formular una pregunta que hoy resulta inevitable:
¿Para cuándo una gran reunión entre el Gobernador, los congresistas, las alcaldesas, los alcaldes y los diferentes liderazgos de Nariño, sin importar su color político, para definir una hoja de ruta conjunta para el futuro del departamento?




