Crisis de liderazgos

Si algo terminó de constatar las últimas elecciones, más allá de lo evidente -la bancarrota uribista y el ascenso vertiginoso de la izquierda-, es el vaciamiento de grandes liderazgos en la política colombiana, con excepción del candidato presidencial Gustavo Petro. Esta situación ya se había manifestado hace unos meses en el marco del denominado “estallido social” que movilizó a decenas de miles de indignados e indignadas en todo el territorio nacional, cuando a la hora de definir cuál era el momento justo de parar y qué reivindicaciones hacer, la movilización social tomó por sorpresa y desbordó a cualquier forma organizativa, incluso a sus propios protagonistas.

 

Liderazgos anteriormente reconocidos por Tirios y Troyanos como de largo aliento se han desvanecido en un abrir y cerrar de ojos con las decisiones de las últimas horas. Quizás, si algo bueno puede endilgársele al producto electoral denominado “Rodolfo Hernandez”, ha sido la capacidad de hacer saltar por los aires a todo el espectro político en Colombia, tanto de derecha como de izquierda, pasando por el nebuloso centro. En éste, tan solo para ejemplificar, la retórica de Sergio Fajardo del “profesor presidente” se ha venido al suelo al adherir a una candidatura que ha afirmado que es más rentable cerrar universidades que sostenerlas o la de Jorge Robledo, defensor durante años de los trabajadores, quien al sumarse a quien disfruta de la explotación de personas atadas al sistema financiero evidencia la crisis ético-política que atraviesa el MOIR.

 

Este vacío sin lugar a dudas no es nuevo en nuestra política, pero es especialmente preocupante por el momento histórico que vivimos (implementación del Acuerdo de Paz, crisis económica, erosión del pacto social y crisis climática, para solo enunciar algunos). En gran parte por ello lo que se juega en la segunda vuelta presidencial no es tan solo la elección de un nuevo presidente, sino la elección de un proyecto político y un liderazgo capaz, de manera planificada, hacer frente a estos desafíos. A todas luces la opción por el producto electoral denominado “Rodolfo Hernandez”, me refiero a él de esta manera porque dista años luz de ser portavoz de un proyecto de país: sus ejecutorias en la alcaldía de Bucaramanga son promedio -lastrando un juicio por corrupción-, su programa es irrisorio y carece de partido o movimiento político -salvo las maquinarias del Partido Conservador, Partido Liberal, Partido de la U, Cambio Radical y Centro Democrático que le han sido puestas a su servicio-, no está a la altura del desafío.

 

En política tener clara la diferencia entre alternativa y alternancia es esencial, darlas por sinónimo nos ha conducido como sociedad a décadas de gobiernos capturados por unos intereses particulares. Hoy, la alternativa la representa un proyecto político que, con muchas cosas aun por corregir, le propone al país el cumplimiento de la Constitución, la diversificación de la matriz productiva, la redistribución de la riqueza, la valoración de las diferencias y el respeto a la vida como piedra angular de una Nueva Colombia. La alternancia, en contraste, es un producto electoral fríamente calculado para explotar el malestar en la sociedad producto del desempleo, la desigualdad, la violencia y ante todo la corrupción,  pero que en concreto, no cuenta ni con el liderazgo ni el interés -porque quienes lo acompañan son los mismos de siempre- de sacar adelante los cambios. Vivimos una crisis de liderazgos y en segunda vuelta solo hay un líder.

 

 

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